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NAVIDAD PARA PREPARAR EL GRAN JUBILEO

Mensaje de Navidad del arzobispo de Resistencia, 
monseñor Carmelo Juan Giaquinta.



I. El Nacimiento de Jesús: 
misterio cristiano fundamental


1.
La Navidad nos pone a los cristianos ante el misterio fundamental de nuestra fe. Pues si no creyésemos que Jesús, el Hijo eterno de Dios, se hizo hombre de veras y nació de María virgen, en vano creeríamos en sus demás misterios: su vida, muerte y resurrección, el envío de su Espíritu, su señorío sobre toda la realidad humana, su Iglesia como anticipo de la humanidad definitiva. En vano diríamos que los cristianos tenemos un aporte propio que hacer a la causa del hombre, de su dignidad, de sus derechos, de la convivencia social. La Navidad nos pone a los cristianos ante el misterio fundamental de nuestra fe. Pues si no creyésemos que Jesús, el Hijo eterno de Dios, se hizo hombre de veras y nació de María virgen, en vano creeríamos en sus demás misterios: su vida, muerte y resurrección, el envío de su Espíritu, su señorío sobre toda la realidad humana, su Iglesia como anticipo de la humanidad definitiva. En vano diríamos que los cristianos tenemos un aporte propio que hacer a la causa del hombre, de su dignidad, de sus derechos, de la convivencia social.


2.
En la primitiva catequesis cristiana, este punto era propuesto con toda claridad. Para el apóstol San Pablo, "cuando se cumplió el tiempo establecido, Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer’’ (Ga 4,4). Jesús es un ser divino, pero no un extraterráqueo, pues «según su condición humana’’, desciende de Israel (Rm 9,5); y «ha nacido de la estirpe de David, según la carne’’ (Rm 1,3). No se piense, de ningún modo, que hubiese asumido una naturaleza humana muy especial, como la de un superhéroe de nuestras películas. No, sino una igualita a la nuestra, con todos sus límites. Por ello podemos estar ciertos de que Dios nos libró de nuestras miserias, pues no tuvo asco de «enviarnos a su propio Hijo en una carne semejante a la del pecado» (Rm 8,3). Y mucho más: nos ha hecho hijos y amigos suyos, «reconciliándonos en el cuerpo carnal (mortal) de su Hijo» (Col 1,22).


3.
Un discípulo de San Pablo ahondó aún más profundamente en el misterio que dimana del nacimiento de Jesucristo. «Dios, después de haber hablado antiguamente a nuestros padres por medio de los profetas,... ahora, en este tiempo final, nos habló por medio de su Hijo’’ (Hb 1,1-2). Y esto lo hizo enviándolo a nosotros no con el ropaje de un ángel, sino con el de un hombre semejante a nosotros: «Porque él no vino para socorrer a ángeles, sino a los descendientes de Abraham. En consecuencia, debió asemejarse en todo a sus hermanos, para llegar a ser un Sumo Sacerdote misericordioso... Y por haber experimentado personalmente la tentación y el sufrimiento, él puede ayudar a aquellos que están sometidos a la tentación" (Hb 2,16-18). Desde el nacimiento de Jesucristo, los hombres tenemos el camino expedito para llegar al Padre, porque su carne mortal es «el camino nuevo y viviente’’ (Hb 10,20), a través del cual podemos llegar a él.


4.
Para el apóstol San Juan, la afirmación de la humanidad de Cristo es un punto fundamental de la profesión de fe cristiana. Su negación es la primera de todas las herejías: «Todo el que confiesa a Jesucristo venido en la carne, procede de Dios; todo el que niega a Jesús,... está inspirado por el Anticristo’’ (1 Jn 4,2). En su segunda carta, insiste en esto, pues muchos pretendidos cristianos negaban la humanidad de Cristo: «Han invadido el mundo muchos seductores que no confiesan a Jesucristo venido en la carne’’ (2 Jn 7). De hecho, hacia fines del siglo I, no pocos afirmaban que Cristo había tenido sólo un cuerpo aparente. San Ignacio de Antioquía les advirtió a los cristianos de Tralles: «Tápense los oídos cuando alguien venga a hablarles fuera de Jesucristo, que desciende del linaje de David y es hijo de María; que nació verdaderamente y comió y bebió; fue verdaderamente perseguido bajo Poncio Pilato, fue verdaderamente crucificado y murió... El cual, además, resucitó verdaderamente de entre los muertos» (A los trallanos, IX).



II. EL nacimiento de Jesucristo, 
expresión del amor del Padre


5.
Cuando contemplamos a Dios, no hemos de separar su poder de su amor. Porque en Dios no hay contradicciones como las puede haber en nosotros; por ejemplo, que hagamos algo por poder pero sin amor. En Dios, no. Todo lo que él hace con su poder es obra de su amor. Sin embargo, hemos de admitir que muchas veces los cristianos contemplamos a Dios a la manera humana: admiramos su poder, pero no captamos su amor. Sería un absurdo contemplar el Nacimiento de Jesús sólo como obra del poder de Dios, olvidando que por sobre todo es obra de su amor. El evangelista San Juan, insiste en esta perspectiva. «Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único... Porque Dios no envió su Hijo para juzgar al mundo, sino para el que el mundo se salvó por él’’ (Jn 3,16-17). En su primera carta, San Juan vuelve a insistir en esta perspectiva: «Así Dios nos manifestó su amor: envió a su Hijo único al mundo para que tuviéramos Vida por medio de él. Y este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó primero y envió a su Hijo... Y nosotros hemos visto y atestiguamos que el Padre envió al Hijo como Salvador del mundo» (1 Jn 4,9-10.14).



III. Perspectiva catequística 
y compromiso con el hombre


6.
Llegados aquí, conviene que nos formulemos algunas preguntas que, hechas con sinceridad y respondidas con honestidad, pueden ser el mejor regalo que nos hagamos en esta Navidad: Llegados aquí, conviene que nos formulemos algunas preguntas que, hechas con sinceridad y respondidas con honestidad, pueden ser el mejor regalo que nos hagamos en esta Navidad:

1º) ¿La contemplación del nacimiento de Jesucristo desde la perspectiva del amor de Dios es la más corriente en la catequesis? 2º) ¿En mi comunidad cristiana aprovechamos el trienio preparatorio al Gran Jubileo para profundizar en la comprensión de este misterio? 3º) ¿Cuáles son las implicancias prácticas de este misterio que deducimos para nuestra vida en la sociedad? 4º) ¿Tenemos el valor de reconocer que nuestra fe en el nacimiento de Jesucristo se reduce muchas veces a una simple afirmación de un dato de la revelación, que no llega a transformar nuestras vidas? 5º) ¿Nos dolemos de las defecciones en las que hemos caído los cristianos a lo largo de la historia en nuestro amor al hombre porque no nos hemos dejado interpelar por este misterio? 6º) ¿Reducimos el examen de conciencia sobre este punto al lejano pasado, o examinamos también nuestra conducta presente? Si olvidásemos esto último -y me parece que lo estamos olvidando-, mucho me temo que el Gran Jubileo pase sin pena ni gloria. Si así fuese, los cristianos de hoy nos haríamos responsables de haber dejado pasar en vano una extraordinaria gracia de Dios, para la renovación de nuestras vidas, de la Iglesia y de la sociedad.

¡Con mis mejores deseos de una Santa Navidad para todos!


Mons. Carmelo J. Giaquinta,
arzobispo de Resistencia


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2196, del 20 de enero de 1999


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