Documentos  
 

tenemos que alimentar la fe


Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús, en la Fiesta Patronal de Nuestra Señora de la Asunción (15 de agosto 2005)


Queridos hermanos:

En este día tan importante para todos nosotros, la Fiesta de la Virgen, nuestro corazón se regocija. Felicito a los sacerdotes, a los diáconos, a las religiosas y a ustedes, pueblo fiel, que hayamos concurrido todos aquí, a este lugar, porque es la Virgen quien nos convoca a su fiesta. Y nosotros participamos de esa fiesta.

Este misterio es algo extraordinario e insondable, es el Misterio de Dios, que eligió a esta mujer y la privilegia delante de toda otra criatura. La Virgen, antes de ser Madre, es discípula porque tiene fe y porque cree en lo que Dios le propone. Ella nos enseña a ser discípulos, ¡y un discípulo tiene que vivir en la fe!

¡No podemos caminar en la Iglesia sin fe!

¡Tenemos que cuidar la fe!

¡Tenemos que alimentar la fe!

¡Tenemos que acrecentar nuestra fe porque es esencial para poder vivir la caridad y la misión!

La Virgen es Madre. Y como madre que es, nos cuida y nos marca el camino. ¡Tenemos que seguir a María porque ella siempre sigue a Cristo! Y cuando se sigue a Cristo, no se puede equivocar.  Cuando se sigue al Señor, uno no pierde humanidad sino que se hace más fraterno con los demás.

Hoy le pido a la Virgen, que es Madre, por todos nosotros que somos sus hijos. Por nuestra Diócesis, por nuestra Iglesia, por nuestra Ciudad, por todas nuestras comunidades, por todas nuestras familias y, sobre todo, por nuestro país. Ciertamente hay problemas en nuestra ciudad; le pedimos a la Virgen que nos ayude a superarlos, dialogando, respetándose y tratando de encontrar un justo equilibrio en los pedidos, en los reclamos y en los problemas.

Tantas cosas tenemos que pedirle a la Virgen, pero se lo pedimos animados y ¿saben por qué? Porque ella es la llena de gracia. Porque es la cumbre máxima del Espíritu Santo. Porque María es la primera que está al lado de Cristo. Cristo ha resucitado y después de Cristo, María, la Virgen. Le ha concedido ese regalo, ese privilegio, de no sufrir corrupción. En cuerpo y alma, María es asumida al cielo antes de la resurrección final.


Todo ¿por qué?

Porque para Dios no hay nada imposible.

¡Lo vemos en la Virgen María!

¡Ella fue fiel y le creyó a Dios!

¡Ella es Madre, e intercede ante Dios por todos nosotros! ¡Por nuestras familias y por nuestra Patria!

Tenemos que tomar conciencia de la presencia de la Virgen en nuestra vida. Tenemos que tomar conciencia que nosotros, como ella, tenemos que seguir sus pasos. María creyó, y se dio la encarnación del Verbo en su seno virginal. Ante la cruz, ella está de pie, no vacila. Tampoco nosotros tenemos que vacilar ante el sufrimiento, ante la tribulación, ante las dificultades, ante la incomprensión y ante la persecución. La Virgen nos da el ejemplo: ¡está de pie!

Ella se queda quietita al lado de Dios y, siendo aparentemente débil, es la mujer fuerte. También nosotros, con nuestras debilidades y con nuestros sufrimientos, tenemos que quedarnos en el Señor. ¡Y quedarnos con el Señor! ¡No cambiarlo por nada! ¡Por ninguna propuesta, por ningún artilugio! ¡Por ninguna otra cosa se lo puede cambiar al Señor, porque la Virgen, nuestra Madre, nos da la garantía y la certeza! Ella  es fiel.

Hoy quiero pedirle a la Virgen por nuestra Iglesia diocesana, para que tenga el coraje de vivir en serio nuestra vida cristiana. Para  que cumplamos con nuestra misión. Una misión que significa humana, que significa ser cristiano, para dar a conocer a Cristo a los demás, sin vacilar. Tenemos que colaborar porque somos Iglesia, y somos parte de ella. Tenemos que llevar este mensaje porque Dios quiere confiar en nosotros.

Para poder obrar tenemos que estar convencidos. Quien no está convencido no sirve para la misión y casi no sirve para la vida. Porque la vida es lucha y hay que luchar todos los días para no perder la dignidad, para estar entero aunque uno esté traspasado. Para estar fuertes aunque pasemos por el crisol de la tribulación. Para que seamos fuertes, como es María ante la cruz y ante el dolor.


Yo le pido hoy a la Virgen dos cosas para nosotros:

En el mundo que nos toca vivir vemos las dificultades, entonces que todos tengamos la capacidad de la resistencia. Resistir, ser firmes, ser fuertes, permanecer fieles en esa tribulación. No “tirar la toalla” y no dejar de pelear. ¡Porque se pelea con Dios, por Dios y por el bien de toda nuestra gente!

Le pido a la Virgen que nos conceda la gracia de la resistencia, para que siempre seamos capaces de obrar en el bien. Porque el bien es más fuerte que el mal. Y Dios vence el odio con el amor, con la misericordia y con el perdón. Y que nunca ninguno de nosotros, sus hijos, nos cansemos de resistirle al Señor para poder serle fiel.

La segunda cosa que le quiero pedir, queridos hermanos, queridos curas, diáconos, seminaristas: tenemos que perseverar. Hay que perseverar hasta el final, hasta siempre. Porque es el Señor quien nos llama, quien nos confía, quien nos invita a esta aventura, nos llama a esta hermosa tarea. Pero  hay que perseverar en lo arduo, en lo difícil, en lo de siempre.

El mundo tiene otro lenguaje: “usa y tira”, “descarta, no sirve más”. En cambio la Iglesia y el Evangelio no nos enseñan a tirar nada, sino a conservar todo lo bueno y poder vivir de Cristo y del Evangelio. Hay que perseverar y que cada uno, con su cruz, con su dolor, con su sufrimiento, siga siendo fiel al Señor.

Querida Madre, te doy gracias porque soy Obispo de esta diócesis. Te doy gracias por este tu pueblo que es nuestro pueblo. Y te pedimos Madre, que nos des la alegría de la resistencia y el coraje de la perseverancia. Así como tú fuiste fiel a tu Hijo, que también nosotros Madre, como tú, podamos ser fieles a tu Hijo. “No eres más abandonada, sino que has hecho mi voluntad”, dice el Señor.

¡Qué hermoso que Dios pueda decir de cada uno de nosotros “no eres un abandonado, sino que has hecho mi voluntad”! y esa voluntad es el mejor bien.

Que la Virgen, Nuestra Señora de la Asunción, nos bendiga a todos.

Que así sea


Mons. Rubén Oscar Frassia,
obispo de Avellaneda-Lanús



Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.