Documentos  
 

HAY QUE HACER LAS COSAS BIEN Y SIN MIEDO


Homilía
de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en la Fiesta de San Cayetano (7 de agosto de 2005)


Queridos hermanos:

En esta tarde y noche, tan fresca, tenemos la dicha de venir al Santuario para agradecer a Dios la presencia de un Santo que nos ha regalado para la Iglesia. San Cayetano nos enseña a confiar en Dios, en la Providencia. Esto quiere decir que Dios nos cuida siempre. Dios no nos abandona jamás. Esto es importante tenerlo en cuenta porque Dios no nos abandona jamás y quiere que nosotros, sus hijos, seamos capaces de confiar en Él.

San Cayetano nació en el norte de Italia en 1480 y murió en 1547. Vivió  en una época más difícil que ésta, una época de guerra entre hermanos. El 7 de agosto de 1547 murió generando la paz entre los españoles y los napolitanos, que estaban en guerra.

San Cayetano ofreció su vida por la paz, para que los hermanos no se peleen.

Para que los hermanos no se enemisten.

Para que los hermanos no se agredan.

¿No nos pasará lo mismo a nosotros?  En esta época donde, a veces, los pobres contra los pobres  se lastiman, se hostigan, se hacen daño, se perjudican. Donde, de alguna manera, toda la gente tiende a vivir con miedo, con individualismo, con injusticias y con mucho temor.

Recién escuchamos el Evangelio que nos dice “no tengan miedo, tranquilícense, Soy Yo”. Hoy tenemos que escuchar este mensaje: no tenemos que tener miedo porque el Señor es el Señor. Él está presente. Dios Padre nos creó, Jesucristo nos redimió y el Espíritu Santo nos santificó.

Dios está, nos quiere y nos cuida como a sus hijos muy queridos. Esto hay que entenderlo así: ¡Dios nos cuida! Es cierto que los hombres tenemos problemas, que la sociedad tiene problemas, que el sistema no funciona. Que los hombres se han equivocado, es cierto. Y que también nosotros nos equivocamos, es cierto. Que nos llevamos mal, a veces, también es cierto. Que nos agredimos, también es cierto. Pero también es cierto que, si confiamos en el Señor, Dios nos da fuerza para tratarnos como hermanos.

Para esto las cosas no son mágicas, sino que es una venida de Dios y una respuesta nuestra. Dios nos da la gracia, nos da su amistad, pero nosotros tenemos que poner algo. ¿Qué tenemos que poner?: la voluntad.

La voluntad es superior a las ganas: no es  “tengo ganas”, me porto bien. “No tengo ganas” me porto mal. “Tengo ganas”, soy bueno con los demás. “No tengo ganas”, soy malo con los demás. “Tengo ganas”, atiendo a mis hijos. “No tengo ganas”, no atiendo a mis hijos. El amor no se reduce a las ganas. El amor se reduce al amor.

Porque uno ama, aunque no tenga ganas, sigue haciendo el bien. Sigue cocinando la mamá, aunque se sienta mal; sigue cuidando los hijos, aunque esté enferma cada uno tiene que cumplir las cosas con amor y voluntad.

Hoy venimos aquí a darle gracias a Dios y a San Cayetano, pero también para tomar fuerzas, para respirar el oxígeno de un aire puro, de la gracia de Dios y para salir con convicciones. Con compromiso. Yo tengo que cumplir y hacer la voluntad de Dios. Tengo que creer en Él y saber que me cuida. Y que, a pesar de todas las dificultades en que nos encontramos, ¡siempre el mal se vence con el bien! Nunca el mal se vence con el mal.

¡Ay si los demás lo entendieran!, el mundo sería distinto. ¡Ay si nosotros entendiéramos!, la Iglesia sería distinta. Porque si nosotros llegamos a entender que el mal se vence con el bien ¡nos romperíamos todo por hacer el bien! Aunque los demás no lo reconozcan. Aunque los demás no se den cuenta. Aunque los demás se burlen. Cuando uno está convencido, obra en nombre de Dios y hace el bien ¿quién le va a quitar esa dignidad? ¿Quién le va a quitar esa alegría? ¿Quién le va a quitar ese entusiasmo?

San Cayetano amó a su pueblo porque rezó por su pueblo. Hoy venimos nosotros a querer amar a nuestro pueblo. Y porque amamos a nuestro pueblo queremos rezar por nuestro pueblo.

