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El espíritu de Gran Jubileo


Carta Pastoral del arzobispo de Resistencia, monseñor Carmelo Juan Giaquinta, sobre el espíritu del Gran Jubileo y su celebración en la arquidiócesis de Resistencia


A los Vicarios Episcopales, Curas Párrocos, Superiores religiosos, Directores de Colegios Católicos, Presidentes de Comisiones y Equipos arquidiocesanos, Responsables de Asociaciones y Movimientos de apostolado y espiritualidad, y a todo el Pueblo de Dios.

Hermanos míos muy queridos:


I. Inauguración del Gran Jubileo

1. En la próxima solemnidad de la Natividad de Nuestro Señor Jesucristo, inauguraremos el Gran Jubileo Arquidiocesano por los dos mil años de su Nacimiento.

Nos hemos venido preparando a esta celebración desde hace cinco años cuando presenté la carta apostólica del Papa Juan Pablo II, "Mientras se aproxima el Tercer Milenio" (cf. Mensaje "Preparando el Año 2000"; 27-XI-94).

Dios sabe si en estos años hemos nutrido las actitudes espirituales necesarias para sintonizar nuestras vidas con el misterio de la Encarnación y Nacimiento de Jesucristo. O si, en cambio, hemos permanecido remisos o indiferentes. Igualmente, si hemos acertado en las iniciativas para promover la preparación espiritual y pastoral al Gran Jubileo de la comunidad en general y de los cristianos en particular. Algunas fueron pensadas y organizadas expresamente; otras fueron orientadas hacia esa finalidad. Así, las Asambleas Arquidiocesanas anuales, la Planificación Pastoral, el Plan Compartir, y, sobre todo, la Misión Arquidiocesana clausurada en la reciente solemnidad de Cristo Rey (21-X).

Pero si nuestra negligencia, quizá, pudo haber sido mucha, la mano del Señor no se ha retraído, y está pronta a derramar su gracia durante el año jubilar, pues sigue siendo verdadera la afirmación del apóstol San Pablo: "donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia" (Rom 5,20).


2. Importa que ahora miremos confiados a Dios, y nos dispongamos a recibir el Año Jubilar como un don que nos viene de su amor misericordioso. Séame permitido repetir algunas palabras de la homilía pronunciada en la reciente Solemnidad de Cristo Rey: "Con espíritu de adoración recibamos de Dios la gracia del Gran Jubileo... No lo dejemos pasar en vano. Pasará, por cierto, el año 2000 como año de un calendario que se deshoja inexorablemente. Pero que no pase el hecho en su significado más profundo: el descubrimiento y vivencia del corazón misericordioso de Dios. Y, consecuentemente, del carácter jubilar de la Iglesia, como nota propia y permanente de la misma. Que el Gran Jubileo se imprima fuertemente en la conciencia cristiana contemporánea. Que no les pase a Uds. lo que en buena medida le pasó a mi generación, que no entendimos cabalmente la gracia que Dios nos concedía con el Concilio" (n° 7).


3. La clave de la celebración del Gran Jubileo ha de ser la vida cotidiana vivida en la fe y en el amor a la persona de nuestro Salvador Jesucristo, a semejanza de la vida terrena que él vivió en sintonía con su Padre celestial. Éste, en efecto, desde el primer instante de su concepción, concordó plenamente con la voluntad del Padre, viviendo por tanto una vida auténticamente humana, e instaurando así el culto nuevo que agrada a Dios. No ya la ofrenda de animales selectos, sino la vida cotidiana vivida haciendo su voluntad. Según dice la Carta a los Hebreos: "Cristo, al entrar en el mundo, dijo: ‘Tú no has querido sacrificio ni oblación (de animales); en cambio, me has dado un cuerpo (existencia humana). No has mirado con agrado los holocaustos ni los sacrificios expiatorios. Entonces dije: Aquí estoy, yo vengo... para hacer, Dios, tu voluntad" (Hb 10,5-7).

Esto que vale de los fieles, vale igualmente de nosotros los pastores. Ninguna iniciativa pastoral es más apta para celebrar el Gran Jubileo que la acción pastoral ordinaria realizada en sintonía con los sentimientos del corazón misericordioso de Jesús Buen Pastor.


