Queridos sacerdotes, religiosas y religiosos.
Querido pueblo fiel:
En esta
Liturgia, donde el Obispo va a dar el mandato a los Ministros Extraordinarios de
la Comunión, vamos a reflexionar sobre lo que significa la Eucaristía para cada
uno de nosotros. Y lo que significa la Eucaristía para la Iglesia.
Cristo viene a
salvarnos en la cruz por amor a Dios, pero sobre todo por nuestros pecados. La
Eucaristía es, entonces, Cristo que viene a redimirnos.
El sacrificio de
Cristo es el de Él, que se ofrece al Padre. El sacrificio de Cristo y el
sacrificio de la Eucaristía están unidos indivisiblemente. Los dos son la misma
cosa en dos tiempos distintos. Son la misma realidad. Por lo tanto, cuantas
veces nosotros tratamos con la Eucaristía, estamos tratando con el sacrificio de
Cristo.
Quien mira la
Eucaristía, mira a Cristo que se sacrifica por amor a Dios y por amor a
nosotros. Cuantas veces nosotros tratamos la Eucaristía, estamos memorando el
gran amor que Cristo nos tiene al sacrificarse por nosotros, dándose y
quedándose en la Eucaristía.
Eucaristía es sacrificio.
Eucaristía es presencia de Dios, todo entero, alma, cuerpo y divinidad.
Eucaristía es banquete, alimento fraterno.
Por lo tanto,
todos somos invitados. Y para que no nos queden dudas, todos somos rescatados ya
que Cristo en la Eucaristía es nuestro redentor y nuestro salvador. Todos
nosotros participamos de la Eucaristía porque somos invitados, admitidos,
rescatados, purificados, robustecidos, sanados.
Nos acercamos a
este Misterio, pero nunca lo vamos a agotar. Ni el sacerdote, ni el Obispo van a
agotar el Misterio de la Eucaristía. De El y por El proviene la Gracia, que
nosotros recibimos indignamente pero que Dios nos la da, para que se haga digno
aquel que se acerca a la Eucaristía. Aquel que trata lo sagrado. Aquel que trata
la cosa divina, el Pan Sagrado dado por nosotros al Padre y entregado para
nosotros en el sacrificio.
El primero, el
principal y el único es Cristo. Nosotros tenemos la Gracia de acceder, de
tratar, pero cuidémonos que nunca nos olvidemos de tratarlo como Misterio, con
gratitud, con adoración, con respeto. Lo Santo nos contiene a nosotros. Nosotros
no contenemos al Santo.
Hay que tener
siempre esa actitud de humildad, de respeto y de adoración, porque nosotros
recibimos esto que es un don, un regalo pero también un llamado. ¿Y saben a qué?
Curiosamente, un llamado que nos hace la Eucaristía todas las veces que, en su
nombre, la Iglesia la celebra. Un llamado a la conversión.
La Eucaristía es
fármaco, es remedio, es medicina del alma. Nos robustece, nos cura, nos cambia y
nos pone en camino para vivir como Hijos de Dios y como hermanos entre nosotros.
Es un don, es un honor, es un regalo que Dios lo da y es temporario. Y no hay
que sentirse mal. Lo da un tiempo. ¡Bendito sea Dios! Y luego nos lo quita.
¡Bendito sea Dios!
¡Bendito sea
Dios, cuando la Iglesia nos llama! Y ¡bendito sea Dios cuando la Iglesia no nos
llama! Porque todos nosotros somos importantes, no por lo que hacemos sino por
lo que somos y por el Misterio en el que estamos fundados, sostenidos y
alimentados.
Queridos
hermanos, el Misterio del Amor de Dios, quiera El que todos los que estamos acá
unidos como parte representativa del Pueblo de Dios, nos invite a nosotros a la
gratitud, a la adoración y a la comunión. Ya que todos nosotros somos
alimentados en una única mesa, en un único Misterio, en un único nombre
Jesucristo el Salvador.
Que la Virgen,
ella que entendió el Misterio, lo tomó y no lo profanó, nos ayude a recibir el
Misterio y a tomarlo con esa actitud de lo sagrado. Y esa actitud tiene que
expresarse en nuestra vida cotidiana.
Que el Señor los
bendiga. Bendiga a sus parroquias, a sus párrocos, a sus comunidades, a sus
comunidades religiosas. Y que este mandato, que el Obispo les da, sea un
aproximamiento, una cercanía, y que mirando a Cristo cumplamos una vez más la
voluntad del Padre.
Que así sea.