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Fiesta de Santa Teresa de Jesús


Homilía de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús en la Fiesta de Santa Teresa de Jesús, patrona secundaria de la Diócesis
(15 de octubre de 2005
)


Queridos hermanos:

En esta celebración de los festejos diocesanos de Santa Teresa de Jesús, con alegría muy grande y profunda, dos hermanos nuestros van a ser aceptados por la Iglesia. Uno ha sido admitido, Marcelo Achával, y Néstor Sailer va a ser consagrado Diácono, en orden al sacerdocio ministerial.

En este caminar, en este peregrinar que todos tenemos, hoy pedimos la intercesión especial a Santa Teresa de Jesús, una mujer que vivió adelantada en su época, que fue capaz porque se enamoró de Jesucristo y amó entrañablemente a la Iglesia con una intensidad extraordinaria. Fue fiel al Señor y supo correr todos los riesgos que el Evangelio, la Iglesia y el Señor le pedían en aquel entonces. Fue creativa, audaz, mujer de coraje, fiel y entregada totalmente a Dios en espíritu. Es lo que necesitamos también hoy.

Tenemos que pedir la intercesión a esta santa mujer porque necesitamos, en la Iglesia, hombres y mujeres que amen entrañablemente a Dios. Que amen entrañablemente a la Iglesia. Y que amen entrañablemente a cada hombre a cada persona. Es necesario porque el mundo lo pide, y la Iglesia lo necesita. Porque Dios, no necesitando de nosotros, quiere necesitar de nosotros para que nosotros demos este testimonio. La fuerza de la caridad en la obra tiene que ser respaldada por la fuerza de la Palabra. Palabra y obra. Y uniendo obra y Palabra está el amor de Dios.

Tenemos que señalar brevemente el significado de cada acontecimiento en esta Liturgia.

Ser admitido significa que Dios llama a Marcelo y él se ofrece porque está disponible para servir al Señor, por medio de esta Iglesia particular de Avellaneda Lanús. Ha recorrido un largo trecho y la Iglesia, a través de los consejeros, los responsables, los superiores, el Obispo, considera que es apto para que sea recibido públicamente y que pueda acceder en el momento indicado al Ministerio del Diaconado y el sacerdocio ministerial.

Es una gracia, es un regalo de Dios y siempre seguirá siendo, en cada uno de nosotros, gracia y regalo de Dios. No lo merecemos y no nos elige porque seamos perfectos, o porque seamos los más buenos. Nos elige para que intentemos ser buenos y para que intentemos vivir en estado de perfección. En camino, en deseo, en voluntad, en empeño, en convicción, en entrega, en ofrecimiento.

El don de Dios seguirá siendo don y la llamada de Dios seguirá siendo llamada de Dios. Pero también se requiere el consentimiento personal y la oración de toda la Iglesia. La familia de cada uno de ellos, las comunidades respectivas, la Iglesia entera tiene que pedir a Dios para que este don no sea dado en vano. Para que este don sea fecundo en cada uno de ellos. Y para que este don de Dios tenga cabida en su corazón.

Néstor Sailer, el llamado al Ministerio Diaconal en orden al sacerdocio ministerial significa que la Iglesia le concede un regalo muy grande que es el  ministerio. Ahora él  tendrá que acercarse y vivir muy cerca de Cristo, para imitar las virtudes que Cristo le confiere en esta ordenación.

Es una consagración.

Es una entrega definitiva.

Se hace una vez y para siempre.

Uno se da cuenta que quiere seguir a Cristo, y que responde al llamado diciendo “¡aquí estoy Señor, para hacer tu voluntad!”. Le  responde con todo su ser, con toda su vida y lo hace para servir a Dios, en el servicio concreto de la Iglesia Católica, Universal, y en esta Iglesia concreta y particular de Avellaneda Lanús.

El Diácono está muy cerca y muy unido al Obispo. Dice la tradición apostólica que el Diácono es “los oídos, la boca, el corazón y el alma del Obispo.” No son cosas meramente sensibleras, sino que está unido entrañablemente a lo que el Pastor de esta Iglesia quiere concederle, entregarle.

El Obispo es la persona visible de unión en la Iglesia particular, el Pastor que une a todos, tiene que estar muy cerca del Diácono y el Diácono tiene que estar muy cerca del Obispo, para cumplir con la voluntad de Dios y no para cumplir los caprichos del Obispo. Se supone que el Obispo es el primero que tiene que obedecer a Dios, sirviendo a la Iglesia Católica.

Hoy, querido Néstor, te deseo lo mejor.

Que seas capaz de confiar en el Señor que te llama.

