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MISA CRISMAL


Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en la
Misa Crismal (Catedral diocesana, 23 de marzo de 2005)



Queridos hermanos.
Queridos sacerdotes.
Queridos diáconos, religiosas, religiosos, fieles.
Todos los que estamos aquí presentes en esta celebración:


Es importante que reflexionemos, en voz alta el Obispo pero juntos todos, de qué misterio somos constituidos. Todos estamos aquí, en el corazón de la  Iglesia diocesana, nuestra Iglesia católica universal, por una misma razón, por un mismo nombre, por una misma persona, por Cristo el Señor.

Y de Cristo somos nutridos, somos alimentados, recibimos fuerza, recibimos estructura, recibimos una misión y una tarea específica. Por eso en la Misa Crismal, todo converge en El y todo proviene de El. A tal punto que en la Misa Crismal, que se celebra en la diócesis, concelebran todos los sacerdotes con el Obispo y juntos, el Obispo con su presbiterio, consagra el Santo Crisma y bendice el óleo de los enfermos y de los catecúmenos.

Esta gracia sacramental, que luego se va a distribuir a lo largo de todo el año, hasta el año que viene, hasta la próxima Pascua, la Iglesia va a transmitirla, va a comunicarla. La Gracia del Señor, a través de los sacramentos de iniciación, va constituyendo la vida eclesial: bautismo, confirmación, unción de los presbíteros, unción sobre el Obispo (en caso que hubiera), alivio para los enfermos y sobre todo fuerza y fortaleza para los catecúmenos.

Pero de todas estas realidades que la Iglesia se nutre, se nutre de un único altar. Y el altar, para nosotros, es Cristo. Por lo tanto tenemos que poner nuestra atención, nuestra mirada, siempre en Cristo.

Dice el Concilio Vaticano II que los sacerdotes, y la razón del sacerdocio, está unida intrínsecamente al sacerdocio episcopal, al ministerio episcopal. De ahí el sacerdocio ministerial recibe su fuerza, su sentido. Por eso en la Iglesia no hay franco tiradores. Por eso en la Iglesia no hay “algunos más” y “algunos menos”.

Todos convenimos en lo mismo y todos venimos de la misma persona: de las entrañas de Cristo, y no nos podemos olvidar jamás. Gratuitamente hemos recibido ese don de Dios y gratuitamente tenemos que darlo a los demás.

Por lo tanto, la tarea de la unidad en la Iglesia, la tarea del presbiterio con su Obispo y del Obispo con su presbiterio, la tarea de todos los fieles en las parroquias, en las comunidades, en las capillas, ¡es una obligación constitutiva y no facultativa! No es si tenemos ganas o no, si podemos o si queremos, ¡tenemos que hacerlo! Porque si hacemos lo contrario estamos rompiendo la unidad de Cristo. Estamos debilitando la fuerza del altar, de donde todos provenimos: del único Señor.

En esta Misa Crismal el primer acento y la fuerza que debemos tener como atención, es la unión, la comunión entre todos nosotros. Fieles y ministros, ministros y fieles, todos somos parte del pueblo de Dios y juntos configuramos el rostro de Cristo en esta Iglesia particular para hacerla más ¡creíble! ¡Para hacer más creíble a Cristo y al Evangelio!

Pero si en las comunidades se desgastan por superficialidades, por tonterías, y no trabajamos por el Reino ¿qué cosa creíble estamos haciendo? ¿qué estamos queriendo decir? ¿qué estamos comunicando a los demás? ¿cuál es el mensaje que queremos transmitir?

En esta Misa, le pedimos al Señor que nos ayude a ver. ¿Y cómo se ve? Se ve cuando uno tiene la fuerza y la gracia interior de la fe. Si hay fe, se ve esto. Si no hay fe, se provoca la división. Es muy importante que hoy, en esta Misa Crismal, le pidamos al Señor que nos de esta certeza, esta confianza, para que tengamos la locura y la pasión del amor de Cristo.

Todos nosotros nos necesitamos y todos nosotros tenemos que ayudarnos. ¡Ayudarnos! Los sacerdotes tienen que ayudarse con respecto a otros sacerdotes. Los religiosos tienen que ayudarse entre sí. Las familias, los fieles, en nuestra casa, tenemos que ayudarnos para seguir creciendo, madurando, y podamos vivir de Cristo, que es el Señor, la Unidad, el único Señor. Si no nos ayudamos, si ponemos palos en las ruedas, si nos dividimos, todavía no hemos conocido a Jesucristo. ¡Hermosa tarea que nos regala el Señor!.

Hoy, queridos hermanos sacerdotes y queridos hijos, yo los invito, siguiendo el mensaje del Santo Padre, a entusiasmarnos para que nos demos cuenta que nuestro sacerdocio ministerial, brota y surge de la Eucaristía. Tenemos que repetir palabra por palabra, misterio por misterio, esta donación. Y nuestra vida, en el ministerio sacerdotal, debe ser una donación. Donarnos, entregarnos. No guardarnos. Darnos a Dios, a la comunidad, al pueblo fiel.

Dice muy bien la carta a los sacerdotes, del jueves santo, “sacerdote, déjate conquistar por Cristo, y si te dejas conquistar por Cristo, vas a conquistar a los demás”. ¡Qué hermosa frase! ¡Cuánto sentido tiene!

El mundo no tiene alegría, no tiene profundidad, no tiene esperanza, ¡nosotros somos privilegiados ante el regalo que Dios nos ha dado, a través de nuestro ministerio sacerdotal! ¡Para estar más cerca de Cristo y para poder repetir y trabajar y movernos en la persona de Cristo, a través de la Misa, de la consagración eucarística! ¡Cuánto don nos ha regalado Dios! Pero este don también se tiene que cumplir en cada uno de nosotros.

Dice también esta carta que tenemos que entusiasmarnos para que ¡arda en nosotros el ímpetu y el celo misionero! Misionero. Entusiasmarnos, enamorarnos y trabajar incansablemente por el Señor, por la comunidad y por la Iglesia. No por los caprichos de algunos que están en la Iglesia, sino por la Iglesia que es mucho más. Tenemos la responsabilidad de hacer más creíble la Iglesia de Jesucristo ante todo el mundo y ante nuestros hermanos.

Si hay cansancio, Cristo nos da fortaleza.
Si hay fragilidad, Cristo nos levanta.
Si hay corazón seco, Cristo nos inflama con la gracia del Espíritu Santo.
Es el Señor que quiere ocupar el mejor lugar en cada uno de los sacerdotes.

Pido hoy, en esta Misa, por todo mi presbiterio, por todos nosotros, por toda nuestra Iglesia diocesana. Para que estemos atentos al tiempo desafiante que nos toca vivir. Y que este tiempo nos dé muchas fuerzas para vivir este don y para comunicar a los demás la esperanza que el mundo perdió pero que la Iglesia experimenta y tiene.

Trabajemos siempre por el Señor y el Señor será nuestro bálsamo, nuestro consuelo. El amigo siempre fiel en las horas buenas y en las horas amargas. Siempre Jesús, el Señor, es fiel.

Que los bendiga a ustedes y que mañana, el día de la Eucaristía y el sacerdocio, el Señor les de la plenitud de la comprensión. Quien tiene comprensión tiene amor, tiene respuestas y tiene fidelidad. El Señor nos ha elegido y el Señor no se equivoca. No nos equivoquemos nosotros al no confiar en su mirada, en su decisión, y en su elección.

Que así sea.


Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús

Avellaneda, Miércoles Santo de 2005



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