Queremos rezar por nuestras familias.

Queremos rezar por nuestra ciudad.

Queremos rezar por nuestra diócesis.

Queremos rezar por nuestro país.

Y queremos rezar por el mundo entero.

Le pedimos a San Cayetano que nos ayude a tener un trabajo digno, para que uno dignamente pueda alimentar el pan a los demás. Muchas veces se nos ha ido transmitiendo, y muchas veces hemos consentido, en las dádivas, en lo que sobra.  Y  hemos ido perdiendo la dignidad del trabajo. El trabajo nos hace dignos.

Por eso siempre tenemos que estar pendientes de eso.

Cualquier cosa que hagamos por los demás, no lo hagamos a medias.

No lo hagamos “mas o menos”. Hagámoslo bien.

Yo diría “hagámoslo mejor”. Lo que sea: cocinar, barrer, trabajar.

Pero lo que uno haga, que lo haga bien.

El docente, que lo haga bien. Los padres, que sean padres y que lo hagan bien. Que no dejen todo librado a sus hijos. Que los hijos colaboren en la casa y lo hagan bien y que en la Iglesia, nosotros, hagamos las cosas bien.

Así se tiene que vivir. No nos acostumbremos a vivir de otra manera. A media, más o menos o tristemente. Uno dice “siempre estamos mirando el vaso casi vacío”  y ¿por qué no miramos del oro lado?: el vaso casi lleno.

¿Por qué no valoramos las cosas que Dios nos da? ¿Por qué no valoramos las cosas que tenemos? ¿Por qué no nos valoramos por lo que somos? ¡Y como somos muy importantes, porque Dios nos quiere, porque ha dado la vida por nosotros, tenemos que devolverle lo mejor! No “más o menos”.

En lo que sea. No podemos hacer todo, pero lo que tengamos que hacer, hagámoslo bien. Con amor, con fe, con entusiasmo con generosidad, con rapidez, con prontitud, con disponibilidad. Es lo mejor que le dejamos a los hijos y a los demás.

Tener fe es un regalo de Dios. Pero también es un compromiso que nos moviliza a todos. Que nos compromete a todos a no cruzarnos de brazos, sino al contrario, nos mueve a seguir amando y a seguir tratando al otro y a los otros como hermanos.

reo que ya entendimos todo lo que significa el mensaje que hoy recibimos, para meterlo en nuestro corazón y nuestra alma, pero también para masticarlo, para pensarlo después en casa y para aplicarlo en las cosas cotidianas de nuestra vida.

San Cayetano también tuvo adversidades, pero no tuvo miedo, confió. También nosotros tenemos adversidades, pero no tenemos miedo, confiamos. No bajamos los brazos. Seguimos luchando. Seguimos amando. Seguimos trabajando. Seguimos levantándonos todos los días con entusiasmo. Y diciendo todos los días, a los que comparten con nosotros la vida,  “¡qué bueno que son, cómo los quiero y cómo seguimos amando!” Porque, hermanos, las cosas se dan en vida y las cosas se dicen en vida.

¡Díganlo! ¡No se callen la boca! ¡No se lo guarden para más adelante, porque ese “para más adelante” quizás es nunca! ¡Díganle que quieren a sus hijos! ¡Díganle sí y díganle no, porque las dos cosas son parte del amor! ¡No siempre hay que decir que sí! A veces hay que saber decir, a tiempo, que no. Porque también uno les está mostrando que con eso los quiere. ¡Acuérdense de lo que hicieron sus padres con ustedes! A veces un reto, una mirada fuerte, era para ponernos límites. ¡Cuánto agradecemos que se nos hayan puesto límites! ¡Y cuánto van a agradecer sus hijos que ustedes también les pongan límites!

No tengan miedo. Si hay amor y si hay verdad ¡a jugarse! Aunque se equivoquen ¡juéguense! Más vale jugarse, aunque uno tenga miedo a equivocarse, y no por miedo a equivocarse uno no se juegue y no se comprometa.

Le pedimos a San Cayetano que nos bendiga a todos y que bendiga todo lo que le pedimos. Y cuando volvamos a casa, que nuestro corazón sea distinto, que nuestra vida sea distinta y que miremos las cosas de manera distinta. El vaso casi lleno y no el vaso casi vacío.

Que así sea.


Mons. Rubén Oscar Frassia,
obispo de Avellaneda-Lanús



Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.