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"VUELVAN A MÍ DE TODO CORAZÓN" (Joel 2, 12)
"DÉJENSE RECONCILIAR CON DIOS...
ESTE ES EL TIEMPO FAVORABLE"
(2ª Cor.5,20)


Mensaje de Cuaresma 2001 del arzobispo de Bahía Blanca, 
monseñor Rómulo García.


1. Después del Gran Jubileo

Ha concluido el año jubilar 2000... Nos encontramos transitando los comienzos del tercer milenio. Sin embargo no podemos decir que ha terminado ese año de gracia. Jesucristo, fuente de toda gracia, sigue presente en la historia del hombre. Nuestra comunión con El se convierte en una permanente comunicación de su riqueza.

Nuestra unión con el Señor va más allá de una presencia como simple «memoria histórica» que se agota en un recuerdo o en un puro sentimiento espiritual. Se trata de una presencia que se manifiesta en la realidad del misterio de un ser personal divino y humano. Este fue el centro del gran año jubilar: Jesucristo, «el mismo ayer, hoy y para siempre» (Heb,13,8); el Hijo de Dios que se manifestó como hombre, nacido de María Virgen y que habiendo muerto y resucitado, está en los cielos, vivo, junto al Padre Dios, en la unidad del Espíritu Santo. A ese Jesús volvemos hoy nuestra mirada para seguir contemplándolo como única causa de nuestra salvación y de nuestra esperanza.

Es El quien acompaña nuestra historia personal y comunitaria, cumpliendo con su promesa: «Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo» (Mt 28,20). La garantía de su acción salvadora se fundamenta en el hecho histórico de su muerte y su resurrección. Esta constituye la garantía de nuestra fe, de nuestra plena seguridad en una esperanza que jamás nos defraudará.

Es por ello que, en medio de las incertidumbres y peligros de todo tipo en que se ve envuelta nuestra vida, en medio de las dificultades y miedos que nos acosan diariamente, podemos seguir escuchando la voz del Maestro que con dulzura y firmeza nos sigue diciendo como a sus discípulos: «No se inquieten, ni teman» (Jn 14,27). «¡Yo he vencido al mundo!» (Jn 16,33): al mundo del mal y del pecado, al mundo de la muerte. Este Jesús es prenda segura de resurrección y de vida. Con El podemos superar todas las pruebas y todos los males. «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí no morirá jamás» (Jn 11,25-26)


2. Cuaresma: vuelta a la realidad y conciencia de pecado

La misión de Jesús, centrada en su misterio pascual de muerte y resurrección, ha sido el revelarnos al Padre Dios: «rico en misericordia» (Ef 2,4). Mostrarnos que el camino de esta vida es una peregrinación, en medio de las complejas realidades de este mundo, al encuentro definitivo con Dios. Camino plagado de dificultades pero que nuestra fe en El lo abre a una esperanza segura, que no defrauda.

Es cierto que a veces parece hacernos sentir como «el silencio de Dios» en nuestra vida, mientras por otra parte nos tiende la mano para que no perezcamos en medio de la tormenta; como a Pedro en medio del mar, como a los discípulos dentro de la barca que se hundía. (Mt 14,28-33; Mt 8,25).

Seguramente, también nosotros, tengamos que escuchar en el interior de nuestro corazón, el reproche de Jesús ante la duda y la desesperación: «Hombres de poca fe» (Mt 8,26).

El tiempo de Cuaresma que, una vez más, vamos a comenzar en el inicio de este nuevo año post-jubilar, nos invita a volver sobre nuestra propia realidad y reflexionar sobre la misma en relación con nuestra propia vida y la historia presente que transitamos. Nos lleva a la presencia de ese Jesús, Señor de la Historia, para hacernos tomar conciencia del pecado en el hombre, amado por Dios, y en la sociedad, que surge del amor de Dios que nos creó seres sociales para vivir en comunidad. (cfr. «Jesucristo, Señor de la Historia» I, 4-6)

Ningún mal proviene de Dios que «es Amor» (1Jn 4,8), el sumo Bien. Por el contrario, «del corazón del hombre salen las intenciones malas» (Mt 7, 21). Cuando el hombre rompe con Dios o se desvía de El, se vuelve contra el mismo hombre y es causa de las injusticias e inseguridades que lo atormentan. Se crea falsos paraísos que le ofrecen cómo satisfacer su legítimo y natural deseo de felicidad, pero que en realidad terminan por apartarlo de esa felicidad para la cual ha sido creado y que sólo se encuentra en Dios. Al decir de San Agustín: «Señor, nos has creado para ti y nuestro corazón no quedará tranquilo hasta que descanse en ti» (Confesiones 1,1).

En ese camino de ruptura con Dios, se manifiesta el verdadero sentido del pecado que termina por proyectarse en una ruptura con el hombre, su hermano. Todo pecado contra Dios tiene una proyección social que en cierto modo alcanza al hombre y la sociedad. Desde el momento de la encarnación del Hijo de Dios en Jesucristo no podemos, en alguna manera, separar a Dios del hombre. Con él quiso identificarse y por eso Jesús nos dice en su Evangelio: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).


