Homilía de monseñor
Rubén Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en la Catedral "Nuestra Señora de la
Asunción", por la Misión Diocesana (9 de agosto de 2005)
Agradezco los
testimonios de cada decanato que reflejan una realidad parroquial, decanal y
diocesana. También quiero decir públicamente que la decisión de la misión
diocesana no fue solamente mía, sino. Fue acordada y acompañada por el
presbiterio cuando estábamos reunidos en la semana de pastoral donde se tomó la
decisión de este trabajo misionero.
Estamos todos convencidos que
la Iglesia tiene que salir afuera y tiene que evangelizar hacia adentro y hacia
fuera. Y tiene que cumplir con una misión que hemos recibido y que es hermosa,
el don que Dios nos regala a cada uno de nosotros y nos regala como Iglesia. La
fe nos tiene que llevar a comunicar, a transmitir y a buscar a aquellos que se
han apartado, aquellos que se han desanimado, que se han quebrado, que se han
cansado. Y nosotros mismos tenemos que salir a buscarlos porque si no los
buscamos nosotros ¿quién los va a buscar? Si no salimos nosotros ¿quién va a
salir?
Nos quejamos de los medios,
nos quejamos de los demás, nos quejamos de los políticos, nos quejamos de los
otros, pero dejamos el espacio vacío para que otros lo puedan ocupar. Entonces,
somos nosotros los que, tomando la decisión, tenemos que obrar en consecuencia y
con responsabilidad llevar el mensaje que no es nuestro sino que es de Dios. En
su Nombre echamos las redes. En su Nombre navegamos mar adentro. En su Nombre
llevamos la Buena Noticia a los demás.
¿Y por qué es esto? Porque
hay algo que es fundamental: el Espíritu Santo es el Santificador, Cristo es el
Redentor, pero Dios Padre es el Creador. Hoy estas realidades, muchos las están
olvidando. Nosotros tenemos que comunicar, por todas partes, que el amor es la
fuente de la Trinidad. La vida pertenece a Dios y Dios nos la presta y la
recibimos gratuitamente, pero tenemos que ser generosos en darle gracias porque
Dios Padre, Creador, nos ha creado con una responsabilidad. Y tenemos que
llevarlo y anunciarlo. No podemos permitir que la Iglesia Católica quede
reducida a la sacristía, a un espacio interno, a un espacio de pocos. Tenemos
que mostrarnos en todos los ámbitos.
Cuando uno habla de ámbitos
¿de qué ámbitos tratamos para ponernos de acuerdo en un pensar común? En todo
ámbito: en lo personal, en lo familiar, en la sociedad, en todos los ámbitos
donde la vida se va jugando. En primer lugar, en la cultura; en las leyes; en la
educación; en la política; en lo social; en lo económico; en lo profesional; en
el trabajo cotidiano. Y en toda la vida de barrio, de vecinos que somos, nos
encontramos y que, gracias a Dios, todavía nos podemos identificar y conocer.
Por lo menos acá tenemos el gusto de conocernos. En otros lugares viven
ignorándose.
La Iglesia tiene esta tarea.
Por eso tenemos que darle gracias a Dios y que la fuerza de la misión se basa en
la fuerza de la convicción. Si estamos convencidos, si creemos en Jesucristo,
si creemos en Dios, si queremos ser sus discípulos, si queremos honrar a la
Virgen, su Madre y nuestra Madre, tenemos que hacer lo que Él nos pide. ¿Y qué
nos pide Jesús? Que todos lo puedan conocer. Si después no lo quieren aceptar,
que no lo acepten. Pero que nadie diga “a mí nadie me habló de Jesucristo”, “a
mí nadie me habló de la bondad de la Iglesia”, “a mi nadie me hablo de la
misericordia de Dios, o del perdón de Dios.” Porque toda persona tiene derecho a
conocer a Jesucristo.
Nosotros somos privilegiados,
tenemos mucho camino que recorrer y tenemos que trabajar mucho y tenemos que
movernos mucho. Ustedes me dirán ¿hasta cuándo?: hasta el último minuto de
nuestra vida.
¡Quien ama, siempre va a
trabajar por el Señor!
¡Nadie puede jubilarse del
conocimiento de Jesucristo!
¡Nadie puede extrañarse de la
tarea que Dios nos regala y que tenemos que emprender!
Estamos en permanente misión.
Y la misión tiene que ser realizada con oración, con fe, con testimonio, con
fuerza, con entusiasmo, con convicción. Ciertamente, tenemos que estar
sostenidos y alimentados por la oración.
La oración mueve montañas.
La oración derrite los hielos
más fríos: el corazón de los hombres.
La oración puede hacer muchas
cosas. Y es lo primero que tenemos que hacer siempre, rezar. Rezar para que Dios
sea reconocido.
Algo que para mí al menos es
muy importante: ¡no podemos hacer todo! Ninguno puede hacer todo. Ni el Obispo
puede hacer todo. Pero sí podemos hacer algo, y cuando lo hacemos debemos
hacerlo bien y mejor. No acostumbrarnos a hacer las cosas a medias o “más o
menos”. Hay que hacerlas bien.
Estás en tal trabajo, hacelo
bien.
Estás en tal comisión, hacelo
bien.
Vas a hacer una visita, no
cinco, hacela bien.
Vas a ver al vecino que está
enfermo, ocúpate de él, hacelo bien.
Así Dios nos bendice y
bendice a aquél que da con alegría.
El sacerdote, cuando bendice,
cuando consagra, cuando perdona, cuando escucha: ¡qué hermoso es lo que Dios nos
ha confiado! Y Dios nos va a seguir bendiciendo cuando nosotros damos con
alegría. Ustedes, queridos hermanos y pueblo fiel, también den con alegría.
Porque Dios bendice a aquellos que son generosos.
Como Obispo, siguiendo el
pensamiento de la Iglesia y del Santo Padre, hoy tenemos más que nunca que hacer
presente a Jesucristo y dar razones de nuestra esperanza en un mundo que se
debilita, que se destruye, que se quiebra y que está gastado. Nosotros no
estamos gastados. Podemos cansarnos, pero no agobiarnos, porque tenemos la
fuerza del Espíritu, que alimenta la esperanza.
Queridos hermanos, que cada
uno de nosotros no le ponga límites al amor de Dios. Y que cada uno de nosotros
no le ponga límites al entusiasmo. Y que cada uno de nosotros sea generoso en la
entrega. Como decía muy bien una señora que dio su testimonio, “nosotros los que
damos somos los primeros evangelizados”, porque el que da recibe mucho más.
¿Saben por qué? Porque Dios no se deja vencer en generosidad.
Iglesia diocesana de
Avellaneda Lanús: que pongamos siempre en actitud de pie, para poder tener un
corazón abierto y un corazón sin fronteras. Una Iglesia que, en la sencillez y
en la unidad, conciente de lo que ha recibido, lo da a conocer porque lo vive. Y
porque lo vive, lo da a conocer. Y porque da testimonio, los demás lo escuchan.
Porque el mundo escucha a aquel que da testimonio.
La Virgen nos dice: “hagan lo
que Él les dice”. La Iglesia, nosotros, existimos para evangelizar, para
iluminar, para llevar el mensaje. No nos callemos la boca. No cerremos el
corazón. No cerremos las manos, sino que demos en Su Nombre y con alegría.
Que la Virgen, Nuestra Señora
de la Asunción, bendiga a nuestra Diócesis y que surjan del seno de nuestras
familias y nuestras comunidades, auténticas vocaciones humanas, cristianas y de
especial consagración.
Que así sea.