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La hipocresía: Mentirse a sí mismo y engañar a los demás


Reflexión dominical de monseñor Rubén Oscar Frassia, obispo de Avellaneda-Lanús para el programa radial "Compartiendo el Evangelio" (30 de octubre de 2005)


Evangelio de San Mateo 23, 1-
12
 

Recordatorio:

El 1 de noviembre es la Solemnidad de todos los Santos. La Iglesia honra y reconoce la santidad de tantos hombres y mujeres; niños y adultos; laicos, religiosos y religiosas; sacerdotes y obispos, que han dado la vida por Cristo en un momento histórico y concreto.

Rezamos especialmente para que esta santidad, también nos estimule y nos ayude a buscar siempre los caminos de la verdad y de la vida, para vivir más santamente.

Y el 2 de noviembre es el día de todos los Difuntos, donde la Iglesia, porque cree en la resurrección, es capaz de rezar por aquellos que ya han partido, por aquellos que han muerto. Por eso, la resurrección tiene un valor infinito y alcanza a los vivos y a los muertos, ese día rezamos de un modo muy especial por todos nuestros seres queridos.
 

Evangelio de hoy:

“El que se eleva será humillado y el que se humilla será elevado”

Es interesante lo que dice Cristo. No está rechazando la enseñanza de la doctrina, sino que está rechazando, fundamentalmente, la hipocresía, la simulación o la sustitución.

La hipocresía, que puede ser una mentalidad farisaica, es capaz de  mentirse a sí mismo y también es capaz de engañar a los demás. Un orgullo sutil, una especie de inercia, de parálisis espiritual que provoca en la persona una sustitución: tiene que vivir poniéndose una máscara. Por lo tanto nunca llega a lo que es la persona como tal.

Esa actitud farisaica puede estar presente en cualquiera de nosotros. También en aquellos que tenemos la tarea de hablar, de predicar, de enseñar, de comunicar, de anunciar, que a veces uno puede creer que, porque uno lo dice, ya uno lo está viviendo. Y no necesariamente lo que uno diga, lo está viviendo. Aunque siga siendo verdad, también uno tiene que hacer la conquista para poder vivir.

Luego, el esfuerzo que uno tiene que hacer para unir las cosas. La fe y la vida. Es cierto que el valor de la Palabra de Dios es inmenso, y ninguno de nosotros, por más que tenga una vida santa, va a agotar la Palabra de Dios. Uno se va aproximando pero no puede reducir el contenido de la Palabra a la vivencia personal o particular de cada uno de los que anunciamos. Porque la Palabra de Dios es mucho más.

Siempre digo este ejemplo: supongamos que el papá, lamentablemente, le mintió al hijo, pero tiene que corregirlo cuando el hijo está mintiendo. ¿Por qué? Porque la objetividad no se reduce a la vivencia personal de cada uno de nosotros. Porque sino estaríamos todos inhabilitados.

Por lo tanto, hay una cierta desproporción que no es tensión, sino al contrario, es una búsqueda para tratar de encarnar elídela, el contenido, el mensaje, la verdad, el bien y el anuncio.

Este Evangelio nos tiene que llevar a una actitud de humildad.

Humildad para poder decir “yo también tengo que aprender”: “yo también tengo que seguir siendo discípulo”: y el discípulo siempre debe estar atento a las señales queda el maestro. En cambio si me enorgullezco, o soy soberbio, evidentemente estoy partiendo mal.

Pidámosle al Señor:

Objetividad para transmitir su enseñanza.

Decisión para poder vivir lo que anunciamos.

Humildad para arrimarnos a la Palabra.

Humildad para tratar con todos nuestros hermanos.

Que Dios los bendiga.


Mons. Rubén Oscar Frassia,
obispo de Avellaneda-Lanús


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