jornada
mundial del turismo
Homilía de
monseñor Rubén Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús y miembro de la Comisión
Episcopal para las Migraciones y el Turismo en la
misa por la Jornada Mundial del Turismo
(Parroquia San Ildefonso, Buenos Aires, 23 de setiembre de 2005)
Queridos hermanos:
En este día tan
especial para nosotros, quiero agradecer la presencia del señor Secretario
Nacional de Turismo y todos lo que lo acompañan, ya que estamos celebrando la
Jornada Mundial del Turismo.
Es importante
reconocer lo que nosotros queremos aplicar en nuestra vida, habiendo escuchado
el Evangelio. El Evangelio nos relata, simplemente, cómo un primer hijo dice que
no y después dice que si. En cambio el otro dice que si, y después hace que no.
Aquí está la
obediencia.
Es importante
que nos demos cuenta que, en algún momento de nuestra vida, hemos desobedecido.
Hemos estado desatentos a las cosas del Padre, o a las cosas de nuestros
hermanos. No hemos sido fieles a lo que el Señor nos concedió, a lo que el Señor
nos pidió y también, a lo que el Señor nos exigió.
Pero está la
segunda oportunidad. ¿Cuál es?
La oportunidad
de reflexionar, de pensar, de hacer las cosas más creíbles. Esta segunda
oportunidad, reclama de nosotros inteligencia, esfuerzo, capacidad, obediencia,
corazón, ¡todo!, para que uno pueda hacer las cosas bien y cumplir con la
voluntad del Padre.
En el tema que
tocamos hoy, el turismo y la movilidad humana, es algo extraordinario que sucede
en todas partes del mundo, en esta gran aldea global: la movilidad humana.
También es cierto que nosotros podemos hacer buen uso del turismo, o podemos
hacer un mal uso de él.
Es importante
darnos cuenta que, a través de la inventiva, de la capacidad, de la
responsabilidad, de lo que significa el encuentro entre pueblos - y que el
turismo ciertamente no tiene fronteras-, es para encontrarnos los pueblos y las
civilizaciones. Pero tenemos que tener una responsabilidad y es que sea un
turismo sano, que nos haga bien y que haga bien a los demás.
Por lo tanto hay
una doble connotación.
Primero el que
hace el turismo, y segundo es aquél que ofrece el turismo. Los dos componentes
son importantes y necesarios para que haya calidad de vida, para que haya
calidad de encuentro, para que haya honestidad. Y para que el turismo tenga una
consonancia ética y responsable del encuentro con la naturaleza, con uno mismo y
con los demás.
La Iglesia, en
el mensaje de la Jornada Mundial, nos llama a todos los agentes, a todos
aquellos que tenemos que ver con el turismo. Y no dudemos que, si lo hacemos
bien, nos enriquecemos espiritualmente. Y si lo hacemos bien, enriquecemos a los
demás. Es nuestra contribución, nuestro aporte. Hacer bien las cosas en esta
segunda oportunidad que Dios nos da, para que tengamos una excelencia del
turismo. Estamos bendecidos en nuestra querida Patria, con tantas realidades
diferentes, con tantas riquezas espirituales, históricas, arqueológicas y
valores, que hemos recibido, pero que tenemos que cultivar, desarrollar y
transmitir.
Pidamos a Dios
poder ser obedientes al don que Él nos da en esta responsabilidad, y que el
turismo no sea algo banal, algo superficial, algo meramente comercial o algo que
de que después tengamos que arrepentirnos. Son cosas buenas y nosotros tenemos
que custodiarlas, favorecerlas, soñarlas, proyectarlas y concretarlas.
Que así sea.