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HOMILÍA DE LA TOMA POSESIÓN EN BAHÍA BLANCA


Monseñor Guillermo José Garlatti, arzobispo de Bahía Blanca
10 de mayo de 2003


Por un insondable designio de la Providencia de Dios me encuentro hoy en esta muy querida Arquidiócesis de Bahía Blanca, sin jamás haberlo imaginado ni nunca haberlo pretendido.

Consciente de la grave responsabilidad que el Señor ha puesto sobre mis hombros y de las dificultades propias de la tarea pastoral, quisiera caminar junto a ustedes apoyado principalmente en la esperanza que brota de la fe y con la confianza de que, como señala el Apóstol San Pablo, en el ejercicio del ministerio apostólico, “toda nuestra capacidad viene de Dios” (2 Cor. 3,5).

Para ello confío plenamente en la oración perseverante de todos ustedes, a fin de que el Espíritu Santo venga “en ayuda de nuestra debilidad” (Rom. 8,26). Pero, además, tengo también la certeza de que toda la comunidad cristiana de la Arquidiócesis de Bahía Blanca, en su condición de “Pueblo de Dios”, sabrá siempre apoyarme y comprenderme en el desempeño de esta nueva etapa en mi vida de Obispo y Pastor.

La experiencia, por momentos muy dura y ardua, que con el transcurrir del tiempo he ido adquiriendo durante mi ministerio pastoral, me ha hecho comprender que “Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman” (Rom. 8,28). ¡Y ojalá también de ahora en más, sostenido por la comunidad arquidiocesana y por un sincero amor a Dios, mi ministerio pastoral aquí en Bahía Blanca sea efectivamente para el bien de ustedes y para el bien mío!

¡Que la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y la intercesión de la Virgen de la Merced, nuestra patrona, sean mi más firme sostén a fin de que pueda caminar junto a todos como sacerdote y amigo, procurando compartir siempre “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias” de esta comunidad humana, especialmente “de los pobres y de cuantos sufren!” (G.S., 1).


La grave crisis actual y nuestro compromiso como Iglesia

El inicio de mi ministerio pastoral en la Arquidiócesis de Bahía Blanca se enmarca en el contexto de una de las crisis más graves que nuestra sociedad haya sobrellevado a lo largo de su historia.

Los Obispos en Argentina la hemos definido como una crisis terminal, crisis de valores y crisis que tiene su origen en la pérdida del sentido y de la presencia de Dios en todos los ámbitos de la vida de la comunidad. Por consiguiente, no es de extrañar que la misma se manifieste ahora de manera muy dolorosa en el deterioro de las reservas éticas y morales, con consecuencias funestas y desgraciadas en todos los ámbitos de las relaciones humanas, de las instituciones y de las estructuras de la sociedad sin excepción.

En la última reunión de la Comisión Permanente hemos señalado que frente a esta crisis debemos evitar caer en dos tentaciones muy graves: la del desaliento “que conforma el estado de ánimo de muchos ciudadanos” y la de un “falso optimismo basado en el sentido ilusorio (mágico) de la vida” (Cf. Comisión Permanente de la CEA: Recrear la voluntad de ser Nación, 14-03-2003).

También nosotros como Iglesia Particular y como hijos de la Iglesia, nos sentimos inevitablemente involucrados y afectados por esta crisis. Pero ella, en vez de hacernos recluir en una actitud negativa de encierro en nosotros mismos, debe impulsarnos más bien a asumir decididamente nuestro compromiso de fe, a fin de encontrar el mejor remedio para su superación en la fecundidad transformadora del evangelio.

En efecto, sólo a partir de la intrínseca vitalidad del evangelio podremos comenzar a transitar el camino que la Iglesia, a lo largo de su historia, siempre recorrió para transformar al hombre y al mundo desde el misterio de Cristo, desde la energía vivificante de la gracia de Dios y desde su propia misión como maestra de humanidad.