4. Por cierto que durante el Gran Jubileo habrá algunos actos extraordinarios. Los necesitamos, como en la semana necesitamos del domingo. Pero estos han de ser frutos de la vida ordinaria vivida en la fe y en el amor; y, a la vez, han de ser semillas que germinen y fructifiquen nuevamente en una vida cotidiana cada día más santa y en una acción pastoral cada vez más conforme al Evangelio y a las necesidades de los hombres.


5. Por ello, aplicando la Bula de convocación del Gran Jubileo "Incarnationis Mysterium", del Papa Juan Pablo II, y, en cuanto sea conveniente o necesario, adaptándola a nuestras posibilidades y manera de ser en la Arquidiócesis, dispongo cuanto sigue para obtener la indulgencia plenaria del Gran Jubileo.


II. Normas generales y condiciones comunes

6. En primer lugar, recuerdo que, según la Bula mencionada y las normas dispositivas correspondientes:

* la indulgencia jubilar puede ser aplicada también como sufragio por las almas de los difuntos, lo cual es un gesto de amor fraterno hacia aquellos que nos han precedido;

* puede obtenerse solamente una vez al día.


7. En todos los casos es necesario:

a) recibir el sacramento de la Penitencia, como término de un camino de conversión.

Sobre este tópico adviértase lo dispuesto por la Penitenciería apostólica: "El fiel, una vez cumplidos los requisitos exigidos (por el sacramento), puede recibir o aplicar, durante un período prudente de tiempo, el don de la indulgencia plenaria, incluso cotidianamente sin tener que repetir la confesión. Conviene, no obstante que los fieles reciban frecuentemente la gracia del sacramento de la Penitencia, para ahondar en la conversión y en la pureza de corazón";

b) participar de la celebración de la Eucaristía cada vez que se desee obtener la gracia jubilar. Ésta simboliza de manera excelente la meta del camino emprendido de conversión, pues pone de manifiesto la alegría por el reencuentro con Jesús Buen Pastor en el banquete celestial.

En cuanto al momento de recibir la Eucaristía: "Es conveniente que la participación en la Eucaristía tenga lugar el mismo día en que se realizan las (otras) obras prescritas" (ib.), pero estos actos pueden separarse según lo aconsejen o exijan las circunstancias personales y pastorales;

c) manifestar cada vez la comunión con la Iglesia, y a tal efecto, orar por las intenciones del Romano Pontífice un Padre Nuestro, un Credo y un Ave María. Recomiendo agregar voluntariamente una súplica por las intenciones del Obispo diocesano.


III. Obras opcionales de misericordia y devoción, para obtener la indulgencia del Gran Jubileo

8. Supuestas las tres condiciones generales anteriores, es preciso agregar una obra de misericordia o devoción, que manifieste la voluntad del discípulo reconciliado con Dios y con los hermanos de continuar caminando por el camino que conduce a la vida (cf. Mt 7,13-14). Por ejemplo:

a) visitar a los hermanos necesitados o con dificultades (enfermos, ancianos solos, minusválidos, encarcelados, etc.), como haciendo una peregrinación hacia Cristo presente en ellos (cf. Mt 25,34-36). En cuanto al tiempo y modalidad de tales visitas: es la necesidad concreta y la moción espiritual que cada uno percibe las que los dictan. Sin embargo, cuando se quisiese hacerlas en forma programada y periódica a los institutos donde son atendidos nuestros hermanos sufrientes, recomiendo a los cristianos deseosos de realizarlas que se conecten oportunamente con los Equipos pastorales correspondientes de sus Parroquias o de la Arquidiócesis (por ejemplo, Pastoral de la Salud, o Penitenciaria, etc.). De este modo, el Gran Jubileo será una ocasión preciosa para acrecentar la pastoral ordinaria. Los equipos pastorales, por su parte, actuarán con magnanimidad, acogiendo cordialmente a los hermanos deseosos de colaborar para consolar a Cristo que sufre;

b) abstenerse de cosas o acciones superfluas (por ejemplo, tabaco, bebidas alcohólicas, gaseosas, golosinas, videojuegos, TV, cine, etc.), ayunar o hacer abstinencia, y dar una suma proporcionada de dinero a los pobres, directamente, o por medio de Cáritas parroquial o diocesana, u otra institución de bien público;

c) celebrar el día viernes como día penitencial, preparando con generosidad la ofrenda para la Misa del Domingo;

d) hacer un aporte significativo para obras de carácter religioso o social, especialmente en favor de la infancia abandonada, de la juventud con dificultades, de los ancianos necesitados; por ejemplo, a las Fundaciones Ntra. Señora de la Esperanza o San Javier, que atienden obras para hombres sin techo, o niños y niñas sin hogar;

e) aportar al Fondo Arquidiocesano COMPARTIR para la evangelización y promoción humana;

f) dedicar una parte conveniente del propio tiempo libre a actividades voluntarias de interés para la comunidad u otras formas parecidas de sacrificio personal. Por ejemplo: trabajar en Cáritas Parroquial o Arquidiocesana, atender el comedor parroquial, participar en misiones de verano, colaborar en la construcción de la capilla o del salón comunitario en especial en los barrios periféricos o colonias distantes, etc. ;

g) peregrinar a la Catedral, participando con devoción de la Santa Misa, o de otros ejercicios de piedad (Rosario, Via Crucis, Hora santa, etc.;

h) peregrinar a una de las cuatro Parroquias que están bajo el patrocinio de los Santos Patronos de la Arquidiócesis; a saber: Parroquias de la Inmaculada Concepción de la Virgen María (Barranqueras, Pcia. de la Plaza y Margarita Belén), y Parroquia San José Obrero, con las mismas condiciones de lo dicho para la Catedral;

i) peregrinar a la propia Parroquia o Capilla, según lo dicho arriba, durante la fiesta patronal o en los días preparatorios (novena, triduo, etc.);

j) visitar alguno de los lugares antedichos, en grupo o en forma individual, y permanecer allí un cierto tiempo en meditación espiritual; por ejemplo, contemplando del misterio de la encarnación y del nacimiento de Jesucristo;

k) participar los primeros jueves de mes de la oración comunitaria por las vocaciones eclesiásticas;

l) participar de la celebración eucarística presidida por el Obispo durante la visita que éste realice a cada una de las Parroquias durante el año jubilar, en los días designados al efecto;

m) participar de la celebración eucarística en los días que se imparte el sacramento de la Confirmación, sea por el Obispo o por su Delegado;

n) participar de alguno de los actos celebratorios del Gran Jubileo, organizados para los distintos sectores del Pueblo de Dios, según el calendario previsto.


IV. Sobre las Indulgencias y el Perdón

9. No me explayaré aquí sobre el sentido de las Indulgencias. Baste hoy remitirme a la conciencia que al respecto tiene el Pueblo de Dios. Igualmente, a lo que enseña el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. 1471-1479 y 1032) y la Bula Incarnationis Mysterium (cf. n° 9-10).


10. En cambio, siento la obligación de recordar brevemente una enseñanza cristiana fundamental: sobre el perdón al prójimo de las ofensas que haya cometido contra nosotros. Pues sin su práctica, el Jubileo no sería verdadero, y lo convertiríamos en un formalismo de tipo farisaico carente de espíritu evangélico.

Durante el año jubilar, hemos de abrir el oído espiritual a la enseñanza de Jesús en el Sermón de la Montaña, sobre el perdón al enemigo.

En la antigüedad, el israelita justo se complacía en la llamada ley del talión, pues ésta evitaba excederse en la venganza e infligía al ofensor una pena equivalente a la ofensa recibida: "Ojo por ojo y diente por diente" (cf. Mt 5,38-42). Jesús, en cambio, estableció una ley superior: la de pagarle al enemigo con el bien por el mal hecho: "Yo les digo: amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre buenos y malos, y hace caer la lluvia sobre justos e injustos" (Mt 5,44-45).


11. Durante el año jubilar convendrá que renovemos la antigua práctica cotidiana de rezar el Padre Nuestro, en lo posible tres veces por día: a la mañana al levantarnos, al mediodía al sentarnos a la mesa, a la noche al acostarnos. Y que lo recemos con fe, prestando particular atención a lo que decimos: "Perdona nuestras ofensas, como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido". Y que tengamos presente el comentario que hizo el mismo Jesús: "Si perdonan sus faltas a los demás, el Padre que está en el cielo también los perdonará a ustedes,. Pero si no perdonan a los demás, tampoco el Padre los perdonará a ustedes" (Mt 6, 12.14).

Sí. El perdón a los que nos hicieron el mal ha de ser el alma del año jubilar. Entonces estaremos seguros de que el Señor también nos ha perdonado.

