Por un insondable
designio de la Providencia de Dios me encuentro hoy en esta muy querida
Arquidiócesis de Bahía Blanca, sin jamás haberlo imaginado ni nunca haberlo
pretendido.
Consciente de la grave
responsabilidad que el Señor ha puesto sobre mis hombros y de las dificultades
propias de la tarea pastoral, quisiera caminar junto a ustedes apoyado
principalmente en la esperanza que brota de la fe y con la confianza de que,
como señala el Apóstol San Pablo, en el ejercicio del ministerio apostólico,
“toda nuestra capacidad viene de Dios” (2 Cor. 3,5).
Para ello confío
plenamente en la oración perseverante de todos ustedes, a fin de que el Espíritu
Santo venga “en ayuda de nuestra debilidad” (Rom. 8,26). Pero, además, tengo
también la certeza de que toda la comunidad cristiana de la Arquidiócesis de
Bahía Blanca, en su condición de “Pueblo de Dios”, sabrá siempre apoyarme y
comprenderme en el desempeño de esta nueva etapa en mi vida de Obispo y Pastor.
La experiencia, por
momentos muy dura y ardua, que con el transcurrir del tiempo he ido adquiriendo
durante mi ministerio pastoral, me ha hecho comprender que “Dios dispone todas
las cosas para el bien de los que lo aman” (Rom. 8,28). ¡Y ojalá también de
ahora en más, sostenido por la comunidad arquidiocesana y por un sincero amor a
Dios, mi ministerio pastoral aquí en Bahía Blanca sea efectivamente para el bien
de ustedes y para el bien mío!
¡Que la gracia de
Nuestro Señor Jesucristo y la intercesión de la Virgen de la Merced, nuestra
patrona, sean mi más firme sostén a fin de que pueda caminar junto a todos como
sacerdote y amigo, procurando compartir siempre “los gozos y las esperanzas, las
tristezas y las angustias” de esta comunidad humana, especialmente “de los
pobres y de cuantos sufren!” (G.S., 1).
La grave crisis actual y nuestro compromiso como Iglesia
El inicio de mi
ministerio pastoral en la Arquidiócesis de Bahía Blanca se enmarca en el
contexto de una de las crisis más graves que nuestra sociedad haya sobrellevado
a lo largo de su historia.
Los Obispos en Argentina
la hemos definido como una crisis terminal, crisis de valores y crisis que tiene
su origen en la pérdida del sentido y de la presencia de Dios en todos los
ámbitos de la vida de la comunidad. Por consiguiente, no es de extrañar que la
misma se manifieste ahora de manera muy dolorosa en el deterioro de las reservas
éticas y morales, con consecuencias funestas y desgraciadas en todos los ámbitos
de las relaciones humanas, de las instituciones y de las estructuras de la
sociedad sin excepción.
En la última reunión de
la Comisión Permanente hemos señalado que frente a esta crisis debemos evitar
caer en dos tentaciones muy graves: la del desaliento “que conforma el estado de
ánimo de muchos ciudadanos” y la de un “falso optimismo basado en el sentido
ilusorio (mágico) de la vida” (Cf. Comisión Permanente de la CEA: Recrear la
voluntad de ser Nación, 14-03-2003).
También nosotros como
Iglesia Particular y como hijos de la Iglesia, nos sentimos inevitablemente
involucrados y afectados por esta crisis. Pero ella, en vez de hacernos recluir
en una actitud negativa de encierro en nosotros mismos, debe impulsarnos más
bien a asumir decididamente nuestro compromiso de fe, a fin de encontrar el
mejor remedio para su superación en la fecundidad transformadora del evangelio.
En efecto, sólo a partir
de la intrínseca vitalidad del evangelio podremos comenzar a transitar el camino
que la Iglesia, a lo largo de su historia, siempre recorrió para transformar al
hombre y al mundo desde el misterio de Cristo, desde la energía vivificante de
la gracia de Dios y desde su propia misión como maestra de humanidad.
No cabe duda de que,
frente a la dolorosa crisis de hoy, también nuestra Arquidiócesis de Bahía
Blanca está llamada a adoptar una actitud evangelizadora que tenga como
prioridad, junto con la proclamación del Reino de Dios, la instauración de una
nueva sociedad y de una nueva cultura en nuestra Patria. En la oración por la
Patria los Obispos decíamos que
necesitamos recrear “una nación cuya identidad sea la pasión por la verdad y el
compromiso por el bien común” (CEA, Oración por la Patria, 9-7-2001).
