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Para que todos tengamos el mandato
de ir y evangelizar
Reflexión dominical de
monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para el programa radial
"Compartiendo el Evangelio" (9 de
octubre de 2005)
Evangelio de San Mateo 22, 1-4
Recordatorio
Hoy
celebramos el Día Mundial de las Misiones. Vamos a rezar por nuestra
Misión Diocesana, para que nuestras comunidades salgan, sean abiertas,
fecundas y creativas. Para que todos tengamos el mandato de ir y
evangelizar.
El
próximo sábado 15 de octubre, es la Fiesta de Santa Teresa de Jesús,
Virgen y Doctora de la Iglesia, Patrona del Partido de Lanús y Patrona
Secundaria de nuestra diócesis. En la misa de la tarde, tendré la
dicha de ordenar a un futuro diácono, Néstor Sailer, y por lo tanto
están todos invitados en la oración y la participación.
El
Evangelio de Hoy: Parábola del banquete nupcial
Es un
texto sencillo, pero que requiere su explicación. En primer lugar es
la invitación: Dios nos invita a todos, y nos invita a un festejo, a
una celebración. En este caso una boda y estamos todos invitados. Los
de la primera hora, los de la segunda hora, los de la tercera, los de
la cuarta y los de la última hora. ¡Todos estamos y somos invitados!
Pero
resulta que, ante esta invitación, hay personas que no se dan cuenta
de la excelencia de Aquél que llama. De la fuerza que tiene el Señor,
que nos invita. De la Gracia que Dios nos regala al invitarnos. Y como
uno no se da cuenta de esta excelencia, pone excusas. Uno se va a un
campo, otro a un negocio, otro hace otra cosa. Excusas razonables.
Pero
las excusas razonables no constituyen las verdades porque todos
tenemos motivos, tenemos razones para hacer una cosa u otra. Pero no
siempre las razones o motivos son buenos, honestos o verdaderos. De
ahí que el Señor invita a otros, invita a todos y esto es lo
importante, el impulso, la fuerza de Dios.
Dios quiere estar en el corazón de todos los hombres.
¡La
mesa es grande!
¡Todos los comensales pueden participar!
¡Todos están invitados!
¡No hay ninguno excluido!
Ni
siquiera el pecado o la debilidad, nos excluye de recibir esta
invitación. Eso sí, cuando
uno
recibe esta invitación, tiene que ponerse el “traje de fiesta”. Es
decir, adornarse con las virtudes que uno está recibiendo: la
fidelidad, la bondad, el perdón, la misericordia, la caridad fraterna,
el servicio, la integridad.
Todos
los que fuimos llamados, en algún momento no teníamos el traje de
fiesta. Una vez que se reconoció el llamado ¡a ponerse el traje de
fiesta! Y es ahí donde se participa.
Resulta que después, viene el Señor y encuentra a alguien que no está
bien vestido. No significa que está así por no tener la ropa adecuada,
sino que no tiene las virtudes adecuadas para participar de la fiesta.
Esto es una enseñanza que va a durar toda la vida.
En la
familia, en la Iglesia, hay buenos y malos como en todos lados. A
veces, de algún malo hay respuestas buenas que sorprenden. A veces, de
gente que uno espera mejores respuestas, también sorprende porque dan
respuestas negativas o malas.
Por
eso siempre hay que esperar hasta el final. Al final se entiende todo.
Y el Señor siempre tiene paciencia. En toda nuestra trayectoria, en
toda la historia de la Iglesia, siempre el Señor tiene la última
palabra.
Que
aceptemos la invitación, que participemos, y que Dios quiera que
estemos contados entre los elegidos.
Les
dejo mi bendición.
Mons. Rubén Oscar Frassia,
obispo de Avellaneda-Lanús |