Evangelio de San Juan 3, 16 - 18
Dios amó tanto al mundo que envió a su Hijo, y a partir de Cristo, el enviado,
conocemos al Padre. Entonces ¿cómo es posible conocer al Padre?, por medio de
Cristo. Cristo es la imagen visible del Dios invisible.
El Padre envía a Cristo, al
Verbo, que se hace carne en el seno Virginal de María. Cristo es verdadero Dios
y verdadero hombre. Es el icono, la realidad que nos muestra el rostro del
Padre. Quien ve a Cristo, ve al Padre, porque Cristo y el Padre son una misma
realidad. Y Cristo, que muere, que resucita, que asciende al cielo, con el Padre
nos da el Espíritu. Así nos damos cuenta que Dios es comunión y que Dios es una
comunidad: del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
El conocimiento que tenemos
es un misterio que nos dice algo casi inaccesible. Es un misterio que nos dice
que es inagotable ¡sí es cierto! Porque a Dios no lo podemos agotar nunca. Somos
muy chiquitos en comparación a Dios, por lo tanto nunca vamos a entenderlo
totalmente. Pero participamos del misterio y ese misterio ya es un conocimiento.
Al darnos cuenta que Dios es Trinidad, una sola naturaleza, un solo Dios, tres
personas distintas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, con funciones
distintas y diversas pero unidos intrínsecamente, esa Trinidad nos habla a
nosotros.
La Misericordia de Dios,
Padre, Hijo y Espíritu Santo, nos habla a nosotros. Estamos metidos, ¿qué quiere
decir esto?: que de alguna manera estamos deificados, divinizados, participamos
de la divinidad de Dios, de la gracia de Dios, de la amistad con Dios.
¡Qué cosa extraordinaria!
¡Qué misterio!
Como que el bálsamo viene a
curar nuestras heridas.
Como que su gracia viene a
iluminar nuestra oscuridad.
Como que su fuerza y su
espíritu vienen a enardecer nuestros corazones.
La presencia de la Trinidad
viene a perdonar nuestros pecados. Todo es gracia, todo es misericordia. Todo lo
de Dios tiene que ver con todo lo del hombre y el hombre no podrá explicarse
jamás si no se abre a Dios. Sería incompleta, estaría truncada la historia del
hombre.
La historia del hombre no
termina en sí mismo. La historia del hombre se abre a la historia de Dios. Decía
San Agustín “¡Oh, mi Dios! ¡mi confesión delante de ti viene en forma silenciosa
y no silenciosa! ¡Viene en el silencio, pero es fuerte el grito de mi afecto!”
¿Cómo nosotros siempre estamos en tensión?, por eso el hombre tiene que buscar a
Dios.
El hombre busca siempre a
Dios, porque busca lo eterno. ¡No puede quedarse sin lo eterno, no puede
terminar mal! Por eso Dios es Misericordia: "no existe Señor para ti, y no voy a
descansar si no reposo en ti. Tú eres mi paz, nuestra paz" Buscamos su rostro.
El nos dice "busca mi rostro", y nuestro corazón tiene que decir "¡Sí Señor, yo
busco tu rostro. Quiero estar en esa búsqueda permanente, porque Tú eres nuestro
Dios!"
Cristo viene a salvarnos, no
a condenarnos. El creer en Dios no es una desgracia, no es un límite o algo que
nos trunca, algo que nos atropella, que nos minimiza. Al contrario, nos
enaltece, nos da libertad, nos hace amar profundamente, nos da gozo en el
espíritu.
"Vengo, no a juzgar al mundo,
sino a salvarlo", dice el Señor. Pensemos en esto ¡cuánta amistad, cuánto amor!,
y cuánta ingratitud a veces de nuestra parte.
Que lo busquemos para
encontrarlo y, como decía San Agustín, "si dices que tienes a Dios y no lo
buscas, búscalo porque no lo tienes. Y dices que lo estás buscando y no lo
encuentras, sigue buscándolo porque ya lo has encontrado."
¡Qué hermoso es tener un
corazón a lo inagotable, a lo absoluto, a lo eterno!
Les dejo mi bendición.
Mons. Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús