En el día del niño, una bendición especial para
todos los chicos, para los que están con ellos y para los que están solos. Que
nos acordemos siempre de ellos y no solamente cuando llega este día. Cuidemos a
los niños para que crezcan bien, démosles cosas buenas, hagámosles regalos:
amor, valores, cariño, respeto, buen ejemplo, todas esas cosas. Los regalos
materiales, a veces, cuestan, uno los da y ya está. En cambio, los valores son
los que deben permanecer siempre.
15 de Agosto; fiestas patronales en nuestra
diócesis. “Con María naveguemos mar adentro” y que Nuestra Señora de la
Asunción alcance para los sacerdotes, religiosas, laicos, consagrados y familias
de Avellaneda Lanús ¡tantas bendiciones!, y que aprendamos de esta mujer el
coraje de vivir en la fe y la entrega al Señor y al Evangelio.
¡Que la Fiesta de la Virgen los colme de la
presencia de Dios, les dé mucha alegría interior!
Evangelio de hoy:
Podemos tratar muchos aspectos pero no podemos
hablar de todos. Lo importante es que Cristo no está despreciando a ésta mujer
cananea, que no pertenecía al Pueblo de Israel. Simplemente está poniendo a
prueba su fe y su convicción.
Vamos a hacer dos afirmaciones:
Primero: Cristo, el Hijo de Dios que nace en el
Pueblo de Israel, que es judío, viene para todos. Dios envía a su Hijo para
salvar a todos, para redimir a todos. Ya que Él vivió, entregó su vida, dio su
doctrina y murió por todos. Y cuando uno dice TODOS, son TODOS.
En segundo lugar: Cristo reclama, exige del que lo
escucha, una fe o una confianza. Si hay fe y confianza, Él obra. Si no lo hay,
Jesús no obra. ¿Por qué? Porque no es una cosa mágica. Porque en último término
el Señor respeta la decisión del otro.
Si el otro no quiere confiar, no confía, se la
pierde.
Si el otro no quiere poner un acto de fe, se lo
pierde.
Jesús no lo va a hacer por esa persona. Porque
hacer así sería quitarle la libertad. Es decir, Cristo respeta, siendo Dios, la
libertad del interlocutor.
Pero esta mujer nos enseña algo muy importante.
Primero Jesús la trata “secamente” dice “esto es para los hijos dispersos de
Israel, no es para ustedes”, y ella, lejos de ofenderse, lejos del orgullo,
sigue insistiendo. Ante el ejemplo que pone Jesús, ella se lo refuta, se lo
contesta. ¡Qué enseñanza!
Nosotros, de Dios, no le podemos exigir nada. Le
podemos pedir todo, pero todo lo que Él quiera dar, lo da en su libre y gratuita
bondad y misericordia. Haga frío o calor, nos guste o no, estemos de acuerdo o
no, no le podemos exigir nada porque nos da todo. Nos da todo y por eso no
podemos enojarnos con Él.
Muchas veces, en esta sociedad que vivimos, nos
enojamos por cualquier cosa. Somos impacientes por cualquier cosa. Alguien nos
pisa en el colectivo y”saltamos como leche hervida”, nos enojamos porque estamos
exacerbados. A veces puede pasar esto mismo en nuestro trato con el Señor.
Entonces ¿cuál tiene que ser nuestra actitud? ¡La
humildad!
¡Hay que ser humildes!
“Señor, si quieres…”
“Señor, por favor….”
“Te pido esto, mi hijita está enferma….”
“Que no se haga mi voluntad, sino la tuya…”
“Yo te pido esto, pero no te exijo…”
Se lo pedimos con humildad. Si uno aprende este
camino, entra en un trato con Dios de otra manera. A veces creemos que, porque
gritamos más o porque nos enojamos más, vamos a conseguir más cosas. Todo lo
contrario, diría yo. Humildad, verdad y confianza. Aprendamos de la mujer
cananea.
Les dejo mi bendición.