Mensaje de
monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús
para la Navidad de 2005
Porque Dios es
eterno, nos envía su Palabra, que es su Hijo. Esta Palabra fue dicha en silencio
y en silencio debe ser escuchada. El Niño Dios nace en el seno virginal de María
siempre Virgen.
La historia
vuelve a repetirse. Habrá quienes le harán un lugar en su pesebre personal.
Algunos estarán distraídos y otros, muy ocupados. Nuevamente estarán quienes no
lo reciban e, incluso, quienes intentarán que no nazca.
Este es un
tiempo de gracia: a cada uno le toca responder. Cristo nos trae la esperanza,
nos trae el amor, nos trae el perdón, nos trae la paz. Su cercanía y su
presencia nos involucran y nos comprometen. ¿Cómo le vamos a responder? ¿Estamos
dispuestos a recibirlo? ¿Le vamos a creer, lo vamos a seguir, lo vamos a adorar?
Las cosas de Dios son para los hombres.
Por esta razón
debemos aprender de nuevo qué significa vivir en el amor, qué significa perdonar
y pedir perdón. Perdonando al hermano podemos reestablecer los lazos familiares
deteriorados y el tejido social tan debilitado. Hoy más que nunca, necesitamos
vivir en paz. Pero
–como
afirma nuestro Papa Benedicto XVI en su mensaje “En la verdad, la paz” con
motivo de la Jornada Mundial de la Paz del próximo 1º de enero–
no habrá paz si no se vive en la verdad. Perdonar, en este sentido, significa
aceptar la realidad de que el otro se ha equivocado; pero además significa
aceptar que también nosotros nos equivocamos, (aunque nos justifiquemos
diciendo que quizás hemos estado confundidos o muy susceptibles); y significa,
incluso, aceptar que las cosas no siempre salen como deseamos. Para perdonar, es
necesario buscar la verdad y aceptarla, y esto requiere valentía y decisión.
No
desaprovechemos esta oportunidad. Tomemos en serio nuestra vida. Tomemos en
serio la vida de los demás. Tomemos en serio la vida de Dios.
Que todos
podamos celebrar con alegría esta fiesta, que ella ilumine nuestros rostros y
que podamos decir en verdad: “¡Feliz Nochebuena! ¡Feliz Navidad!”, “¡Nos ha sido
dado un niño que significa “Dios con nosotros”!”, “¡Él es nuestra esperanza y
nuestra paz!”.
Les deseo a
todos los fieles de nuestra diócesis y a todas las personas de buena voluntad
que puedan, realmente, percibir el gozo, la ternura y la belleza de Dios que se
hace hombre para que nosotros podamos vivir junto con Él. Para todos, entonces,
¡Feliz Navidad!
Con mi bendición
de padre y pastor.