No cabe duda de que, frente a la dolorosa crisis de hoy, también nuestra Arquidiócesis de Bahía Blanca está llamada a adoptar una actitud evangelizadora que tenga como prioridad, junto con la proclamación del Reino de Dios, la instauración de una nueva sociedad y de una nueva cultura en nuestra Patria. En la oración por la Patria los Obispos decíamos que necesitamos recrear “una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el compromiso por el bien común” (CEA, Oración por la Patria, 9-7-2001).


La Pascua y la nueva evangelización

Acabamos de revivir una vez más en estos días el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de Nuestro Señor Jesucristo, misterio de vida y de salvación tanto para las personas como para la misma comunidad eclesial. Del misterio de la muerte y de la resurrección del Señor brota la eficacia de toda la acción pastoral de la Iglesia, también ante los grandes desafíos de los tiempos actuales.

Y, justamente por eso, es preciso que los cristianos de hoy estemos firmemente convencidos de que solamente en evangelio de Nuestro Señor Jesucristo se encuentra “el poder de Dios para salvación de todos los que creen” (Rom. 1,16).

Pero en la vida y en la misión de la Iglesia el misterio pascual de la muerte y de la resurrección del Señor, en cuanto acontecimiento salvífico, se realiza de manera eminente en la Eucaristía, que es la presencia viva de Jesucristo y de su salvación en Iglesia y en la historia, de la cual brota toda la fecundidad y toda la eficacia de la evangelización.

Afirma al respecto el Santo Padre: “Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el «  programa  » que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada. La Eucaristía es misterio de fe y, al mismo tiempo, «  misterio de luz  ». Cada vez que la Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de los dos discípulos de Emaús:    «  Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron  » (Lc 24, 31)  (Cf. Ecclesia de Eucharistia, 6).

Por lo tanto, continúa diciendo el Santo Padre, “la Iglesia recibe la fuerza espiritual necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de la Cruz y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización, puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el Padre y con el Espíritu Santo” (Cf. Ecclesia de Eucaristía, 22).  

Es ya conocido, queridos hermanos, el gran esfuerzo que ha venido haciendo la Arquidiócesis de Bahía Blanca por asumir con responsabilidad su compromiso con la nueva evangelización, que ha de ser también para nosotros como Iglesia Particular, la característica distintiva de toda tarea apostólica y de toda acción pastoral en los comienzos del tercer milenio.

En tal sentido, en el orden arquidiocesano, se hace necesario asumir en unidad con espíritu de comunión eclesial –como una especie de presupuesto y principio fundamental común no sólo de pastoral, sino también de espiritualidad diocesana– la firme determinación de comprometerse por trabajar sincera y lealmente ante Dios Nuestro Señor por la nueva evangelización.

Y así, desde este compromiso que debe transformarse también en un propósito, todos los proyectos pastorales, toda iniciativa y testimonio personal o de las instituciones apostólicas y de los distintos movimientos, todas las actividades de los diversos agentes en sus respectivas áreas pastorales han de estar orientados, sostenidos y regulados por el objetivo de la nueva evangelización, hacia cuyo fin debe tender y adquirir sentido toda la acción y la vida de la Iglesia.

Pero, además, el objetivo primordial de la nueva evangelización tiene que apuntar tanto a la renovación de la comunidad eclesial y de cada uno de los hombres mediante la gracia y la vida de santidad, como a sembrar la semilla de la transformación del mundo y de la sociedad, a fin de que el evangelio se constituya en fermento de una nueva cultura. Y para esto es indispensable un decidido y creativo testimonio apostólico por parte de los hijos de la Iglesia en todos los ámbitos del quehacer humano.

La conversión y la renovación de las personas tienen ir de la mano de la transformación de las estructuras sociales y culturales. Al decir de San Pablo, “la nueva criatura” y “el hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera santidad” (Ef. 4,24), deben desembocar inevitablemente en “la nueva creación”. Y ello porque Jesucristo continúa presente en la historia a través de su Iglesia para “hacer nuevas todas las cosas” (Ap. 21,5), y para crear “un cielo nuevo y una tierra nueva” (v. 1) en donde habite la justicia (Cfr. 2 Pedr. 3,13).

