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ACCIÓN DE GRACIAS EN MI ORDENACIÓN
EPISCOPAL
Homilía
pronunciada en la ordenación episcopal, celebrada en la catedral
metropolitana de Buenos Aires, el sábado 16 de agosto de 2003
Bendito seas Dios, padre de las misericordias y Dios de todo consuelo,
que por puro amor me llamaste a la vida y me marcaste en el Bautismo
para caminar en santidad.
Bendito
seas Jesucristo, mi buen samaritano, que sanaste mis heridas, perdonás
mis pecados y te echaste al hombro mi vida para que pudiera andar tus
pasos.
Bendito
seas Espíritu Santo que empecinadamente me das tu aliento para que
busque configurarme a Jesús Buen pastor.
Te doy
gracias Dios mío y te alabo por buscarme, elegirme y amarme, queriendo
hacer de mi historia, historia de salvación. Gracias por mostrarte en
los rostros y en el corazón de todos los que caminaron y caminan junto
a mí.
Gracias
por hacerte cariño y compañía en mi madre, testigo silencioso, muchas
veces sin saberlo, de tu paso por mi vida. Gracias por hacerte Padre
en mi Padre, a quien perdí cuando empezaba a decidir mi vida y a
quien, quizás, hoy desde su mismo temple y carácter, puedo llegar a
comprender; y gracias porque en ese momento doloroso volviste a
hacerte providencia paternal en otro padre que me engendró a la vida
de la fe y animó mi vocación, mi querido Padre Raúl Rossi, de él
aprendí el querer arriesgarlo todo, y el amar y sufrir por la Iglesia
sabiendo que nunca es bastante. A él como Jacob a Isaac le robé la
bendición antes que partiera junto a Vos y me ungió con su paternidad,
su única herencia. Estoy seguro que hoy comparte mi gozo y sabe bien
de mis miedos. Como Eliseo le pido los dos tercios de su espíritu,
pero me conformo con un pedacito de su manto.
Gracias
Señor, porque te hiciste familia de Dios en mi primera comunidad de
Misericordia, en su movimiento juvenil; allí tomaron alas los ideales
y sueños de un corazón que buscaba sin saber qué. Allí te descubrí y
te fuiste metiendo en mi vida desde la catequesis, la los chicos, la
ayuda escolar, la villa, los campamentos… la amistad y la vida
compartida.
Gracias
porque te revelaste pueblo peregrino de la alianza bajo el manto de tu
Madre en la primera peregrinación juvenil a Luján. El andar de tantos
hombres buscando respuestas se clavó en mi corazón de un modo
particular y la Virgen Buena fue testigo de mis primeras lágrimas por
el deseo de seguir a su hijo.
Gracias
por mis años de seminario, por los sacerdotes que mostraron las
distintas facetas de construir la Iglesia, por mis hermanos de
vocación y después en la vida con los que buscamos los signos de los
tiempos para responder cada uno a tu llamada. Hoy amigos y hermanos
sacerdotes.
Gracias
por las comunidades por donde pasé en el arduo intento de ser buen
pastor: San Ramón, Balvanera, Encarnación, Cristo Rey, Candelaria y
hoy Caacupé, gracias por sus hombres, mujeres, chicos y grandes, por
su generosidad; con ellos y muchas veces a costa de ellos fui
aprendiendo a ser sacerdote. Gracias por su paciencia y cariño; perdón
por lo que no supe, no pude o quise dar.
Gracias
por esta Iglesia de Buenos Aires a la que amo entrañablemente y de la
cual siempre, por tu gracia, me sentí responsable de buscar nuevos
caminos de Evangelización, por sus religiosos y religiosas con los que
compartí el trabajo, la oración y el caminar juntos.
Gracias
por la pasión que pusiste en mi corazón de hacer llegar tu amor a los
más chicos de esta familia, de ellos aprendí a mirarte siempre desde
abajo y a pedirte sin miedo. Gracias por la confianza que me dieron
siempre mis pastores en este trabajo, el Cardenal Aramburu, el
Cardenal Quarracino y hoy nuestro Pastor, el Cardenal Jorge; creyeron
en mí más que yo mismo; y gracias de un modo particular por el
abnegado y silencioso trabajo de laicos y sacerdotes que durante
quince años fueron cómplices de tantos sueños y pusieron el hombro, el
amor y el tiempo para hacerlos realidad.
Te doy
gracias y te alabo por tantos hijos que pusiste en mi camino y no dejo
de bendecirte por el regalo de la paternidad; y de un modo especial
por las vocaciones que me confiaste, en ellos me hiciste y me hacés
sentir plenamente Padre, el nombre con el cual me gusta más definir mi
sacerdocio. En sus corazones me fuiste revelando el mío, en su cariño
me sostuviste en los momentos de oscuridad y desaliento. Gracias por
confiármelos, gracias a ellos por confiar a en mí.
Gracias,
porque nunca me privaste del dolor y de la cruz que me permiten
reconocer la debilidad de esta vasija de barro y me empujan cada día a
pedirte que tu gracia me baste.
Siento en
este momento el gozo de saberme amado por Vos y que a la vuelta de la
vida me renovás la vocación y que confirmás en el llamado que me
hiciste hace veintisiete años, sacándome otra vez de detrás del rebaño
y consagrándome ahora por el don del Espíritu Santo para apacentar,
hacer crecer y servir a tu pueblo en orden a la salvación,
entroncándome con Pedro y los apóstoles en tu Iglesia. Sé que lo que
me regalás es más grande de lo que puedo dar, quiero vivirlo desde el
corazón de tu hijo, no como el que manda sino como el que sirve,
siendo fiel a mis raíces, pero dejándome nombrar de nuevo.
Quiero
hacer mío un pedido que hizo alguien del pueblo de Dios el día que se
enteró de este nuevo llamado:
Como Teresita amiga de camino, lo quiero todo
y sin vergüenza, te pido más,
te pido me des tu mirada, y la suavidad y firmeza de tus manos,
te pido que desde ahora, en cada Eucaristía, cada vez que te eleve,
mi corazón camine a tu ritmo, se alteren mis sentidos, y,
aunque sea doloroso, sienta en mi piel el dolor de lo otros.
Se agudicen mis oídos y no haya lamento que no escuche.
Que mi boca se abra para nombrarte con tus Palabras,
y que Tu Pasión me desgarre de tal manera
que en mis heridas quepan todos los hombres,
y beban de ellas tu sangre que lo cura todo.
Te pido que no me ahorres nada, nada del amor, nada del dolor.
Sí Señor, porque creo, porque sos mi Dios, y como los niños,
que no saben de precios, te lo pido todo, lo más caro, te pido más,
te pido vivirte, para bien de tus hijos, para gloria Tuya.
Y por
último, lo que en mi ordenación sacerdotal fue una inconsciente
promesa hoy con humildad se hace súplica: Ayúdame a gastarme y
desgastarme por mis hermanos los hombres”, vos los sabés todo, sabés
que te quiero.
Que así
sea
Mons. Eduardo Horacio García |