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"Educar desde la
Sabiduría del Amor"
Carta Pastoral de Mons.
Cipriano García Fernández OSA,
Obispo-Prelado de Cafayate, dirigida a los Educadores.
Queridos Educadores:
Es común en nuestro ambiente decir que vivimos momentos de
crisis: social, política, religiosa, familiar... Si contemplamos la historia vemos que en
todos los puntos de la tierra donde han germinado culturas y civilizaciones éstas se
construyeron con el esfuerzo de generaciones, florecieron diversificadamente y, en muchos
casos, llegaron a su ocaso y desaparecieron. Una constante se manifiesta en todas ellas:
el trabajo y el sacrificio de tantas personas que con su entrega y servicio facilitaron el
desarrollo de la humanidad. Es el hombre que se sobrepone a las adversidades, que con
prudencia administra los recursos de la naturaleza y despliega creativamente su mundo con
tesón e iniciativa.
Las conquistas del pasado y la herencia que recibimos se
concretizan entre nosotros en el agradecimiento que debemos a quienes han posibilitado que
seamos lo que somos y en la responsabilidad que tenemos de ir enriqueciendo creativamente
lo que hemos recibido. Es lo que llamamos tradición, el esfuerzo por hacer
fructificar lo recibido y encaminar el presente desde el pasado hacia un futuro mejor,
siguiendo los buenos ejemplos y aprendiendo también de los errores.
En la consecución de todo esto juega un papel fundamental la educación.
Educación es una palabra que procede del término latino educere, que significa
guiar, encauzar, dirigir, orientar. En la antigüedad los encargados de guiar a los niños
en su inserción social y aprendizaje eran los pedagogos. Pedagogo es una palabra
de origen griego que significa «el que guía los pasos», el que instruye en el caminar y
en el sendero de la vida.
Nunca como hoy se ha hablado tanto de la educación, nunca se
han dedicado tanta energía y tantos recursos a su organización. Además, cuando algo
supera nuestra capacidad de respuesta, sobre todo si es respecto del pensar y del obrar de
los más jóvenes, decimos en muchos casos que se trata de un problema educativo. Pensamos
realmente que la educación es la clave de muchas cosas y, por supuesto, de la buena
marcha de nuestra sociedad. Podemos decir, incluso, que nuestra «fe en la educación» es
tan fuerte que sobre ella recaen nuestras más refinadas quejas cuando algo no va como
creemos que debería.
El cometido fundamental de la educación es la transmisión de
valores, que han de guiar nuestras opciones fundamentales en la vida. Ahora bien, los
valores no son fórmulas o contenidos que hayamos de aprender y basta. En este campo no es
suficiente la instrucción. Sólo si, convencidos de ello, estos valores llegan a ser nuestros,
parte de nosotros; únicamente si les hacemos «carne de nuestra carne y sangre de
nuestra sangre», si entran a formar parte de nuestra configuración mental, si pensamos y
sentimos con ellos, si experimentamos e interpretamos el mundo a través de ellos,
entonces nos estamos educando verdaderamente.
La educación es el arte de guiar la vida por los cauces que
harán fructífera nuestra existencia, encauzando nuestras tendencias e impulsos
creativamente. Valga un ejemplo: el agua es necesaria para vivir, pero cuando baja
descontrolada, en torrente o en volcán, arrasa todo lo que encuentra en su camino. Hemos
de poner nuestras casas fuera de su alcance, para que no se las lleve. Pero encauzada
adecuadamente, riega nuestros huertos, nuestras viñas, nuestras chacras, hace germinar la
semilla plantada con esmero en tierra cuidada. Algo parecido sucede en nuestra vida con
sus tendencias y pasiones. La educación ha de ayudarnos a encauzar sus dinamismos, de
modo que regando la semilla del bien sembrada en nuestro corazón dé fruto abundante.
Su objetivo es engendrar felicidad, guiarnos al conocimiento
de quiénes somos, qué somos y qué podemos llegar a ser. Somos personas. Nos
distinguimos de los animales (algunos de los cuales se nos parecen mucho) porque somos de
un modo distinto: en el entender la realidad, en el ejercicio libre de la voluntad, en la
capacidad de amar. Tenemos tendencias e impulsos que nos mueven a obrar de modo inmediato.
Ahora bien, por nuestra capacidad de entender, de querer y de amar contamos con la
posibilidad de encauzar estas tendencias e impulsos según un fin, que ha de dirigirse a
la consecución de nuestra realización personal, es decir, a la felicidad. Ésta no
consiste en la posibilidad de hacer «lo que me nace», «lo que me gusta o me apetece».
Se trata de desarrollar las cualidades con que uno cuenta encauzando la propia vida,
siendo dueño de sí, obrando de mi parte lo que me hace mejor aunque me exija compromiso
y esfuerzo. Y esto es mucho más que poner límites. Es, entre otras cosas, no dejarse
arrebatar ni esclavizar por el «halago de lo inmediato o de lo sensible» en su sentido
más bajo. Estos halagos producen satisfacción momentánea, pero impiden realizar
los fines e ideales que nos harán felices. Un paso esencial para ello es aprender a
valorar las cosas y las personas, a guiarnos por los ideales de lo justo, lo honesto y lo
bueno, siendo responsables de nuestros actos y respetuosos con todos. Y hemos de
convencernos de ello, es decir, adherirnos a este propósito de un modo firme, aunque
desfallezcamos de vez en cuando en el empeño.