3. Camino de conversión para la reconciliación y la vida

La Cuaresma nos invita a retomar el camino de conversión y reconciliación, al que nos convocó el Gran Jubileo, para llegar a vivir la comunión con Dios y entre los hombres. Para renovar y fortalecer nuestra fe en Jesucristo, el único Salvador, que asegure nuestra felicidad, superando los obstáculos de esta vida y haciéndola pregustar, aún, en el tiempo que vivimos. Felicidad que se puede experimentar a través de una recta conciencia que nos trae tranquilidad y sosiego y a través de las buenas obras que construyen una sociedad nueva. Sociedad que se renueva en el amor verdadero y defensa de la vida; que respeta la dignidad de toda persona humana y que se traduce en una solidaridad virtuosa.

Justamente la Cuaresma que nos prepara a celebrar la resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, no se detiene en una historia de esclavitud, de pecado y muerte, como a menudo protagonizamos los hombres, sino que nos lleva a construir una historia de liberación, redención y vida. A luchar contra todo mal: el que surge de nosotros mismos, el que se manifiesta en la sociedad humana.

Siendo en el corazón del hombre donde se fragua el pecado, siempre necesitamos de purificación. Por otra parte, como nos recuerda Juan Pablo II, la «Purificación de la memoria» en referencia a nuestro pasado de pecado es «una renovada confesión de la misericordia divina» (Mensaje de Cuaresma 2001 nº 3), del amor misericordioso del Padre que siempre escruta el horizonte de la historia humana, esperando el regreso del «hijo pródigo», del pecador arrepentido, para darle el abrazo del perdón, la reconciliación y la paz (Lc 15, 11-32). Este fue uno de los grandes mensajes que nos dejó el Año Santo 2000 y que la Cuaresma nos invita a retomar.

«Déjense reconciliar con Dios». «Conviértanse y crean en el Evangelio». (2ª Cor 5, 20) (Mc 1,15)

Este tiempo de gracia y salvación nos presenta la Palabra de Dios como medio fundamental para reencontrarnos con El. Reencontrar el camino luminoso de la vida virtuosa y santa, animada por la acción del Espíritu Santo que se nos ha comunicado por el Bautismo, al cual todo ser humano está llamado por Jesucristo, a través de la Iglesia, para ser «hijo de Dios»: cristiano.


4. «Egoísmo y ambición de poder»

¡Qué difícil se nos hace retomar el camino de la conversión y de la reconciliación cuando el mundo cultural en que vivimos obstaculiza la comprensión y la vivencia del mensaje del Evangelio de vida; cuando en nuestros corazones y en el ámbito de nuestras comunidades sociales y en gran parte cristianas, predominan el «egoísmo y la ambición de poder». Como nos recuerda el Papa en su discurso al cuerpo diplomático ante la Santa Sede, a comienzos de este año (13 de enero): «El egoísmo y la ambición de poder son los peores enemigos del hombre y están en el origen de todos los conflictos». Juan Pablo II constata esta realidad de modo particular en nuestra América del Sur. Podemos descubrirla también en nuestra Argentina, en nuestra arquidiócesis bahiense.

De no atacar a tiempo estos males que desestabilizan la sociedad, llevándonos a espirales de violencia patológica, impunidad y corrupción, y a estados generalizados de incredulidad e indiferencia, para terminar en desesperación y desprecio por la vida, pueden llevar a un quebranto del tejido social que nadie desea, pero del cual todos somos responsables en una u otra medida.

Las graves y profundas desigualdades socio-económicas de las que los mismos argentinos somos en gran parte responsables, y que son el fruto de ese egoísmo y ambición de poder del que nos hablaba el Papa, ¿no son acaso el signo de una descomposición social no fácil de revertir?

La práctica de una moral relativista y permisiva sin el fundamento de la verdad de Dios y de su ley, resumida en el mandamiento nuevo: «Ámense los unos a los otros como yo los he amado» (Jn 13,34), ¿no explica una situación preocupante donde la virtud no es promovida, donde la familia es amenazada de destrucción, donde Dios y la religión no cuentan, donde se pierde el sentido del hombre y de su historia para caer en el abismo de la nada, la inseguridad y la muerte?


5. Revisión de vida y cambio

Ante tales situaciones se impone, por lo tanto, una revisión de vida, un examen de conciencia. Es necesario que nos detengamos a pensar: ¿hacia dónde vamos? ¿Cuál es el sentido de nuestra vida? ¿Cuáles son las actitudes que la van realizando y sobre qué escala de valores?

Cabe también preguntarnos: ¿conocemos el proyecto de Dios sobre nuestra existencia humana? ¿Nos esforzamos para que nuestro obrar sintonice y esté inspirado en el Evangelio de Jesús, en la Palabra de Dios?

