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9 DE JULIO - DÍA DE LA DECLARACIÓN DE LA INDEPENDENCIA


Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en el Tedéum del 9 de julio de 2005



Hoy conmemoramos el Día de la Declaración de la Independencia. Hace 189 años, los diputados, congregados en San Miguel de Tucumán, contestaron afirmativamente y con unanimidad a la pregunta que se les formulara: ¿Queréis que las Provincias de la Unión sean una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?

Respondieron con alegría, emoción y coraje, proclamando la Independencia. Resuenan todavía hoy en nuestra imaginación y en nuestra memoria colectiva las respuestas de cada uno de los congresistas.

Momento fundacional, momento trascendente de nuestra historia. Las dificultades no faltaban pero se pusieron de acuerdo en vistas al bien común.

Estos tiempos importantes, deben marcar la identidad, el rumbo, el espíritu de una Nación.

Ese Congreso, como lo dice el Acta de Declaración, se reunió invocando a Dios, “que preside al universo” afirmando su fe en la providencia divina que vela sobre las personas y las naciones.

Hoy le pedimos al Señor por nuestra Patria. Por los dirigentes, por los responsables de la conducción de nuestra Nación. Por nuestro pueblo.

Todos, pero especialmente los que ejercen el poder, la conducción y la dirigencia en todos los ámbitos,  debemos extremar la fidelidad a los valores que marcan nuestra identidad como Nación, recalcando la necesidad de sacrificarnos por el bien común., pues tenemos que recuperar en todo los niveles de la sociedad, esa vocación a formar una Nación auténtica.

Ante la pregunta sobre la  libertad  y la independencia, hoy también la Sociedad responde reclamando un orden justo que logre desligar a la República de las imposiciones de los grupos de poder, internos y externos al país, y que impida el avasallamiento de la dignidad propia de todo ser humano.

Hoy más que nunca necesitamos  propuestas y realizaciones concretas. No tenemos más tiempo para perder. “No se puede sembrar vientos, pues se cosecharán tempestades”.

Pidámosle al Señor que nos ayude a rehacer nuestra cultura. La cultura de la vida y no de la muerte. Que se nos ayude a recuperar los valores que nos dieron existencia como Nación.

Esto supone desarrollar una educación que sea promotora de la persona humana y sepa discernir en los desvalores con los cuales convivimos  y que se nos proponen como aceptables y normales, aquello que no tiene verdad, ni justicia, ni consolida un auténtico compromiso social. Una Nación no se puede basar en el puro pragmatismo de los hechos, debe constituirse en el ejercicio del derecho, quien no respeta esto inexorablemente contribuirá a la descomposición del tejido social.

Dios, hoy como siempre nos ilumina y nos ayuda: que nosotros sepamos responder con magnanimidad y coraje como nos los enseñaron nuestros mayores dando nacimiento a nuestra querida Patria. Feliz día de la Independencia.


Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús

9 de julio de 2005.



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