Queridos
hermanos:
Estamos aquí,
una vez más, a los pies de la Santísima Virgen para aprender, reconocer,
agradecer y tomar fuerzas. Porque todos nosotros, como familia, estamos cansados
de tantas dificultades externas, de tantas dificultades internas. Pero hoy
venimos a tomar aire puro, a tomar fuerzas. A reconocer y saber que sólo de Dios
nos viene la fuerza como Iglesia, para que podamos vivir y cumplir con nuestra
misión.
El lema de este
año es “Con María cumplamos nuestra misión”. ¿Y qué significa cumplir con
nuestra misión? Significa, en primer lugar, saber de dónde nos podemos nutrir. Y
nos nutrimos de su Hijo, de Cristo el Señor. El Señor que está presente en la
Eucaristía y nos muestra en ella su amor incondicional para cada uno de
nosotros.
Nosotros
tenemos que entender que la Eucaristía, es la misma que aquella en la que Él se
sacrificó por nosotros. Y que ese amor redentor reclama, de nosotros,
respuestas. Reclama de nosotros fidelidad. Reclama de nosotros no mirar para
otro lado. Y saber que nosotros, como Iglesia y pueblo santo de Dios, nos
nutrimos bajo un mismo pan. Y ese Pan es Cristo.
Y si nos
nutrimos de ese único Pan, que es Cristo, de acá nosotros tenemos que salir a
trabajar por la unidad. Por la unidad de la familia. Por la unidad de la
Iglesia. Por la unidad de los hombres. La Eucaristía crea en nosotros cultura,
nos educa, nos enseña, nos forma, nos fortalece. Nos saca del pecado del
egoísmo, de la superficialidad, para que podamos vivir ese amor redentor de Dios
eucarístico en nosotros.
La unidad no es
abstracta. La unidad no son palabras. Son obras, son gestos, comunitaria y
jerárquicamente. La unidad tiene una estructura, y esa estructura tiene que
expresarse, tiene que hacerse carne y vida en nuestras comunidades, en nuestras
parroquias, en nuestro presbiterio, en nuestra diócesis.
Hoy venimos a
pedirle a la Virgen que nos de la fuerza para poder vivir seriamente, esta
misión que el Señor nos ha encomendado: “Con María cumplamos nuestra misión”.
El mundo está
resquebrajado, por no decir roto. Que eso no suceda en medio de nosotros y
nuestras comunidades. Nosotros tenemos que hacer y testimoniar con nuestra
propia vida, lo que el Señor nos enseña. Los políticos dicen otra cosa. Las
sociedades dicen otra cosa. El sistema dice otra cosa. Pero nosotros tenemos
algo que decir y es diferente: Cristo el Señor, es capaz de hacernos reconocer
como hermanos entre nosotros.
Cristo es capaz
de tratarnos responsablemente.
Cristo es capaz
de provocar en nosotros esta realidad de ser hijos de Dios y de ser hermanos
entre nosotros.
La presencia de
la Virgen, la llena de gracia, despeja el pecado, despeja la adicción, despeja
la intriga, despeja la ruptura. Que Ella se haga presente hoy en nosotros, en
nuestra Iglesia, en nuestras familias y en nuestro querido país.
Estamos
cansados, hay mucho cansancio. Y uno se cansa más cuado se lo guarda para sí.
Uno se cansa más y pierde el entusiasmo, cuando no vive en la verdad y no vive
en el Señor.
En el breviario,
en la liturgia de la horas, en el oficio de lecturas, justamente hoy el Himno
dice una frase que quiero compartir con ustedes y pedirle al Señor: “Tú que
nos diste la inmensa dignidad de ser tus hijos, no dejes que el pecado y que la
muerte, destruyan en el hombre el ser divino.”
Que se lo
pidamos hoy a la Virgen, para que vuelva en nuestra vida la alegría de la Gracia
de Dios. Para que vuelva a nuestras familias la alegría de vivir los valores que
el Señor, a través del Evangelio, y que la Iglesia a través de él, comunica y
nos enseña.
Cuando hay
valores, hay entusiasmo, hay fuerza, hay convicción y hay testimonio. Se lo
pedimos hoy a la Virgen, para nuestra diócesis, para nuestras comunidades. Y que
el malo no destruya lo divino que está presente en cada uno de nosotros.
Que así sea.