Recientes estadísticas nos hablan de un creciente disconformismo con la situación del país, de la sociedad de la que somos parte, debido a la ausencia de valores positivos. ¿No existen? ¿No son promovidos? ¿Predomina la publicitación de los negativos?

Permanentemente se habla de la necesidad de un cambio y se lo espera. Hace tiempo que este deseo de cambio sostiene ilusiones, crea esperanzas, abre posibilidades. Hay capacidades y reservas morales en medio de nuestro pueblo que pueden revertir la situación.

Vivir la Cuaresma es confrontarnos con la realidad desnuda y cruda de nuestro modo de vivir, de nuestra cultura con sus luces y sus sombras, de nuestros problemas personales y sociales, de nuestras posibilidades y capacidades. Es estar convencidos de que es posible el cambio y que es necesario. Pero ante todo es saber que el cambio verdadero se da solamente cuando cambia nuestro corazón y nuestra mente; cuando somos capaces de confrontarnos con el Evangelio de Cristo; cuando nos dejamos guiar por El. Cuando en nuestra vida aceptamos su invitación: «Vuelvan a mí de corazón» (Joel 2,12). «Déjense reconciliar con Cristo» (2ª Cor 5,20).


6. Jesucristo razón de nuestra vida

Seguimos viviendo un «tiempo de Gracia y Salvación» (cfr. Lc 4,19). Porque Dios estableció por Jesucristo su alianza definitiva con el hombre. (cfr. Mt 26,27 – Hebr 9,15 y 13,20).

«Jesucristo es el camino, la verdad y la vida» (Jn14,6). «A quién iremos si sólo tú tienes palabras de vida eterna?» (Jn 6,68) Por El tenemos acceso al Padre (Jn 14,6) y con El podemos construir una historia nueva de salvación. Colmar nuestros deseos de felicidad, superando las pruebas de la vida, asegurando que al fin del camino de nuestra existencia humana, más allá de la muerte nos espera la vida que no tiene ocaso; la corona de gloria que Dios tiene preparada para los justos (cfr. 2 Tim 4,8 y 1Jn 5,4).

Sólo es necesario que descubramos en Cristo la razón de nuestra vida. Que descubramos en el misterio de la Iglesia los medios de gracia para fortalecer nuestra fe y ser fieles a la misión evangelizadora que el Señor nos ha confiado. Para ello, seamos perseverantes en la oración. Hagamos de la Eucaristía el centro de nuestra piedad y de nuestra vida cristiana, de modo particular en la celebración del día del Señor: el domingo. Busquemos en el sacramento de la Penitencia nuestra plena reconciliación.

Que esta cuaresma nos haga ver en la aspiración a la santidad, la meta de nuestra vocación cristiana: «Sed perfectos como es perfecto el Padre que está en el cielo» (Mt 5,48).

Que nos lleve a ser testigos del amor de Dios y por lo tanto apostar por la caridad y la solidaridad, llevando a la práctica « un amor activo y concreto con cada ser humano» (J. P. II mensaje de Cuaresma 2001); de modo preferencial con los más pobres y necesitados.

Que el diálogo inspirado en Cristo sea el instrumento más preciado para nuestra misión de anunciarlo a todos los hombres, en los albores de este tercer milenio.


7. Cuaresma y propósitos Jubilares junto a María

Primera Cuaresma después del Gran Jubileo... ¡Qué bueno que en esta Cuaresma comencemos a hacer presente los frutos del año jubilar a través de los compromisos asumidos al concluir el mismo! De modo particular quisiera recordar dos de ellos, que dicen relación directa con la comunión y la misión, temas que Juan Pablo II tuvo muy en cuenta en su documento de cierre del año santo: «Novo Millennio Ineunte» – «Al comienzo del nuevo milenio».

1) Insistir en el sentido de pertenencia a la Iglesia particular (diócesis) desde una comunión cada día más plena entre obispos, pastores y pueblo fiel: la diocesanidad, que de distintas maneras se ha manifestado, en la celebración del Gran Jubileo, como algo necesario para la renovación y la vida de la Iglesia.

2) Continuar el trabajo de reflexión y evangelización en los distintos sectores de la comunidad, abriendo espacios de diálogo a la luz del Evangelio, frente a las diversas realidades.

Queridos hermanos y hermanas, que este «tiempo favorable» para nuestra salvación y la de nuestra sociedad, como debiera ser la Cuaresma que comenzaremos en el inicio del tercer milenio, se vea acompañado por la presencia de María, Madre de Jesús y Madre nuestra. Que, como lo hizo ella, también nosotros nos dejemos guiar por la luz del Espíritu Santo, para que el «Sí» de fidelidad en nuestra vida cristiana sea fecundo. Que María, Señora de la Pascua, nos enseñe a realizar siempre «lo que Jesús nos diga» (cfr. Jn. 2,5) y nos lleve a vivir la alegre experiencia pascual desde una plena renovación de vida cristiana.


Bahía Blanca, 28 de febrero de 2001. Miércoles de Ceniza.


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2308, del 14 de marzo de 2001


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