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EXHORTACIÓN A TODA
LA COMUNIDAD Arquidiocesana
Bahía Blanca, 13 de junio de 2002
Muy queridos hermanos en Cristo:
Teniendo en cuenta la renuncia que presenté al cargo de Arzobispo de
Bahía Blanca, en razón del Canon 401 § 1, y en la espera del día en
que será aceptada por el Santo Padre, creo muy oportuno dejar asentado
un principio sobre el cual desde el comienzo de mi tarea pastoral en
la Arquidiócesis he insistido y es el de vivir nuestra condición de
cristianos en plena comunión. En momentos de finalizar
mi mandato apostólico quisiera recordárselo una vez más como una
exhortación paterna sobre lo que ha sido un permanente anhelo
pastoral.
El Papa
nos insiste constantemente en esto. Basta recordar la Novo
Millennio Ineunte donde nos dijo que hagamos que nuestra Iglesia
sea “la casa y la escuela de la comunión” (NMI 43).
También en las Líneas Pastorales para la Arquidiócesis de Bahía
Blanca insistí en este tema cuando insté a “acrecentar la
comunión... de manera que todos se sientan partícipes de la
Pastoral de Conjunto” (LP II-1, nº 3); “fomentar y alimentar recíproca
y constantemente la comunión” de todos con el Obispo (LP
II-3, nº 6); y, citando a San Cipriano: “Debes saber que el Obispo
está en la Iglesia y que la Iglesia está en el Obispo, y que si alguno
no está con el Obispo no lo está con la Iglesia” (S. Cipriano, Carta
66, VIII, 3).
El
mismo Código de Derecho Canónico ayuda con sus normas a
orientar esa comunión con el Pueblo de Dios (personas,
asociaciones, instituciones, movimientos y congregaciones) ya sean
laicos, religiosos o clérigos, fundamento de la eclesiología del
Concilio Vaticano II. Es por ello que me parece oportuno recordar lo
siguiente:
1.
Los bautizados están en plena comunión con la Iglesia
católica si están unidos a Cristo dentro de la estructura visible de
aquélla, es decir por los vínculos de la profesión de fe, de los
sacramentos y de la autoridad eclesiástica (cf. c. 205). El canon
señala los elementos jurídicos de la plena comunión con
la Iglesia, elementos visibles, concretos y externamente verificables.
2.
Todos los fieles están obligados a observar la comunión
con la Iglesia, incluso en su modo de obrar (cf. c. 209). Este
principio de comunión es insustituible en la vocación y comportamiento
cristiano, es previo a cualquier oficio o tarea en la Iglesia y sostén
de la misma.
3.
La actividad apostólica que se realiza en nombre de la Iglesia y por
su mandato, debe ejercerse en comunión con ella (cf. c.
375). La comunión a que se refiere este canon es la que describe el c.
205 que citamos aquí arriba. Comunión visible con el Obispo de la
diócesis donde se realiza la actividad apostólica.
4.
Las asociaciones de fieles pueden adoptar libremente iniciativas que
estén de acuerdo con su carácter y se rigen conforme a sus estatutos,
aunque siempre bajo la “alta dirección” del Obispo dentro de su
diócesis (cf. c. 315 y 323). Esto se refiere al derecho que las
asociaciones públicas y privadas de fieles tienen de vivir su propio
carisma y, sin descuidarlo, obrar en la diócesis en todo bajo el
consentimiento del Obispo.
5.
Los institutos de vida consagrada y las asociaciones de laicos deben
prestar ayuda y trabajar en colaboración con los otros institutos,
asociaciones y obras existentes en la Diócesis (cf. c. 311 y 328).
Esto rige también para las asociaciones que son de derecho universal o
pontificio, ya que esta característica en vez de aislarlas, las
integra a la pastoral diocesana, sin perder el propio carisma. El
Obispo es siempre el que debe coordinar las actividades apostólicas
que se realizan en su diócesis.
6.
Los religiosos están sujetos a la potestad de los obispos en aquello
que se refiere tanto a la cura de las almas (predicación, catequesis,
medios de comunicación, etc.), como al ejercicio público del culto
divino y a las otras obras de apostolado. También los religiosos
dependen de sus propios superiores; es por esta razón que el Obispo y
los superiores deben intercambiar pareceres al dirigir las obras de
apostolado de los religiosos (cf. c. 678).
Por
todo esto quiero animar a todos, laicos, religiosos y clérigos, a
continuar trabajando en la Iglesia de Cristo con la misma generosidad
como lo vienen haciendo durante estos casi once años que llevo al
frente de la querida Iglesia de Bahía Blanca, asegurando siempre la
plena comunión para “no correr en vano” (Gálatas 2, 2).
Afectuosamente en Cristo y María les doy mi bendición de pastor.
Mons. Monseñor Rómulo García,
arzobispo de Bahía Blanca |