|
MISA POR JUAN
PABLO II
Homilía de
monseñor Rubén Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en la misa por
Juan Pablo II (Catedral diocesana, 4 de abril de 2005)
Queridos hermanos:
Agradezco la presencia de los
señores intendentes Manuel Quindimil y Baldomero Alvarez de Olivera, de los
queridos sacerdotes, diáconos, religiosas y todo el pueblo fiel.
Hoy nos hemos querido reunir,
en la Iglesia Catedral, para agradecer a Dios que nos haya prestado a este
hermoso Papa, Juan Pablo II, en estos 26 años de pontificado. Nos reunimos con
la tristeza de su partida pero también con la alegre serenidad de la esperanza y
de la fe. Porque cuando uno quiere bien, se alegra de que el otro parta para que
no sufra más. El Santo Padre, en los últimos tiempos, estaba sufriendo mucho
porque, de alguna manera, tenía que cumplir con esa misión hasta lo último, y
hasta el sufrimiento de la cruz. Es una enseñanza extraordinaria de la que todos
tenemos que sacar conclusiones.
Dios, a ninguno de nosotros,
ni a su Vicario el más amado y entrañable de la tierra, le quita la cruz. Dios
no nos quita la cruz. Dios le da sentido a la cruz para llevarla con dignidad,
para ofrendarla, para ofrecerla, para vivirla y para entregarla a los demás.
Vamos a recorrer brevemente,
y esto no es una síntesis sino que es un cierto “pintar” sucintamente, lo que el
Santo Padre nos fue dejando como herencia.
¡Qué cosa extraordinaria este
hombre! ¡Cómo nos ha enseñado y nos ha dicho que tenemos que buscar, todos, la
santidad! Todos tenemos que crecer en la escuela de la oración y todos tenemos
que vivir intensamente, y de un modo misionero, nuestra fe cristiana que debe
incidir en el mundo. El Santo Padre nos dice cosas muy simples, cosas muy
esenciales y que tienen que estar muy a mano de cada uno de nosotros: la
santidad, la oración y el espíritu misionero.
¡Cuántas enseñanzas nos ha
dejado Juan Pablo II!
Sus gestos, sus actitudes, su
entrega. Cosas muy significativas. En primer lugar, cuando iba de visita a una
nación, a sus pueblos, ¡cómo se quería acercar a la gente! ¡cómo permitía que se
le ponga un sombrero en la cabeza, o un elemento propio de aquel lugar!¡ y cómo
quería entrar en contacto con su cultura, con los pueblos y con cada hombre!
No era un payaso que se
disfrazaba ante los demás, sino que quería tener contacto, cercanía. ¡Cómo nos
fue transmitiendo esa bondad, esa presencia incansable!
A veces idealizamos a las
personas y creemos que porque tienen éxito, porque todo el mundo habla de
ellas, porque tienen aplausos, no advertimos sus sufrimientos. Ignoramos la
oración que está detrás, la fidelidad que está detrás, la entrega, la
generosidad, el sacrificio. ¿Por qué no decirlo? “Querido Papa ¡cuánto te ha
hecho envejecer la Iglesia! ¡Cuánto te ha hecho sufrir el mundo! ”
Ustedes se acuerdan de aquel
1978. Ese hombre joven y lozano que respiraba salud y luego, a los años, ¿cómo
estaba? Y nunca ocultó nada. Hasta jugaba con su bastón y decía que la Iglesia
no se la lleva con los pies sino con la cabeza.
Y siempre allí, siempre
entregado a su misión, a su tarea. Trabajaba muchas horas incansablemente. Los
exigentes horarios de su trabajo todos los días, ¡todos los días! ¡Y cómo se lo
veía rezar! Realmente ¡cuánta enseñanza nos deja el Papa Juan Pablo II!
Si avanzamos un poco veremos
gestos que sólo el espíritu es capaz de provocar y poner en acciones y actitudes
dentro del corazón de la Iglesia y del mundo. El Santo Padre va a la Sinagoga
de Roma, con esa actitud, con ese reconocimiento de los hermanos mayores, sin
claudicar en su identidad y en su fe, ¡con cuánto respeto va!
