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LA CRISIS DEL MATRIMONIO Y LA FAMILIA
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo
de Resistencia,
7
de setiembre de
2003
I. El abandono de los
ancianos
1. El número de las
víctimas del calor en Europa durante el pasado mes de agosto es
espeluznante. En especial en Francia. Según datos oficiales sólo allí
fueron 11.435. Pero más espeluznante es el número de muertos abandonados
por sus familiares. Más de seiscientos. 57 de las víctimas acaban de ser
inhumadas sin un solo familiar presente en el sector de indigentes del
cementerio Thiais, en Val de Marne, en una ceremonia privada a la que
concurrió el presidente Jacques Chirac. Con este gesto intentaron reparar
el abandono oficial y la falta de solidaridad de las familias francesas
con sus ancianos y débiles durante la tragedia (Clarín, 04-09).
Conviene remarcar que esta
tragedia de abandono familiar aconteció en la Francia de San Vicente de
Paul y de Ozanam. Es decir, en una nación de tradición profundamente
cristiana y humanitaria. Si esto acontece allí, ¿cuál futuro les espera a
los ancianos en otras tierras?
II. Los adolescentes
violentos
2. En la Argentina y
en el Chaco son los adolescentes los que nos tienen a mal traer. El diario
La Nación, en un reciente editorial, recuerda que, con pocos días de
diferencia, un alumno de 11 años agredió e hirió a una docente de una
escuela platense. En Resistencia, Chaco, tres estudiantes activaron una
granada de gas lacrimógeno en un aula, obligando a la maestra a saltar de
la planta alta al patio, por lo que sufrió la fractura de una pierna. En
otro hecho, tres menores, de entre 15 y 17 años, fueron identificados por
investigaciones policiales y judiciales como responsables de varios
secuestros exprés en la zona de Tigre, en el Gran Buenos Aires. Y
procurando desentrañar los factores que confluyen en esta situación –entre los que enumera la alteración de pautas éticas y morales en otros
tiempos consolidadas con firmeza, las concepciones facilistas, la nociva
influencia de la televisión en los niños con la permanente difusión de
violencia en horarios de protección al menor, la drogadicción– el
editorial de La Nación señala en primer lugar “el debilitamiento de los
lazos familiares y del propio concepto de familia” (01-09).
III. La crisis de la
familia
3. Por lo visto, los
dos diarios nacionales más importantes reconocen que en la base de ambas
situaciones está la crisis de la familia. Después de una vida de fatiga y
de donación a los seres queridos, los ancianos no encuentran en ella un
ámbito que los ampare. Ni los adolescentes que despiertan a la vida tienen
en ella el cauce que oriente sus fuerzas vitales. La familia que, por
definición, es el ámbito del “famulare”, del servicio recíproco, se ha
convertido en una especie de albergue transitorio, del cual cada uno sale
para sus asuntos personales y al cual vuelve para satisfacer necesidades
elementales. Pero ya no es la “domus” o casa de todos, ni es el otro el
que importa.
4. ¿Cuáles son las
causas de esta crisis? Y tanto las internas, que llevan a que los miembros
de la familia se desconozcan recíprocamente. Y las externas, que
acrecientan la crisis o que incluso la provocan.
Ante el descalabro de la
familia y las funestas consecuencias sociales que de ello se originan, a
muchos les entra la desesperación por hacer algo. ¿Qué? No lo saben. Es
natural que miren las consecuencias y no las causas. Y entonces echan mano
al primer recurso que les parezca eficaz. Por ejemplo, ante el pulular de
chicos de la calle, en Brasil inventaron una especie de rifle sanitario:
fuerzas parapoliciales que los acribillan a mansalva. ¿Quién duda que
hacen algo?
Hay que hacer algo. Y
entonces la autoridad pública se deja convencer que su obligación de
impartir una educación sexual moderna la cumplirá no ya mediante un
conocimiento adecuado dado a los adolescentes sobre el sentido y uso
racional del instinto sexual, y un trabajo complementario con los padres
de los alumnos, sino mediante la distribución de millones de preservativos
provistos por las farmacéuticas multinacionales, que los fabrican seguros,
placenteros y a bajo costo.
Hay que hacer algo. Y
entonces, en vez de favorecer la vida humana, el legislador reivindicará
el aborto como un derecho cuyo ejercicio dignifica a la mujer.
Hay que hacer algo. Y
entonces, en vez de cuidar a los ancianos que dieron todo por la familia,
se propondrá pronto su eutanasia, entendida como la promoción activa de su
muerte una vez que dejaron de ser útiles.
Hay que hacer algo. Y
entonces... Y así, hasta llegar al abismo de la política familiar actual,
que es todo lo contrario de lo que debe ser: en vez de favorecer a la
familia, declarar que todas las uniones valen lo mismo y tienen los mismos
derechos. Muerto el perro se acabó la rabia. Liquidada la familia, la
autoridad piensa que ya no habrá más problema familiar, ni necesidad de
una política costosa que la fortalezca.
¿Cuál será el próximo
peldaño a descender en el camino de la destrucción de la familia? ¿Sobre
estas bases de destrucción familiar pensamos que se pueda construir una
sociedad política pacífica, que promueva el bien común?
5. El reciente
documento del Episcopado, “Navega Mar Adentro”, que actualiza las líneas
pastorales para la Nueva Evangelización, propone “la crisis del matrimonio
y la familia” como uno de los grandes desafíos que se le presentan a la
Iglesia para evangelizar al mundo de hoy (ver nn. 40-44). Su lectura puede
ayudar como un buen disparador para verificar la gran crisis en la que
estamos inmersos, y que el documento llama “crisis de la civilización”, y
que tal vez sería mejor llamarla “crisis de los valores”.
6. Pero no se llegó
a la crisis actual de la familia sin la responsabilidad de muchos
cristianos. Hace cuatro décadas era moneda corriente escuchar, incluso en
ambientes clericales, la siguiente frase: “una Iglesia tradicional se
preocupa de la familia y de la educación. En cambio, una Iglesia
progresista se preocupa por la liberación del imperialismo”. No se tenía
idea entonces de cómo el imperialismo político y económico de las grandes
potencias y de las multinacionales ya estaba echando mano de la veta tal
vez más rica para hacer los negocios jamás imaginados: la vida humana y la
familia.
Pero creemos que, a pesar
del descalabro de la familia y de las fallas en que hayamos caído los
cristianos, su evangelización es posible.
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
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