Que te llama desde hace mucho tiempo, podríamos decir sin equivocarnos, desde siempre.

Te llama para esto.

Pero este llamado debe estar siempre presente en tu vida ministerial. Para que te acuerdes y para que no pierdas la memoria de que todo es gracia y don de Dios.

Con Él vas a poder cumplir cosas impensables.

Cosas imposibles.

Cosas difíciles de cumplir y de vivir.

Pero serás revestido de un corazón diaconal, y de un corazón sacerdotal, para que tengas los sentimientos de Cristo. Para que esta llamada no quede en el pasado, sino para que la llamada sea permanente, porque Dios te llama día a día a cumplir su voluntad. Día a día tendrás que decir “Señor, no entiendo”, “Señor, me cuesta”, “Señor, no sé”, “Señor, no puedo”, “Señor, sufro”, “Señor, ¿qué me está pasando?”. Pero tendrás que responder con la sabiduría de la Iglesia: “¡aquí estoy, Señor, para cumplir tu voluntad!”

Serás revestido de los mismos sentimientos de Cristo. Escuchando la Palabra de Dios. Viviendo cerca del altar. Sirviendo al altar y tratando de esmerarte cuidadosamente en el tema esencial del Ministerio que es la caridad. Palabra, altar, sacrificio y caridad. Servicio a lo que la Iglesia, por medio del Obispo, te encomiende en tu misión diaconal. Cuenta siempre con la gracia de Dios. El Señor no se deja vencer en generosidad, pero sí sé generoso para que tu corazón nunca se cierre a la generosidad de Dios.

La fecundidad, la alegría, el cansancio de dar la vida por Dios en medio  de la Iglesia y su pueblo, Dios lo bendice copiosamente. Y yo estoy convencido que, lo que ofrecemos a Dios cada uno de nosotros, no lo perdemos, sino que lo ganamos extraordinariamente.

Te vas a consagrar también a través del celibato sacerdotal.

El celibato sacerdotal, que no es una castración orgánica, sino que fundamentalmente es para amar más, para servir mejor y para entregarte incondicionalmente a Dios y a la Iglesia con todo tu ser, con todo tu corazón, con toda tu voluntad, con toda tu sensibilidad y con toda tu universalidad. No serás padre de pocos, pero si serás padre de muchos. Te lo deseo de todo corazón y que, en este sacrificio, tengas la alegría de que Dios no se va a dejar vencer en generosidad. Que siempre sientas el gusto interior de haber entregado las primicias al Señor.

Le pedimos al Señor que los bendiga a ellos; bendiga a sus familias en todos sus consuelos, en todas sus alegrías. Y a las familias les recuerdo que siempre tendrán que acompañar a sus hijos en la vida ministerial. No lo pierden, lo van a tener más cerca espiritualmente. Acompáñenlo, desde cerca y desde lejos, en el ministerio y en la vocación a la que Dios los llama y la Iglesia  les concede.


A esta comunidad:

Que seamos muy agradecidos por el regalo que Dios nos hace como Iglesia. Todas nuestras comunidades se ven beneficiadas por esto. Muchos de ustedes con sus rezos, con sus oraciones, con sus ofrecimientos, con su entrega silenciosa, han hecho posible que Dios nos bendiga al darnos estos jóvenes para el servicio de nuestra Iglesia. Sigamos rezando por ellos. Sigamos rezando por nuestros pastores. Sigamos amando a nuestros pastores, cuidándolos, protegiéndolos, caminando con ellos y pidiéndoles a nuestros pastores la excelencia de su pastoreo que es la entrega, la santidad y el ministerio sacerdotal.

Le pedimos a Nuestra Señora de la Asunción que aliviane, consuele y les de la victoria en las batallas que tendrán que atravesar a lo largo del ministerio sacerdotal. Así como la vida tiene problemas pero vale la pena ser vivida, así mismo el ministerio sacerdotal también tiene muchos problemas, pero vale la pena ser vivido en plenitud. Hay que saber amar y también hay que saber sufrir por la Iglesia y por los demás.

Que Santa Teresa de Jesús les de esa inquietud interior propia de ella, que vivía  en un Carmelo pero no se quedaba quieta nunca. Ella fue quien hizo la reforma del Carmelo, porque quería y buscaba hacer la voluntad de Dios en todo lugar y en todas partes. Que ella les de coraje y entusiasmo a estos elegidos, para que en la Iglesia también puedan cumplir con la voluntad de Dios. Y  que sea verdad lo que dicen en la liturgia: “¡aquí estoy Señor para hacer solamente tu voluntad!”

Que así sea.


Mons. Rubén Oscar Frassia,
obispo de Avellaneda-Lanús


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