A veces el mal nos lo hizo una persona distante, pero que nos ha perjudicado mucho. Otras veces, quizá, nos lo hizo una persona íntima. Si en el primer caso el perdonar tal vez sea difícil en virtud de la magnitud de la ofensa, en el segundo puede ser dificilísimo en virtud de la intimidad que nos liga con el ofensor (por ejemplo: los esposos, los hermanos, los parientes en general, los vecinos, los compañeros, etc.). En ambas situaciones el cristiano ha de ser ministro del perdón. Si lo hace así, de veras habrá ganado el Jubileo, y Dios lo habrá perdonado.


12. A pesar del escándalo que provoca a no pocos católicos, el Papa nos ha enseñado a pedir perdón. Y lo ha hecho comprometiendo toda su autoridad: "Como sucesor de Pedro, pido que en este año de misericordia la Iglesia, persuadida de la santidad que recibe de su Señor, se postre ante Dios e implore perdón por los pecados pasados y presentes de sus hijos. Todos han pecado y nadie puede considerarse justo ante Dios (cf. 1 Re 8,46). Que se repita sin temor: "Hemos pecado" (Jer 3,25)... Los cristianos están llamados a hacerse cargo, ante Dios y ante los hombres que han ofendido con su comportamiento, de las faltas cometidas por ellos. Que lo hagan sin pedir nada a cambio, profundamente convencidos de que ‘el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones’ (Rom 5,5). No dejará de haber personas ecuánimes capaces de reconocer que en la historia del pasado y del presente se han producido y se producen frecuentemente casos de marginación, injusticia y persecución en relación a los hijos de la Iglesia" (Bula n° 11).


13. Después de este ejemplo, ninguno de nosotros puede permanecer orgulloso en su propia tesitura. Yo, como Obispo, pido perdón porque una vez escandalicé a los fieles de la Catedral exigiendo, en forma un tanto desaforada, que un intruso despejase mi garaje, pues me impedía salir. Puede parecer una nimiedad, pero todavía me duele en el alma. Igualmente, si a alguien lo traté mal, sea por indiferencia, sea por dureza, le pido perdón. Y le suplico que pida al Señor para mí un corazón como el de Jesús Buen Pastor. Porque no hay nada más contrario al espíritu jubilar de la Iglesia, y nada más feo en un pastor, que el trato descuidado con sus ovejas. Si alguien - en especial entre los hombres públicos - se ofendió porque los diarios me atribuyeron palabras que no dije, no le puedo pedir perdón. Pero si una vez leído el texto completo, piensa que he sido injusto, le ruego que me lo señale. Y si de veras es así, no dudaré en pedirle perdón.

A los laicos les recuerdo la enseñanza del Concilio con respecto a la obligación que tienen de decirle la verdad a sus pastores: "Conforme a la ciencia, la competencia y el prestigio que poseen, tienen la facultad, más aún, a veces el deber, de exponer su parecer acerca de los asuntos concernientes al bien de la Iglesia. Esto hágase, si las circunstancias lo requieren, a través de instituciones establecidas para ello en la Iglesia, y siempre en veracidad, fortaleza y prudencia, con reverencia y caridad hacia aquellos que, por razón de su sagrado ministerio, personifican a Cristo" (Lumen Gentium 37).


14. A la Virgen María concebida sin mancha de pecado original,

a ella, la Madre terrena del Hijo eterno de Dios,

a ella, la Patrona de la Provincia del Chaco y de la Arquidiócesis de Resistencia, junto con San José Obrero,

a ella, hermana y madre espiritual nuestra,

a ella deseo dirigir la última contemplación de esta carta pastoral, para admirarla "conservando estas cosas en su corazón" (Lc 2,51), las cosas de la misteriosa encarnación del Hijo muy amado en su seno virginal, y de su maravilloso nacimiento en Belén, hace dos mil años, "cuando se cumplió el tiempo establecido, y Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer" (Ga 4,4).


15. Para todos ustedes imploro la gracia del Gran Jubileo, y de quedar atrapados por la contemplación del misterio del Nacimiento de Jesucristo. Les ruego encarecidamente que, a su vez, pidan a Dios este don para mí. Los abrazo con afecto, e imploro sobre ustedes la bendición de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

En la sede arzobispal de Resistencia, el ocho de diciembre de mil novecientos noventa y nueve, solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María, patrona de la arquidiócesis y de la provincia del Chaco.


Mons. Carmelo Juan Giaquinta
, arzobispo de Resistencia


Este documento fue publicado como suplemento
del Boletín Semanal AICA Nº 2243, del 15 de diciembre de 1999


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