La Pascua y la nueva evangelización
Acabamos de revivir una
vez más en estos días el misterio pascual de la pasión, muerte y resurrección de
Nuestro Señor Jesucristo, misterio de vida y de salvación tanto para las
personas como para la misma comunidad eclesial. Del misterio de la muerte y de
la resurrección del Señor brota la eficacia de toda la acción pastoral de la
Iglesia, también ante los grandes desafíos de los tiempos actuales.
Y, justamente por eso,
es preciso que los cristianos de hoy estemos firmemente convencidos de que
solamente en evangelio de Nuestro Señor Jesucristo se encuentra “el poder de
Dios para salvación de todos los que creen” (Rom. 1,16).
Pero en
la vida y en la misión de la Iglesia el misterio pascual de la muerte y de la
resurrección del Señor, en cuanto acontecimiento salvífico, se realiza de manera
eminente en la Eucaristía, que es la presencia viva de Jesucristo y de su
salvación en Iglesia y en la historia, de la cual brota toda la fecundidad y
toda la eficacia de la evangelización.
Afirma al
respecto el Santo Padre:
“Contemplar el rostro de Cristo, y contemplarlo con María, es el « programa »
que he indicado a la Iglesia en el alba del tercer milenio, invitándola a remar
mar adentro en las aguas de la historia con el entusiasmo de la nueva
evangelización. Contemplar a Cristo implica saber reconocerle dondequiera
que Él se manifieste, en sus multiformes presencias, pero sobre todo en el
Sacramento vivo de su cuerpo y de su sangre. La Iglesia vive del Cristo
eucarístico, de Él se alimenta y por Él es iluminada.
La Eucaristía
es misterio de fe y, al mismo tiempo, « misterio de luz ». Cada vez que la
Iglesia la celebra, los fieles pueden revivir de algún modo la experiencia de
los dos discípulos de Emaús: « Entonces se les abrieron los ojos y le
reconocieron » (Lc 24, 31) (Cf. Ecclesia de Eucharistia, 6).
Por lo tanto,
continúa diciendo el Santo Padre, “la Iglesia recibe la fuerza espiritual
necesaria para cumplir su misión perpetuando en la Eucaristía el sacrificio de
la Cruz y comulgando el cuerpo y la sangre de Cristo. Así, la Eucaristía es la
fuente y, al mismo tiempo, la cumbre de toda la evangelización,
puesto que su objetivo es la comunión de los hombres con Cristo y, en Él, con el
Padre y con el Espíritu Santo” (Cf. Ecclesia de Eucaristía, 22).
Es ya conocido, queridos
hermanos, el gran esfuerzo que ha venido haciendo la Arquidiócesis de Bahía
Blanca por asumir con responsabilidad su compromiso con la nueva evangelización,
que ha de ser también para nosotros como Iglesia Particular, la característica
distintiva de toda tarea apostólica y de toda acción pastoral en los comienzos
del tercer milenio.
En tal
sentido, en el orden arquidiocesano, se hace necesario asumir en unidad con
espíritu de comunión eclesial –como una especie de presupuesto y principio
fundamental común no sólo de pastoral, sino también de espiritualidad diocesana–
la firme determinación de comprometerse por trabajar sincera y lealmente ante
Dios Nuestro Señor por la nueva evangelización.
Y así, desde
este compromiso que debe transformarse también en un propósito, todos los
proyectos pastorales, toda iniciativa y testimonio personal o de las
instituciones apostólicas y de los distintos movimientos, todas las actividades
de los diversos agentes en sus respectivas áreas pastorales han de estar
orientados, sostenidos y regulados por el objetivo de la nueva evangelización,
hacia cuyo fin debe tender y adquirir sentido toda la acción y la vida de la
Iglesia.
Pero, además,
el objetivo primordial de la nueva evangelización tiene que apuntar tanto a la
renovación de la comunidad eclesial y de cada uno de los hombres mediante la
gracia y la vida de santidad, como a sembrar la semilla de la transformación del
mundo y de la sociedad, a fin de que el evangelio se constituya en fermento de
una nueva cultura. Y para esto es indispensable un decidido y creativo
testimonio apostólico por parte de los hijos de la Iglesia en todos los ámbitos
del quehacer humano.
