Recordatorio:
El 1 de noviembre es la
Solemnidad de todos los Santos. La Iglesia honra y reconoce la santidad de
tantos hombres y mujeres; niños y adultos; laicos, religiosos y religiosas;
sacerdotes y obispos, que han dado la vida por Cristo en un momento histórico y
concreto.
Rezamos especialmente para
que esta santidad, también nos estimule y nos ayude a buscar siempre los caminos
de la verdad y de la vida, para vivir más santamente.
Y el 2 de noviembre es el día
de todos los Difuntos, donde la Iglesia, porque cree en la resurrección, es
capaz de rezar por aquellos que ya han partido, por aquellos que han muerto. Por
eso, la resurrección tiene un valor infinito y alcanza a los vivos y a los
muertos, ese día rezamos de un modo muy especial por todos nuestros seres
queridos.
Evangelio
de hoy:
“El que se eleva será
humillado y el que se humilla será elevado”
Es interesante lo que dice
Cristo. No está rechazando la enseñanza de la doctrina, sino que está
rechazando, fundamentalmente, la hipocresía, la simulación o la sustitución.
La hipocresía, que puede ser
una mentalidad farisaica, es capaz de mentirse a sí mismo y también es capaz de
engañar a los demás. Un orgullo sutil, una especie de inercia, de parálisis
espiritual que provoca en la persona una sustitución: tiene que vivir poniéndose
una máscara. Por lo tanto nunca llega a lo que es la persona como tal.
Esa actitud farisaica puede
estar presente en cualquiera de nosotros. También en aquellos que tenemos la
tarea de hablar, de predicar, de enseñar, de comunicar, de anunciar, que a veces
uno puede creer que, porque uno lo dice, ya uno lo está viviendo. Y no
necesariamente lo que uno diga, lo está viviendo. Aunque siga siendo verdad,
también uno tiene que hacer la conquista para poder vivir.
Luego, el esfuerzo que uno
tiene que hacer para unir las cosas. La fe y la vida. Es cierto que el valor de
la Palabra de Dios es inmenso, y ninguno de nosotros, por más que tenga una vida
santa, va a agotar la Palabra de Dios. Uno se va aproximando pero no puede
reducir el contenido de la Palabra a la vivencia personal o particular de cada
uno de los que anunciamos. Porque la Palabra de Dios es mucho más.
Siempre digo este ejemplo:
supongamos que el papá, lamentablemente, le mintió al hijo, pero tiene que
corregirlo cuando el hijo está mintiendo. ¿Por qué? Porque la objetividad no se
reduce a la vivencia personal de cada uno de nosotros. Porque sino estaríamos
todos inhabilitados.
Por lo tanto, hay una cierta
desproporción que no es tensión, sino al contrario, es una búsqueda para tratar
de encarnar elídela, el contenido, el mensaje, la verdad, el bien y el anuncio.
Este Evangelio nos tiene que
llevar a una actitud de humildad.
Humildad para poder decir “yo
también tengo que aprender”: “yo también tengo que seguir siendo discípulo”: y
el discípulo siempre debe estar atento a las señales queda el maestro. En cambio
si me enorgullezco, o soy soberbio, evidentemente estoy partiendo mal.
Pidámosle al Señor:
Objetividad para transmitir
su enseñanza.
Decisión para poder vivir lo
que anunciamos.
Humildad para arrimarnos a la
Palabra.
Humildad para tratar con
todos nuestros hermanos.
Que Dios los bendiga.