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COMPARTIENDO EL EVANGELIO


Reflexión dominical de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para el programa radial "Compartiendo el Evangelio" (12 de junio de 2005)


Evangelio de San Mateo 9, 35-10,8



El texto nos habla de la misión de la Iglesia. Como decía muy bien el Papa Pablo VI “la Iglesia existe para evangelizar”. La Iglesia existe para anunciar la Buena Nueva, la buena noticia y para dar testimonio. Estas son las dos características del Nuevo Pueblo de Dios: un dinamismo misionero y un servicio activo del anuncio, donde todos nosotros estamos llamados a cumplir con una misión.

En nuestra diócesis estamos en actitud misionera, en una Misión Diocesana, de tratar de salir de nuestros lugares y de ir a todos, en especial a aquellos que están más alejados. ¿Y esto por qué? Porque la Iglesia se da cuenta que tiene que ser diálogo, que tiene que ser comunicación, que tiene que estar cerca de los demás y que en este mundo, que ha cambiado la cultura, y en este cambio de época, nosotros como Iglesia tenemos que encontrar la mejor manera para hacernos presente ante esta realidad del mundo de hoy, que no es la misma de hace treinta años, que ha cambiado y tenemos que estar presentes.

Las cosas esenciales no cambian nunca, lo que cambian son los modos, las maneras, los lenguajes, pero el contenido es el mismo. ¿Y qué quiere anunciar la Iglesia? La Iglesia quiere anunciar a Cristo, crucificado, muerto y resucitado. Quiere anunciar al que está vivo y nos trae vida a todos nosotros, a nuestros pueblos y a nuestras culturas. La Iglesia es testigo de esta verdad que no puede callar y que tiene que anunciar, que tiene que gritar, que testimoniar. Una verdad de la que uno no es propietario, pero que tiene que anunciar y llevar a los demás.

¿Por dónde empieza la misión? Primero, personalmente. No empieza en la sociedad o en los otros. ¡Personalmente! Yo, como persona, soy enviado. Para poder ser enviado tengo que experimentar la conversión. Si yo no me convierto, no puedo ser enviado. Si yo no me caigo del caballo ante mi soberbia, no puedo llevar el anuncio a los demás. Como le pasó a Pablo: Dios lo tumbó del caballo de la soberbia, y después fue que recibió la misión. Así es nuestra vida.

Así nos damos cuentas para qué vivimos.
Nos damos cuenta del sentido de nuestra vida.
Nos damos cuenta cuál es nuestra misión.
¡Qué hermoso es cuando uno descubre estas cosas!

Cuando las descubre las vive con entusiasmo, con fuerza, con garra. Pero cuando uno no descubre esto, vive una vida vacía, chata, sin color. Y Dios quiere que nosotros vivamos una vida con mucho color.

La Iglesia es ese diálogo, quiere estar en todas las realidades, en las culturas, en todos los ámbitos de nuestra vida. La Iglesia tiene algo que decir, y nunca vamos a aceptar que alguno quiera llevarnos al rincón de la sacristía, dejándonos ahí en una cosa privada ¡no! Es lo privado y es lo público; es lo personal y es lo público,  porque la Iglesia tiene que dar razón de su fe en lo privado, en lo personal, y en lo público. Por eso las leyes tienen que estar de acuerdo al respeto, a la dignidad humana de todas las personas.

Vamos a pedirle al Señor que nos de un alma misionera, pero que también nos de el ímpetu para poder responder y saber que, en todo trabajo que realizamos en SU nombre, estamos anunciando y comunicando una verdad que es esto: la alegría de poder dar nos hace ser felices; en la alegría de poder comunicar, uno mismo es el primer beneficiado.

Que tengas esa alegría y que experimentes ambas realidades.

Que Dios los bendiga.


Mons. Rubén Oscar Frassia,
obispo de Avellaneda-Lanús



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