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bautismo del señor
En la cola de los pecadores
Homilía de monseñor Eduardo Horacio García, obispo auxiliar de Buenos
Aires, en la misa
celebrada - como todos los segundos domingos de cada mes- en memoria
de las víctimas de la tragedia de Cromagnon
8 de enero de 2006
Busquen a Dios mientras se deja
encontrar… Nuestro Dios es un Dios que sale imprevisiblemente al cruce
de los caminos del hombre. El pesebre y la cruz, las bodas de Caná y
la tormenta embravecida lo tuvieron como invitado. Pero ya desde el
comienzo de su vida pública marcó una línea que se continuará a lo
largo de toda su vida. Su primera aparición la hace colocándose en la
cola de los pecadores. Jesús de Nazaret, el de la misión profética con
destino universal se pone en la cola de los pecadores… como uno más…
Dios no hace acepción de personas dirá Pedro en la casa de Cornelio.
Dios no hace acepción de lugares, todo lugar es buen lugar cuando se
hace espacio de encuentro con Dios… espacio de salvación.
Sin discursos programáticos ni
campañas estridentes o falsas promesas a futuro en la cola de los
pecadores se presenta Jesús. Confundido entre los hombres pero sin
confundirse por los hombres confunde a los poderosos y a los que
tienen expectativas lejanas a la mente de Dios y a las verdaderas
necesidades del pueblo.
Puesto en la cola de los pecadores,
Jesús Siervo de Yahvéh, inaugura su misión profética de traer la luz a
las naciones y de liberar a los oprimidos llevando a cabo lo que hasta
ahora fue promesa: Dios visitando a su pueblo, Dios a la mesa de los
pobres, Dios en lo más bajo de la vida, Dios asumiendo el pecado, Dios
tendiendo la mano. Será su palabra la que abra a la novedad, pero será
su vida la que abra ciertamente a esperanza. Palabra y vida conjugadas
en una misión evangelizadora y liberadora.
No atropella ni descarta nada de lo
que pasó, por eso se empalma con la misión de Juan Bautista y como uno
más se acerca para recibir su bautismo; para desde ahí mostrar y dar
un nuevo Bautismo: superior; no sólo de agua y conversión sino de agua
y Espíritu Santo.
“Tú eres mi Hijo amado”, escucharán
los demás en esa cola de pecadores. Palabras de unción y
confirmación. La manifestación del Espíritu lo unge visiblemente como
Mesías-Profeta. Solamente puede hablar en nombre de Dios aquel a quien
Él envía con sus credenciales. Jesús es el enviado... “También a otras
ciudades tengo que anunciar la Buena Nueva del Reino de Dios porque
para esto he sido enviado”. “Te hice luz de las naciones para que
abras los ojos de los ciegos, saques a los cautivos de la prisión”:
anunciá la liberación a los hombres resuena en los oídos de Jesús como
susurro amoroso y constante del Padre.
Investido de poder, Jesús será sin embargo el
Siervo Doliente, aquel que rehúsa un mesianismo triunfante,
humanamente ganador y meramente político. Para liberar se hace
“esclavo”. Va a vencer las miserias humanas asumiéndolas y pasando
como el más miserable de los hombres. Va a sentir en su propia carne
la vivencia humana de la limitación y promete una situación de
liberación de las esclavitudes en que vive el hombre. Para realizar la
justicia, encarnará sobre sí toda la injusticia y desde sus mismas
entrañas regalará la justicia nueva, la de la verdad transparente,
aquella que se experimenta, sin revanchismos, desde la pureza de un
corazón que a pesar del dolor y la contradicción se ha dejado ganar
por el amor grande a todos.
El Inocente se ha hecho pecado para la salvación del hombre y así ha
querido mezclar lo divino con lo humano para trasformar lo humano en
divino; porque donde abundó el pecado, abundó más la gracia… y donde
el dolor estruja el corazón con Dios se abre la posibilidad de seguir
esperando.
Vence el pecado haciéndose pecado,
cura enfermedades y vence la muerte con su propia muerte ofrecida. Y
porque el amor de Dios va más allá, su resurrección es primicia y
anticipo de nuestra propia liberación.
La misión de Jesús no quedó
interrumpida con su muerte. Aquellos que
creemos en él fuimos invitados a recorrer su camino de testimonio
entre los pueblos: hacernos solidarios con esta humanidad, revestida
de pecado y de debilidad, para liberarla de la muerte y transformarla
en riqueza de vida. ¿Quién es el que vence sino el que cree?
Somos el nuevo pueblo con una misión,
una vocación que afecta a toda la comunidad: denunciar la esclavitud
en que está sumida y los pecados que la consumen como hiciera Jesús;
aquel que pasó por la vida de los hombres no como un tímido anodino
llamado a la bondad interior sin repercusiones sobre lo concreto de la
historia y de la convivencia comunitaria. No fue un justiciero
violento; no obstante” proclamará la justicia e implantará el derecho
en la tierra. No siguió el camino fácil pero ineficaz de la lucha con
odio, ni el de la indiferencia estéril ausente de lucha. Siguió el
camino de una justicia que se sostiene: en y desde el amor.
Por su vida, por su muerte, por su
dolor y resurrección, para que tantas lágrimas no ahoguen la esperanza
ni pudran el verdadero amor somos invitados en la escuela de Jesús a
descubrir y anunciar la liberación él ha realizado en sí mismo, sobre
todo en su resurrección. Como el siervo sufriente, con su mansedumbre
que no es cobardía sino capacidad de amor.
Por el bautismo somos la comunidad de los “hijos
muy amados” que han recibido la misión, la de ayudar a los hermanos a
descubrir y a romper cadenas y anunciando…desde la cola de los
pecadores… la liberación obrada en Cristo.
Porque la victoria que vence al mundo-
como hoy nos dice San Juan - es la fe; por esa fe estamos acá, por esa
fe no se bajan los brazos buscando la justicia que nos traiga la paz,
por esa fe sabemos que el amor por los que amamos es lo único que la
muerte no puede matar y caminamos tratando que el dolor no quite la
memoria buena de los que no están con nosotros.
Las aguas del bautismo de
Juan llamaban a la conversión, las que aguas que brotaron del costado
abierto de Jesús nos bautizan en vida nueva, que el bautismo del dolor
que vivimos haga que nuestras lágrimas purifiquen nuestros corazones y
se transformen en río de bendición para todo el pueblo de Dios.
Mons.
Eduardo Horacio García,
obispo auxiliar de Buenos Aires |