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RESCATAR EL SENTIDO
PROFUNDO DE LA NAVIDAD
Mensaje de Navidad del
arzobispo de Bahía Blanca, monseñor Rómulo García para la Navidad de 1998
La Palabra de
Dios, contenida en la Sagrada Biblia, es la que motiva este Mensaje de Navidad. "No
teman, les dijo el Ángel a los humildes pastores, porque les traigo una buena noticia,
una gran alegría para todo el pueblo. Hoy, en la ciudad de David (Belén) les ha nacido
un Salvador, que es el Mesías, el Señor" (Lc. 2, 10-11). María, la Virgen
anunciada por los profetas, acaba de dar a luz un niño: se llama Jesús que significa =
el Salvador.
La profecía
de Isaías se ha cumplido: "El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran
luz. Sobre los que habitaban en el país de la oscuridad ha brillado una luz"
(Isaías 9, 1).
Nació
Jesucristo, Hijo de Dios que asumió nuestra condición humana, tomando cuerpo mortal en
el seno virginal de María. El es consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre para
siempre, Príncipe de la Paz (Isaías 9, 5). Bajo estos títulos lo presenta el
Profeta. Esto motiva nuestra alegría y nuestro gozo, que se fundamentan en el Señor. Por
eso el cántico de esta Noche Buena no es otro que proclamar: "Gloria a Dios en las
alturas y en la tierra paz a los hombres amados por él" (Lc. 2, 14).
Alegría,
gozo, paz, salvación. Pareciera que a medida que el tiempo pasa y la historia humana
avanza, se va opacando el esplendor de este mensaje. Los mismos signos que anuncian una
nueva Navidad, como el pesebre con su lenguaje directo de imágenes transmitiendo el
histórico misterio del Dios hecho hombre, se ve reemplazado por otros signos e imágenes
que manifiestan el proceso de una cultura menos cristiana. El arbolito, papá Noel, el
trineo con sus renos, la estrella cometa, poco a poco son vaciados de su raíz y contenido
cristiano y manifiestan una transformación cultural que después se traduce en fiestas
más paganas que cristianas, más materialistas que espirituales, más bárbaras que
humanas.
Es bueno
rescatar los valores cristianos y humanos que encarnan la Navidad: La
nativitas, el nacimiento de Jesucristo: Dios y hombre verdadero que vino para
ser el Salvador del mundo, de todos los hombres y de cada hombre.
Por eso los
cristianos y hombres de buena voluntad debemos empeñarnos en rescatar el sentido profundo
de la Navidad, convertida muchas veces en una fiesta profana y casi pagana, cuando en
realidad es una fiesta sagrada.
Fiesta que
dice relación al hombre, porque "el misterio del hombre sólo se esclarece en el
misterio del Verbo Encarnado" (Vaticano II, G. et S. 22a): Lo que es, su dignidad, su
principio y su fin. Aquí comienza la causa de nuestro gozo y de nuestra alegría; la
causa de nuestra esperanza que se renueva cada día a la luz de Jesucristo. Por eso
también las expresiones de nuestras celebraciones navideñas en familia, en nuestro
culto, en torno a la mesa familiar, en nuestras luces, adornos y pesebres.
Pero todo
esto perdería contenido y sentido si olvidáramos que la manifestación de la gloria de
Dios con nosotros y el comienzo de nuestra salvación se manifestó en la humildad y
austeridad de un pesebre, en un niño desvalido, como todo niño, envuelto en pañales.
No es fácil
para nuestra cultura, marcada por el exitismo y el consumismo, el secularismo y el
individualismo, descubrir la riqueza del pesebre como el ámbito donde nace la Vida; la
riqueza del Niño Dios de quien proviene la salvación por los caminos de la justicia, el
amor y la paz; la riqueza de la Sagrada Familia como modelo de toda familia, donde se vive
la unidad de un amor permanente, la solidaridad aún en medio de la pobreza, la esperanza
en medio de la precariedad de la vida, el trabajo responsable en medio de las
dificultares.
Navidad nos
habla de un amor que da vida, comparte los bienes de la creación con los más
necesitados, descubre la presencia de Dios en cada prójimo, para brindarle el pan de la
verdad y compartir los bienes de la creación; lo mucho o poco que tengamos.
El
sentimiento y ayuda a tantas obras de caridad, solidaridad y promoción humana, deben ser
el fruto de haber captado profundamente el espíritu de la Navidad.
Nos
encontramos viviendo la expectativa del tercer milenio. Qué triste seria reducirla a un
cambio de hoja de almanaque, a la llegada de un nuevo año y de un nuevo siglo, con su
pulular de agoreros, pronósticos en el aire y fiestas bacanales, y nos olvidásemos de lo
que debe ser el centro de la celebración: los 2.000 años del nacimiento de Cristo, el
comienzo del cumplimiento de la gran promesa salvadora de Dios a la humanidad; el gran
misterio del Hijo de Dios que irrumpe en la historia humana naciendo corporalmente de
María Virgen.
Por eso en
este tercer año de preparación para el gran Jubileo del año 2000, dedicado a meditar y
rescatar para nuestra vida cristiana y nuestra historia humana, la figura de Dios Padre,
esta Navidad nos invita a descubrir el amor de ese Padre Dios que se manifestó en
Jesucristo. Ello nos invita a vivir plenamente nuestra filiación divina que nos viene por
el Bautismo. A vivir la gran reconciliación con Dios y entre los hombres. Recuperar
plenamente el sentido de fraternidad entre los hombres y los pueblos.
A recuperar
en nuestros familias y en nuestra sociedad el sentido del perdón que no está reñido con
la justicia, sino que la aparta del odio que destruye, de la violencia que engendra cada
día más violencia. Recuperar el sentido de la paternidad de Dios y la fraternidad entre
los hombres, exige rechazar toda corrupción y recuperar el sentido ético y moral de la
vida, en cada ciudadano y en todo ser humano, cualquiera sea su condición social o
política, su religión o su raza.
En nuestro
presente histórico asistimos a un profundo cambio cultural que conlleva una profunda
crisis ético-moral, aunque acompañada a su vez de signos esperanzadores.
Por esa
crisis ético-moral tenemos que lamentar tantas veces una falsa escala de valores en la
vida del hombre y de la sociedad, programada desde un falso concepto de libertad, que
desconoce el valor objetivo de toda ley natural y divina, verdaderos fundamentos de toda
moralidad.
Ojalá que la
comprensión de la Navidad nos lleve a rescatar una escala de valores en cuya base y
cúspide está Dios, sobre la que se fundamente todo auténtico proceso educativo y todo
orden social y político, en la vida y en el gobierno de la sociedad y de los pueblos: de
nuestro querido pueblo argentino, de nuestra amada ciudad de Bahía Blanca.
Que el
progreso material no sea obstáculo para que todos gocemos de los mismos derechos humanos,
con equidad, paz y bienestar.
Que esta
Navidad, donde se manifiesta la gracia de Dios, a decir de San Pablo, nos enseñe "a
rechazar la impiedad y las corrupciones del mundo, para vivir en la vida presente con
sobriedad, justicia y piedad, mientras aguardamos la feliz esperanza y la manifestación
de la Gloria de nuestro gran Dios y Salvador, Cristo Jesús" (San Pablo a Tito 2,
12-13).
Queridos
hermanos y hermanas: practiquemos siempre el bien y la Navidad será la gran fiesta que
nos reúne en el gozo y la alegría de un pueblo creyente y solidario.
Llegue a
todos el deseo de una feliz Navidad!
Mons. Rómulo
García, arzobispo de Bahía Blanca
Este
documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2196, del 20 de enero de 1999 |