Es preciso que lleguemos a la convicción de que únicamente de esta novedad de vida dimana la gran riqueza que la Iglesia puede aportar como respuesta a los graves desafíos del mundo actual. Esta contribución propia y específicamente original, que brota de la misma fuerza salvadora del evangelio de Jesucristo, es la que ha de impulsar también a nuestra Iglesia Particular a afrontar con realismo evangélico, incluso más allá de nuestras posibilidades humanas y con la ayuda de la gracia, los desafíos de la nueva evangelización.

Aquí se juega, en última instancia, nuestro compromiso de fidelidad con el evangelio de Nuestro Señor Jesucristo.


Un solo Dios y Padre de todos

Queridos hermanos: al ingresar a la Arquidiócesis los invito a realizar nuevamente conmigo una sincera profesión de fe en el Dios único, el Señor del cielo y de la tierra, que además de darnos a todos la vida (Hech. 17,24-25) nos ha hecho sus hijos, y en el cual firmemente creemos y nos apoyamos porque es “un solo Dios y Padre de todos” (Ef. 4,6).

“Un solo Dios y Padre de todos”. Sobre esta frase de Ef. 4,6 intenté construir mi ideal sacerdotal, como una suerte de proyecto de vida, cuando el 5 de Julio de 1964 fui ordenado sacerdote. Reconozco que, pese a los sucesivos intentos, no siempre he logrado adecuar mi vida a las exigencias de este ideal.

Por eso, quisiera renovar hoy otra vez este propósito de llegar a ser para todos un signo y un testimonio de la paternidad de Dios y, con la fuerza de la gracia y el apoyo de ustedes, asumirlo de ahora en más como un nuevo desafío.

Les pido que rueguen al Señor para que, en el ejercicio de mi ministerio episcopal, pueda mostrar a toda la comunidad de Bahía Blanca sacerdotes, consagrados y fieles el rostro amoroso del único Dios y Padre de todos.


Acción de gracias y agradecimiento

Una vez más en mi vida, al ingresar en esta querida Arquidiócesis, siento la necesidad de dar gracias a Dios con el mismo cántico de alabanza del Apóstol San Pablo: ¡Bendito sea eternamente, el Dios y Padre del Señor Jesús (Cf. 2 Cor. 11,31) que, sin mérito alguno de mi parte, me llamó por medio de su gracia para revelar a su Hijo en mí (Gal. 1,15) y para confiarme el ministerio de la reconciliación (2 Cor. 5,19)!

Agradezco también a Su Santidad el Papa Juan Pablo II, el Vicario de Jesucristo en la tierra, quien ha puesto su mirada en mi persona y, sin haberlo yo jamás pedido ni insinuado, me ha mandado a desempeñar el ministerio episcopal entre ustedes aquí en Bahía Blanca.

Deseo expresar mi más cordial y sincero agradecimiento a Mons. Jorge Mayer y a Mons. Rómulo García, Arzobispos Eméritos y predecesores míos en la Arquidiócesis, quienes han entregado con espíritu evangélico y con amor desinteresado su capacidad, su esfuerzo y sus vidas de Pastores buenos y responsables en bien de las almas. Estoy seguro de que, además de modelos ejemplares, serán para mí un firme sostén y una ayuda invalorable en mi tarea pastoral en Bahía Blanca.

Mi agradecimiento más sincero al hasta hoy Administrador Apostólico, Mons. Néstor Navarro, a quien me une una gran amistad desde nuestra época de formación en el Seminario. Lo acompañaremos con nuestro corazón y con nuestra oración para que el Señor bendiga con abundantes frutos su ministerio pastoral en la Diócesis del Alto Valle en Río Negro.

Es muy hermoso y gratificante experimentar la cercanía de mis hermanos Obispos que, a pesar de sus muchas ocupaciones, han querido venir hoy aquí para acompañarme. Y también la de aquellos otros que, aún queriéndolo, no han podido estar.

Agradezco a todos los fieles laicos, a mi madre, parientes y amigos, a los sacerdotes seculares y religiosos del Presbiterio de Bahía Blanca, a las comunidades parroquiales, a los muy queridos seminaristas que son la esperanza de nuestra Arquidiócesis, y a los que han venido de otras Diócesis del país, especialmente de San Rafael y La Plata, que –al igual que muchos miembros religiosos y religiosas de la vida consagrada– han querido acompañarme en el día de hoy.

