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INSTITUCIÓN DEL MINISTERIO DEL LECTORADO


Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en la misa de institución del ministerio del Lectorado
(Parroquia San Pedro Armengol, 10 de agosto de 2005)



Queridos hermanos:

En esta noche, donde nos reunimos como parte de la familia de nuestra diócesis, cinco hermanos nuestros van a recibir el Ministerio del Lectorado. Lo hacemos en el marco de la celebración del Diácono y Mártir San Lorenzo, y significa un rito, significa una Liturgia.

Pero no nos podemos quedar en el rito, en la liturgia, ni en la celebración. Nos lleva a algo más. Nos lleva al misterio de Cristo dado a la Iglesia. Lo primero que asoma a nosotros es ese misterio en la donación de Cristo. Cristo se da al Padre por amor a nosotros. Él es el referente, el ejemplo. Es nuestro Maestro, al que todos nosotros  estamos llamados a seguir e imitar. Es una llamada de Dios y es una respuesta personal.

En la Iglesia no hay ningún acto individual. En la Iglesia se concede y se hace algo eclesial. Algo personal, pero que es eclesial. Se sirve a la Iglesia. Se honra a la Iglesia. Se da testimonio de la Iglesia. No es nunca una condecoración particular. Nunca es un honor individual. Sí es un don. Pero siempre Dios nos llama para poder indicar, poder señalar a Cristo, al Misterio de Dios.

Misterio único e insondable. No  hay otro nombre ni en el Cielo ni en la Tierra, sino Jesucristo. A Él tenemos que seguir e imitar. Este Misterio es una aproximación y debemos pedirle al Señor, que suscite en nosotros su Espíritu, para que lo podamos entender cada vez más. Para que nos podamos aproximar cada vez más. Para que nos podamos revestir de su Misterio, cada vez más. Para que nos podamos identificar, y que cada vez más entre en  nuestra vida y en nuestro ser.

Es un misterio extraordinario, donde el Señor va llenándonos, colmándonos, convirtiéndonos.  Y en la madurez de nuestra vida, tenemos que poder decirlo, poder vivirlo. Es poder creerlo, poder mostrarlo, poder testimoniarlo: “ya no soy yo quien vive, sino Cristo quien vive en mí”

Es un llamado eclesial que Dios nos hace a través de estos hermanos. Y ellos ¿cómo se van a iniciar en el Ministerio de la Palabra?:

Es la Palabra de Dios, no cualquier palabra.

No es palabra de hombre, es Palabra de Dios.

Es Palabra de Dios que se cree, que se pronuncia, que se vive, que se interioriza.

La Palabra, entonces, ilumina. No es para que brillen ellos, no es para brillar nosotros. Es para que esa luz, esa Palabra, entre en nosotros y nos ilumine. Para que nosotros podamos comunicar y transmitir esta luz a los demás.

La Palabra guía.
La Palabra ilumina.
La Palabra alimenta.
La Palabra levanta.
La Palabra da sentido a nuestro caminar, a nuestro andar, a nuestro peregrinar.

En este ministerio que se recibe en la Iglesia, que no es un acto individual sino que es un acto eclesial, uno tiene que hacer honor al don que la Iglesia les confía. Leer la Palabra con fe. Masticar la Palabra. Rumiar la Palabra. Incorporar la Palabra y dejar que ocupe el lugar de cada uno de nosotros.

Se la puede dejar en la puerta, en el vestíbulo, ahí nomás. Sin embargo, la Palabra tiene que entrar en nuestro ser. Tiene que dar luz, vida, calor, a nuestro corazón, a nuestro sentimiento,  a nuestra inteligencia, a nuestra voluntad.

Si pudiéramos decir, “decir” en la Iglesia es “creer”, todos nosotros tenemos que leer una sola palabra: el Verbo, ¡Cristo! Y si pudiéramos leer, creer en esa palabra –en esto que es definitivo y absoluto– vamos a adquirir el sentido de todas las demás cosas, de todas las demás definitivas de la vida. Pero desde esta Palabra, que es Palabra de Dios. Que nos va guiando, comunicando y alimentando.

Queridos hermanos: cada vez que se acerquen a la Palabra, ella los va a alimentar, los va a purificar, los va a elevar. En la medida que ustedes misteriosamente se acerquen a ella, con humildad, con pobreza de corazón y con sabiduría de alma. El humilde necesita. El pobre necesita. Y el sabio sabe dónde están los verdaderos “pastos”, los verdaderos alimentos: en la Palabra de Dios.

Se los deseo de corazón: reciban este Ministerio con alegría.

Es un acto eclesial, un don que Dios les regala a través de la Iglesia. Y que esta Palabra los fortalezca en su vida y les de fuerza para leer la Palabra, para creer en ella y para anunciarla con su propia vida.

Que San Lorenzo, diácono y mártir, nos ayude a todos a no negociar, a no olvidar, a no renunciar a esta Palabra que es única y definitiva. A él le costó la vida. Al Papa Sixto II también le costó la vida. Pero a él más porque cumplía un cargo diaconal de administración de los bienes de la Iglesia en Roma. El supo ser fiel a esta Palabra.

Que también nosotros salgamos con la convicción de que tenemos que oír bien y leer bien, para responder bien.

Que así sea


Mons. Rubén Oscar Frassia,
obispo de Avellaneda-Lanús



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