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HOMILÍA EN LA FIESTA PATRONAL DE LA PARROQUIA SANTO CRISTO DE Lanús


Homilía de monseñor Rubén Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
(
17 de setiembre de 2005)


Queridos hermanos:

Quiero felicitarlos, en primer lugar, por la resistencia que tienen todos, a pesar del frío de esta noche. Ofrezcamos esto al Señor, para que nos de fuerzas y sepamos que, lo que ofrecemos con entusiasmo, con resistencia, con fuerza,  también contribuye para el Reino de Dios.

El Evangelio y las lecturas de hoy, que son muy ricas, muestran a Dios que es generoso, que es bueno y que tiene misericordia con todos. Pero resulta que los hombres muchas veces no entendemos la bondad de Dios. No entendemos porque la mezquinamos, porque juzgamos con nuestros propios criterios. O  no entendemos porque abusamos de la bondad de Dios.

Debemos darnos cuenta que nuestros pensamientos no son los pensamientos de Dios. Pero Dios tiene una misericordia y una bondad infinitas. Tenemos que aprender a amar con esa fuerza de Dios. Tenemos que ser generosos, tenemos que ser  buenos, tenemos que perdonar o hacer tantas cosas.

Uno dice “¡no, yo no soy como Dios!” “¡yo no tengo fuerzas!” “¡yo no se!”. Pero tenemos que obrar con la gracia de Dios y a modo divino. Dios nos ayuda para que tengamos los mismos sentimientos, porque Él es bueno con todos. ¡Y nosotros tenemos que ser buenos con nosotros mismos y con todos! Con el que piensa como nosotros, con el que piensa de manera distinta, con el que está de acuerdo, con el que está distante, tenemos que ser buenos. Porque la bondad no se agota por los resultados. La bondad es propia de la dignidad que Dios nos regala y nosotros tenemos que mantener y custodiar.

Si Dios es bueno ¿por qué nosotros no podemos ser buenos? Alguien puede preguntar ¿qué significa ser bueno? No se pueden dar todos los ejemplos habidos y por haber, pero uno sabe cuando es bueno y uno sabe cuando es malo. ¡No nos engañemos! Por lo menos no nos engañemos a nosotros. Uno puede pretender engañar a los demás, pero no hay que engañarse a uno mismo.

Si yo en casa soy la piedra de la discordia, y hago la vida imposible, por más que me haga el bueno no soy bueno. Si en mi casa no respeto a mis padres, a los mayores, o yo padre no respeto a los hijos, no busco el bien, no los ayudo a hacer el bien, no me interesa lo que hace al presente y futuro de estas personas, no me tengo que hacer el bueno porque no soy bueno.

Si yo soy infiel, no soy bueno. Porque a nadie le gusta que los demás sean infieles con uno. Por lo tanto tampoco nosotros tenemos derecho a ser infieles con los demás. Porque sino usamos siempre una vara acomodaticia. ¿Y cuál es esa vara? Lo que yo hago, está bien. Y lo que los otros hacen, está muy mal. ¡Falso! Todos tenemos los mismos derechos y las mismas obligaciones y responsabilidades.

Por lo tanto, ser bueno no es obrar con ganas. “Como hoy tengo ganas, soy bueno” ¡No! Es obrar con decisión. Poner todo de la vida de uno: la voluntad, el corazón, la oración, el esfuerzo, el sacrificio. ¡Todo hay que poner para que uno sea bueno!

No brota por generación espontánea, diciendo “¡nuestra naturaleza humana es tan buena!” No. A  veces nuestra naturaleza no es tan buena. A veces es mala. A veces es mediocre. A veces es cruel. Y a veces es muy buena.

¿Cuál es la medida de la intensidad de nuestro compromiso? Mirando a Cristo. ¡Cristo que nos ama entrañablemente hasta el final! Y nos ama en serio Cristo crucificado. Que muere por nosotros, nos salva y nos redime. La muerte no termina en la cruz, sino que se transforma y pasa a la resurrección, a la vida.

Fijémonos en esto que es importante: la bondad personal tiene que estar muy unida al espíritu de la resurrección, de la alegría, de la victoria, de lo que Cristo nos enseña en esta elocuencia, en este silencio profundo de Cristo pero que nos habla siempre.

Hay que mirar a Cristo crucificado y ahí vamos a entender muchas cosas. Yo diría ¡todas las cosas! Entender y, a la vez, cuestionarnos. A nosotros y a los demás. Fundamentalmente uno no puede vivir cuestionando a los otros, sin cuestionarse a sí mismo. Porque las cosas pasan primero por uno mismo. Los cambios estructurales, los cambios familiares y los cambios sociales, ciertamente hay que provocarlos. Pero también pasan por cada uno de nosotros. ¿Yo que aporto? ¿Cómo pienso? ¿Cómo lo concreto?

Como parroquia, como barrio, en estos festejos la fe está metida en la vida. Y la vida tiene que estar iluminada por la fe. Son dos realidades que tienen una cierta autonomía, pero que no se desconocen sino que más bien se integran. Hasta podríamos decir que se potencian, se ayudan. La realidad es que nos necesitamos mutuamente, unos y otros. La Iglesia, el barrio, la ciudad, el país, la sociedad: nos necesitamos.

Hoy le pedimos a Cristo que al mirarlo, entendamos su bondad. Eso provoca en nosotros una actitud de agradecimiento, como primera cosa. En segundo lugar, Él siendo justo cargó con la injusticia, asumió los pecados de todo el mundo y Él no tenía pecados. Cargó sobre su lomo, sobre sus espaldas, el pecado del mundo y nos perdonó. Fue capaz de decir, en su momento, siendo crucificado, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”.

El perdón de Dios que entra en nuestra vida, no nos permite vivir en la ignorancia.

¡No nos permite permanecer en el pecado!

¡No nos permite seguir viviendo injustamente!

¡No nos permite vivir con falta de amor, de justicia, de respeto!

¡Porque por la sangre de Cristo, que nos redimió y nos redime, yo no puedo quedar igual! ¡Yo no puedo quedar como antes!

¡Yo no puedo ser un hipócrita!

¡Yo no puedo decir que la fuerza de Cristo no tiene fuerza en mi vida! ¡Porque siempre la gracia de Dios es más fuerte que el pecado!

¡Siempre el bien es más fuerte que el mal!

¡Y no nos dejamos vencer ni por el pecado ni por el mal!

Hoy le pedimos a Cristo tener esa fuerza y que nos ayude a vivir por lo que Él hizo. Murió, resucitó y nos dio una vida nueva. ¡Por favor, no mandemos nuestra vida nueva  a un tacho de basura! ¡Por favor, vivamos con esa dignidad que Dios nos consiguió en la cruz!

Vivamos como hijos de Dios.

Vivamos como hermanos entre nosotros.

Vivamos también como personas responsables de la fe que sabemos incidir en la sociedad. No nos quedamos encerrados en la sacristía. Salimos y queremos estar en todos los ámbitos: cultura, leyes, educación, salud, trabajo, sociedades intermedias, sociedades políticas. En todos lados. Aunque muchas veces, esas realidades están lamentablemente bastardeadas.

Sí le podemos pedir al Señor que por Él queremos vivir como cristianos y como buenas personas en todos los ámbitos.

Que la cruz de Cristo, que redimió al mundo, nos redima a nosotros y nos haga vivir convencidos, como nuevas personas y como resucitados.

Que así sea.


Mons. Rubén Oscar Frassia,
obispo de Avellaneda-Lanús


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