La conversión y la
renovación de las personas tienen ir de la mano de la transformación de las
estructuras sociales y culturales. Al decir de San Pablo, “la nueva criatura” y
“el hombre nuevo, creado a imagen de Dios en la justicia y en la verdadera
santidad” (Ef. 4,24), deben desembocar inevitablemente en “la nueva creación”. Y
ello porque Jesucristo continúa presente en la historia a través de su Iglesia
para “hacer nuevas todas las cosas” (Ap. 21,5), y para crear “un cielo nuevo y
una tierra nueva” (v. 1) en donde habite la justicia (Cfr. 2 Pedr. 3,13).
Es preciso que lleguemos
a la convicción de que únicamente de esta novedad de vida dimana la
gran riqueza que la Iglesia puede aportar como respuesta a los graves desafíos
del mundo actual. Esta contribución propia y específicamente original, que brota
de la misma fuerza salvadora del evangelio de Jesucristo, es la que ha de
impulsar también a nuestra Iglesia Particular a afrontar con realismo
evangélico, incluso más allá de nuestras posibilidades humanas y con la ayuda de
la gracia, los desafíos de la nueva evangelización.
Aquí se juega,
en última instancia, nuestro compromiso de fidelidad con el evangelio de Nuestro
Señor Jesucristo.
Un solo Dios y Padre de todos
Queridos
hermanos: al ingresar a la Arquidiócesis los invito a realizar nuevamente
conmigo una sincera profesión de fe en el Dios único, el Señor del cielo y de la
tierra, que –además
de darnos a todos la vida (Hech. 17,24-25)–
nos ha hecho sus hijos, y en el cual firmemente creemos y nos apoyamos porque es
“un solo Dios y Padre de todos” (Ef. 4,6).
“Un solo Dios
y Padre de todos”. Sobre esta frase de Ef. 4,6 intenté construir mi ideal
sacerdotal, como una suerte de proyecto de vida, cuando el 5 de Julio de 1964
fui ordenado sacerdote. Reconozco que, pese a los sucesivos intentos, no siempre
he logrado adecuar mi vida a las exigencias de este ideal.
Por eso,
quisiera renovar hoy otra vez este propósito de llegar a ser para todos un signo
y un testimonio de la paternidad de Dios y, con la fuerza de la gracia y el
apoyo de ustedes, asumirlo de ahora en más como un nuevo desafío.
Les pido que
rueguen al Señor para que, en el ejercicio de mi ministerio episcopal, pueda
mostrar a toda la comunidad de Bahía Blanca
–sacerdotes,
consagrados y fieles–
el rostro amoroso del único Dios y Padre de todos.
Acción de gracias y agradecimiento
Una vez más en mi vida,
al ingresar en esta querida Arquidiócesis, siento la necesidad de dar gracias a
Dios con el mismo cántico de alabanza del Apóstol San Pablo: ¡Bendito sea
eternamente, el Dios y Padre del Señor Jesús (Cf. 2 Cor. 11,31) que, sin mérito
alguno de mi parte, me llamó por medio de su gracia para revelar a su Hijo en mí
(Gal. 1,15) y para confiarme el ministerio de la reconciliación (2 Cor. 5,19)!
Agradezco también a Su
Santidad el Papa Juan Pablo II, el Vicario de Jesucristo en la tierra, quien ha
puesto su mirada en mi persona y, sin haberlo yo jamás pedido ni insinuado, me
ha mandado a desempeñar el ministerio episcopal entre ustedes aquí en Bahía
Blanca.
Deseo expresar mi más
cordial y sincero agradecimiento a Mons. Jorge Mayer y a Mons. Rómulo García,
Arzobispos Eméritos y predecesores míos en la Arquidiócesis, quienes han
entregado con espíritu evangélico y con amor desinteresado su capacidad, su
esfuerzo y sus vidas de Pastores buenos y responsables en bien de las almas.
Estoy seguro de que, además de modelos ejemplares, serán para mí un firme sostén
y una ayuda invalorable en mi tarea pastoral en Bahía Blanca.
Mi agradecimiento más
sincero al hasta hoy Administrador Apostólico, Mons. Néstor Navarro, a quien me
une una gran amistad desde nuestra época de formación en el Seminario. Lo
acompañaremos con nuestro corazón y con nuestra oración para que el Señor
bendiga con abundantes frutos su ministerio pastoral en la Diócesis del Alto
Valle en Río Negro.
Es muy hermoso y
gratificante experimentar la cercanía de mis hermanos Obispos que, a pesar de
sus muchas ocupaciones, han querido venir hoy aquí para acompañarme. Y también
la de aquellos otros que, aún queriéndolo, no han podido estar.