Los educadores -sean padres, maestros, profesores,
trabajadores sociales, catequistas o agentes de pastoral- son los que tienen la
responsabilidad de conocer este arte que es el educar, y su compromiso es ayudar a otros
con su experiencia y conocimiento, es decir, con el testimonio de su vida. Educar es más
que hacer aprender, que mostrar cómo ejercitarse en el manejo de conocimientos; educar es
más que entrenar en una disciplina mental. Es enseñar a vivir, a respetar, a convivir, a
amar. Los educadores están también implicados en su propia educación junto con los
educandos: educar es co-educarse. «En tanto soy un buen maestro, en cuanto
sigo siendo un alumno», predicaba San Agustín, obispo de Hipona (Sermón 244, 2).
Y esto no es sólo cuestión de inteligencia, sino de opción en la vida. Una persona
inteligente que sea egoísta empleará su inteligencia para el egoísmo, y un inteligente
generoso lo hará para la generosidad. Es la diferencia entre educar en valores o
simplemente instruir o ilustrar la mente con conocimientos y técnicas. Por eso dice Juan
Pablo II: «La labor educativa está vinculada estrechamente a la formación de la
conciencia, que ayuda al hombre a ser cada vez más hombre» (Evangelium vitae, nº
97).
Los problemas de la educación son los problemas propios de
nuestra sociedad y no es correcto decir que los problemas de nuestra sociedad proceden de
la educación: «la mayoría de nuestros quebrantos son consecuencia de nuestros
desmanes», comentaba San Agustín al repasar su propia vida (Confesiones 6, 8).
Sí es cierto que la solución de tales problemas no depende sólo del diseño curricular,
ni de la administración de los recursos, ni de la mayor inversión de fondos, que con ser
aspectos buenos y necesarios no son suficientes, porque son medios y no fines de la
educación misma. Es asunto de valores, de convicciones, de ideales que han de ser
encarnados, y no basta con repetirlos memorísticamente porque quedan bien en la
planificación y no nos darían la aprobación ministerial si así no se hiciere. Si la
educación se olvida de todo esto, o inconscientemente lo deja de lado, en vez de ser el
más grande recurso de la humanidad se convertirá en agente privilegiado de su ruina. Ya
lo decían los latinos: corruptio optimi pessima («la corrupción de lo mejor es
el mayor de los males»).
Por otro lado, también es responsabilidad de los educadores
procurar que los educandos no vean perturbada ni menoscabada su educación como
consecuencia de la inadecuada gestión de los medios a su alcance, ni tampoco por las
justas y razonables acciones reivindicativas del gremio docente. Respecto de estas
últimas convendría estudiar la viabilidad y eficacia de otras estrategias.
La Iglesia, con la presencia viva de Jesucristo, con el
Evangelio, con una tradición históricamente fundamentada en los pueblos y las culturas,
con el testimonio de personas ejemplares y santas, con el propósito de ser fiel a su
misión en el mundo... ofrece su colaboración en la construcción de nuestra sociedad,
con la que se goza en sus logros y con la que sufre en sus lacras. A los 30 años de la
erección canónica de nuestra Prelatura de Cafayate y con la verdad del Evangelio como
emblema, desea aportar su presencia y compromiso ante los retos que se nos presentan. Con
las luces y las sombras de nuestro tiempo, la Iglesia ofrece su vocación de servicio y de
caridad como manifestación de la gozosa Buena Nueva (Lc 2, 10) de Jesucristo,
comprometido con la historia y con la intimidad de cada hombre, tomando «la Verdad como
cinturón, la Justicia como coraza, y, como calzado, el celo por propagar el Evangelio de
la paz» (Ef 6, 14-15), proponiendo al mundo educar desde la sabiduría del amor (1
Cor 13, 1-13), dispuesta a asumir la cruz de cada día. También en la educación el amor
es la gran diferencia.
«Estamos ante la tarea de reconstruir la Nación a partir de
sus bases morales y culturales más profundas», decían los Obispos argentinos hace casi
diecinueve años en el documento Iglesia y Comunidad Nacional (8 de Mayo de 1981),
posición que desarrollaron después en Dios, el hombre y la conciencia con motivo
del Año Santo de la Redención en 1985, reiterando lo propuesto en el documento anterior:
«los argentinos, cada uno en cuanto persona, y cada grupo en cuanto integrante del
conjunto social, han de examinarse con humilde sinceridad sobre su comportamiento y han de
tomar conciencia sobre la proyección comunitaria de sus actos» (Iglesia y Comunidad
Nacional, nº 66).
Seguimos en esta tarea y la educación tiene su misión que
cumplir al respecto. Eduquemos, por tanto, en la interioridad y la reflexión, en el
servicio y la responsabilidad, en la comprensión y el equilibrio, en la transparencia y
la sinceridad, en el esfuerzo y la generosidad, abiertos siempre a la trascendencia, con
la actitud propia de quienes consideran que «la búsqueda de Dios es la búsqueda de la
felicidad y el encuentro con Dios es la felicidad misma» (San Agustín, Sobre las
costumbres de la Iglesia Católica 11, 18).
El testimonio humilde y callado de Nuestra Madre, la
Santísima Virgen María, a cuya advocación del Rosario está encomendada nuestra
Prelatura, es ejemplo fiel de quien supo beber de las fuentes de la Sabiduría y
convertirse de alumna en maestra. Vaya acompañada de su intercesión nuestra oración
ante el Padre, para que seamos verdaderos hijos en su Hijo, miembros de su cuerpo que es
la Iglesia por gracia del Espíritu vivificador y santificante.
Recaiga sobre todos mi bendición.
Dada en Cafayate, a diecinueve días del mes de marzo
del Año Jubilar 2000, festividad de San José, modelo de padre y educador.
Mons. Cipriano García Fernández OSA,
obispo-Prelado de Cafayate
Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2259,
del 5 de abril de 2000
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