Debo dar las gracias también por la presencia de todas las asociaciones, instituciones y movimientos laicales que, con espíritu de servicio y entrega apostólica, trabajan comprometidamente en las diversas formas de apostolado para edificar aquí la Iglesia e instaurar el Reino de Dios.

Agradezco en fin a las autoridades civiles de la Nación y de la Provincia de Buenos Aires, a las autoridades y representantes de los municipios de nuestra Arquidiócesis, a las autoridades militares y de las fuerzas de seguridad y a las diversas instituciones que han querido en este día participar de esta celebración para manifestarme su más cordial simpatía y amistad.

Muy queridos hermanos y amigos: considero que la presencia de todos ustedes aquí es el signo más palpable de un amor profundo a Jesucristo, Sumo Sacerdote y Pastor Supremo (1 Pedr. 5,4), de una pertenencia cordial y afectiva a la Iglesia y de una adhesión esperanzada a mi persona en el día de mi entrada en esta Iglesia Particular de Bahía Blanca.

¡Dios quiera que con la ayuda de ustedes, como miembros del Pueblo de Dios, y con la fuerza del Espíritu Santo pueda llegar a ser, durante el desempeño de mi ministerio episcopal, un auténtico signo e imagen de Jesucristo, el Buen Pastor!


Reflexión personal

¡Qué profundas, muy queridos hermanos, son las palabras de San Agustín cuando se refiere al ejercicio de su ministerio episcopal! “Para ustedes soy Obispo, con ustedes soy cristiano. La condición de Obispo connota una obligación, la de cristiano un don” (Serm. 340, 1). Yo también quisiera expresarles hoy con toda sinceridad que como cristiano he sido llamado a la Iglesia para compartir en todo con ustedes el don de la fe y el camino de la santidad, pero como Obispo estoy llamado a sobrellevar la grave responsabilidad del servicio al Pueblo de Dios.

La tarea del Obispo –porque actúa en nombre de Jesucristo– ha de consistir en llevar a término la obra de Dios que desborda y trasciende las fuerzas humanas. Nosotros somos “cooperadores de Dios”, dice San Pablo, “y ustedes son el campo de Dios, el edificio de Dios” (1 Cor. 3,9). Construir el edificio de Dios y trabajar en el campo de Dios es una misión que le compete primordialmente al Obispo y a los Sacerdotes, pero no sin la activa colaboración y la directa participación de todos ustedes los cristianos que forman el Pueblo de Dios.

Por eso ruego encarecidamente al Señor me conceda la gracia de “velar sobre sus vidas” como quien “ha de dar cuenta de ellas” ante Dios (Hebr. 13,17). Y en el día de mi entrada a esta querida Arquidiócesis de Bahía Blanca yo también, como señalaba San Agustín, quisiera pedirles a todos –sacerdotes, consagrados y fieles– que me ayuden “con sus oraciones y con su obediencia”, a fin de que encuentre “más satisfacción en serles de provecho que en presidirlos” (Serm. 340, 1).

En este cuarto domingo de Pascua, en el que la Iglesia celebra la tradicional Jornada del Buen Pastor, pongo en las manos y en el corazón de Jesús mi ministerio pastoral en Bahía Blanca para que, con su gracia y siguiendo su ejemplo, pueda ir entregando mi vida día a día por todos ustedes que son mis ovejas.

¡Que la Santísima Virgen María, bajo la muy hermosa advocación de Nuestra Señora de la Merced y patrona de la Arquidiócesis, interceda por nosotros, nos cobije bajo su manto maternal, nos libre de todo mal y nos muestre a Jesús, “el fruto bendito” de su vientre!

Y entre todos, mutuamente sostenidos en la comunión fraterna, hemos de procurar hacer nuestra la recomendación de San Pablo: “Con solicitud incansable y fervor de espíritu, sirvan al Señor. Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y perseverantes en la oración” (Rom. 12,11-12).

Bahía Blanca, 10 de Mayo de 2003.


Mons. Guillermo Garlatti,
obispo de San Rafael



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