Agradezco a todos los
fieles laicos, a mi madre, parientes y amigos, a los sacerdotes seculares y
religiosos del Presbiterio de Bahía Blanca, a las comunidades parroquiales, a
los muy queridos seminaristas que son la esperanza de nuestra Arquidiócesis, y a
los que han venido de otras Diócesis del país, especialmente de San Rafael y La
Plata, que –al igual que muchos miembros religiosos y religiosas de la vida
consagrada– han querido acompañarme en el día de hoy.
Debo dar las gracias
también por la presencia de todas las asociaciones, instituciones y movimientos
laicales que, con espíritu de servicio y entrega apostólica, trabajan
comprometidamente en las diversas formas de apostolado para edificar aquí la
Iglesia e instaurar el Reino de Dios.
Agradezco en fin a las
autoridades civiles de la Nación y de la Provincia de Buenos Aires, a las
autoridades y representantes de los municipios de nuestra Arquidiócesis, a las
autoridades militares y de las fuerzas de seguridad y a las diversas
instituciones que han querido en este día participar de esta celebración para
manifestarme su más cordial simpatía y amistad.
Muy queridos hermanos y
amigos: considero que la presencia de todos ustedes aquí es el signo más
palpable de un amor profundo a Jesucristo, Sumo Sacerdote y Pastor Supremo (1
Pedr. 5,4), de una pertenencia cordial y afectiva a la Iglesia y de una adhesión
esperanzada a mi persona en el día de mi entrada en esta Iglesia Particular de
Bahía Blanca.
¡Dios quiera que con la
ayuda de ustedes, como miembros del Pueblo de Dios, y con la fuerza del Espíritu
Santo pueda llegar a ser, durante el desempeño de mi ministerio episcopal, un
auténtico signo e imagen de Jesucristo, el Buen Pastor!
Reflexión personal
¡Qué
profundas, muy queridos hermanos, son las palabras de San Agustín cuando se
refiere al ejercicio de su ministerio episcopal! “Para ustedes soy Obispo, con
ustedes soy cristiano. La condición de Obispo connota una obligación, la de
cristiano un don” (Serm. 340, 1). Yo también quisiera expresarles hoy con toda
sinceridad que como cristiano he sido llamado a la Iglesia para compartir en
todo con ustedes el don de la fe y el camino de la santidad, pero como Obispo
estoy llamado a sobrellevar la grave responsabilidad del servicio al Pueblo de
Dios.
La tarea del
Obispo –porque actúa en nombre de Jesucristo– ha de consistir en llevar a
término la obra de Dios que desborda y trasciende las fuerzas humanas. Nosotros
somos “cooperadores de Dios”, dice San Pablo, “y ustedes son el campo de Dios,
el edificio de Dios” (1 Cor. 3,9). Construir el edificio de Dios y trabajar en
el campo de Dios es una misión que le compete primordialmente al Obispo y a los
Sacerdotes, pero no sin la activa colaboración y la directa participación de
todos ustedes los cristianos que forman el Pueblo de Dios.
Por eso ruego
encarecidamente al Señor me conceda la gracia de “velar sobre sus vidas” como
quien “ha de dar cuenta de ellas” ante Dios (Hebr. 13,17). Y en el día de mi
entrada a esta querida Arquidiócesis de Bahía Blanca yo también, como señalaba
San Agustín, quisiera pedirles a todos –sacerdotes, consagrados y fieles– que me
ayuden “con sus oraciones y con su obediencia”, a fin de que encuentre “más
satisfacción en serles de provecho que en presidirlos” (Serm. 340, 1).
En este cuarto
domingo de Pascua, en el que la Iglesia celebra la tradicional Jornada del Buen
Pastor, pongo en las manos y en el corazón de Jesús mi ministerio pastoral en
Bahía Blanca para que, con su gracia y siguiendo su ejemplo, pueda ir entregando
mi vida día a día por todos ustedes que son mis ovejas.
¡Que la
Santísima Virgen María, bajo la muy hermosa advocación de Nuestra Señora de la
Merced y patrona de la Arquidiócesis, interceda por nosotros, nos cobije bajo su
manto maternal, nos libre de todo mal y nos muestre a Jesús, “el fruto bendito”
de su vientre!
Y entre todos,
mutuamente sostenidos en la comunión fraterna, hemos de procurar hacer nuestra
la recomendación de San Pablo: “Con solicitud incansable y fervor de espíritu,
sirvan al Señor. Alégrense en la esperanza, sean pacientes en la tribulación y
perseverantes en la oración” (Rom. 12,11-12).
Bahía Blanca,
10 de Mayo de 2003.