¡Cuántas veces el Santo Padre
pide perdón, en nombre de los hijos de la Iglesia! ¡Un perdón que no lo han
pedido otros! ¡Que no lo han pedido otras instituciones, otros países! ¡La
Iglesia ha pedido perdón! Ha dicho el Santo Padre “yo, como Vicario de Cristo,
con los hijos de la Iglesia pido perdón por esto, por esto y por aquello.” Yo
quisiera saber si los demás lo hicieron, por lo menos no tengo noticias.
¡Cuánta enseñanza nos da y
nos deja el Papa Juan Pablo II! También el perdón de aquél que lo quiso
matar. Si miramos superficialmente se parece a una película. Pero ¡cuánto
sufrimiento! ¡Cuántas cosas tuvo que padecer el Papa por amor a Cristo, a la
Iglesia y al mundo! pero El, sin embargo, tuvo el coraje, la grandeza de ir a
visitarlo y ofrecerle su perdón. No son anécdotas, son actitudes de vida.
Estas actitudes de vida
tienen que quedar presentes y marcadas a fuego en nuestro corazón para que
podamos seguir y aprender de este gran hombre que nos dejó tantas cosas, al
mundo, a la Iglesia y a cada uno de nosotros.
Tenemos tristeza, pero
tenemos alegre serenidad y paz, porque el Papa ahora contempla todo lo que
creyó, todo lo que anunció, todo lo que vivió y todo lo que predicó. ¡Qué
hermoso es saber que se encuentra con Dios! ¡Y qué hermoso es saber que se
encuentra con la Virgen! ¡Y él que le decía “totus tuus”, “todo tuyo María”! ¡Y
que la Virgen lo haya recibido en su seno, en las manos del Padre! a nosotros,
los creyentes, nos da coraje, confianza y mucha fortaleza.
Pero también vinimos a
despedirlo al Santo Padre, a darle gracias a Dios porque nos lo prestó.
¡Gracias! por la actitud de este hombre, gracias por su ejemplo. Ahora nos toca
a nosotros no quedarnos en una esfera sentimental. Que cada uno de nosotros sea
capaz de tomar la posta. Que cada uno sea capaz de imitar a este grande, que nos
dejó su enseñanza.
La enseñanza no es la
elocuencia de las palabras, sino la fuerza del testimonio que debe expresarse en
cada uno de nosotros. Que incorporemos en nuestra vida las enseñanzas de este
Grande y las podamos vivir ordinariamente, de un modo habitual.
En el año 2001 fui a ver al
Santo Padre en la visita “ad límina”que los obispos realizamos cada cinco años.
Yo iba a ver al sabio, no sabía si lo iba a ver personalmente otra vez más. De
hecho no lo volvi a ver. Yo quería que el sabio me dijera algo y que yo tuviera
la dicha de no olvidármelo jamás. Después de un diálogo personal, le hice una
pregunta “¿qué consejo nos da a todos nosotros, a la Iglesia y a mí como
obispo?” Me mira y me dice “bueno, está bien, le voy a decir estas cosas”. Y me
dijo: “Primero amar a Dios ¡con todo! A la Virgen. ¡Amar con todo a la Iglesia!
Seguir las enseñanzas del Concilio Vaticano II y el documento del inicio del
tercer milenio, Novo Millenium Ineunte. Sigan esto que ahí está todo: Cristo,
la Virgen, la Iglesia, el Concilio”.
Recordamos sus palabras para
que cada uno las pueda aplicar. Agradecemos a Dios por este GRAN HOMBRE.
Que tocó todos los temas.
Que habló de las cosas
importantes.
Que no se dejó presionar por
nada ni por nadie.
Al que muchos, pero muchos,
lo aplaudieron y no le hicieron caso.
Del que muchos, muchos,
hablan hoy pero tampoco le hacen caso.
Una cosa es importante: que
nosotros, que somos los hijos de Dios y de la Iglesia, lo escuchemos y le
hagamos caso. Dependerá ahora de cada uno de nosotros y de nuestra repuesta.
Hombre grande, hombre fiel,
hombre que se entregó, hombre que dio todo, ¡Bendito sea Dios! Y que Dios lo
tenga en su gloria.
Que así sea.
Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
|