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ALGUNOS DESAFÍOS
PARA CONSTRUIR UNA CONCIENCIA CIUDADANA
Charla de Carmelo Juan Giaquinta, Arzobispo de Resistencia, en las
Octavas Jornadas Bases para el Desarrollo Chaqueño, el 26 de septiembre de
2003, en la Casa de Encuentros “Jesús de Nazaret” de Puerto Tirol
INTRODUCCIÓN
1. Algunas observaciones antes de comenzar, en cuanto al objeto,
título y enfoque de esta conferencia.
*
Primero, sobre los desafíos. Entiendo la palabra en el sentido corriente.
Es decir, como dificultad a superar, que pone a prueba nuestra
inteligencia y fortaleza, y que encierra una promesa o posibilidad cierta
de victoria.
*
Segundo, mi exposición será necesariamente restringida. No pretenderé
hacer una exposición exhaustiva de los desafíos y de las
soluciones. De allí, el título “algunos desafíos”. Y los expondré a
medida que afloren en mi memoria.
*
Tercero, en vez de hablar de “nueva sociedad chaqueña”, como dice el
programa de estas Jornadas, me referiré a “la conciencia ciudadana”,
porque es esto de lo que me importa hablar, dado que sostengo que en la
plasmación de la conciencia ciudadana estriba la principal solución de los
desafíos que hemos de enfrentar los argentinos. Porque si bien en nuestro
País hay treinta y siete millones de habitantes, hay muy pocos ciudadanos.
*
Cuarto, me desplazaré con libertad de lo provincial a lo nacional, y
viceversa, pues son dos dimensiones necesariamente entrelazadas.
*
Quinto, mi óptica será necesariamente pastoral. No pretenderé prescindir o
suplantar la mirada de nadie: del político, del economista, del
científico, del historiador, del hombre de la cultura, del periodista. En
cuanto pueda, me aprovecharé de todas esas miradas, pero será
esencialmente una mirada desde la óptica del pastor. Y, por tanto,
procurando desentrañar las raíces más profundas de los desafíos argentinos
que, según dijimos los Obispos reiteradas veces, son de orden moral. Y,
por lo mismo, involucrando a los cristianos y a la Iglesia, tanto en el
surgimiento de los desafíos cuanto en la superación de los mismos.
PRIMERA PARTE: LOS DESAFÍOS ARGENTINOS
I. DIMENSIÓN DE LOS DESAFÍOS
2. Los desafíos argentinos se han puesto de manifiesto
descarnadamente el 20 de diciembre de 2001 con la renuncia del Presidente
De la Rúa y el consecuente colapso político-económico de la República.
Pero no se originaron en esos hechos. Son de data mucho más vieja. ¿Desde
cuándo? Tengo la impresión que toda mi existencia (nací en 1930, y me
bautizaron pocos días después de la Revolución del 6 de septiembre),
coincide con la decadencia argentina. Y que incluso viene desde mucho más
atrás. Ésta, al comienzo imperceptible, se fue acentuando gradualmente con
las diferentes revoluciones militares y vueltas a la democracia casi
siempre fallidas, y con los ensayos de diferentes recetas económicas, pues
se pensaba que el problema argentino era principalmente de ese orden y que
con ellas se le daba solución. Hasta que por fin todo el edificio de la
República comenzó a bambolearse, y finalmente se desplomó. Sucedió lo que
tenía que suceder. Puestas aquellas causas debían producirse estos
efectos.
3. En cuanto a la superación de los desafíos: nada permite decir
que ésta ya se haya logrado a partir de las recientes elecciones, las del
27 de abril y las del 14 de septiembre. Si bien hoy tenemos un cierto
respiro, y por el momento no nos vemos amenazados por nuevos derrumbes
como en enero de 2002, es sabio suponer que una crisis tan profunda no
pudo ser superada en tan corto tiempo y con tan poco esfuerzo. Habremos de
resistir la tentación de pensar que lo que pasó el 20 de diciembre fue tan
sólo un mal rato. Y que ha vuelto a funcionar la Argentina grande y rica
de siempre, el País maravilloso dado por Dios que es argentino, y que
nadie ni nada es capaz de hundir.
4. No obstante, cabe preguntarse si hay atisbos de tal superación.
Nadie lo puede negar. Pero no me animo a afirmarlo categóricamente. Y
desconfiaría de quien así lo hiciese. Muchos de los peores vicios
acostumbrados en las elecciones argentinas han reaparecido. E incluso
aparecieron algunos nuevos. Como siempre hemos quedado satisfechos con la
limpieza del acto eleccionario. Pero como siempre omitimos examinar todo
el proceso de las elecciones. Los partidos, que se afanan por llevar a la
justicia el menor desliz descubierto durante las mismas, se cuidan muy
bien de enarbolar la causa de la reforma política. Las listas sábanas
siguen desplegadas como banderas al viento. Continúa vigente la degradante
costumbre de la compra de votantes mediante la entrega de mercaderías. En
algunas partes se ha dado una vergonzosa manipulación de las encuestas de
opinión y a boca de urna. Y, sobre todo, está totalmente ausente la
autocrítica que los grandes partidos argentinos le deben a la Nación. Su
colapso está íntimamente relacionado con la crisis de éstos, y ciertamente
son los máximos responsables del mismo. De la ausencia de tal autocrítica
sólo cabe esperar muchos y peores males que los ya sufridos.
5. Algún optimista dirá que estoy omitiendo el factor “K”. De
ninguna manera. Sé bien cuanto puede incidir un hombre público en la
suerte de un pueblo. Por ello ruego fervientemente por el éxito de la
gestión del presidente Kirchner. Pero sé también que ningún hombre público
es capaz por sí sólo de decidir la suerte de una nación. La historia
comparada de las naciones modernas muestra que, tanto en la provocación de
sus desgracias como en su reconstrucción, se han conjugado siempre tres
factores: el líder político (sin olvidar las instituciones), el partido y
el pueblo. Por ejemplo, Hitler y Mussolini manejaron partidos
totalitarios, con los cuales domesticaron a sus pueblos, y así éstos
marcharon a la ruina. Adenauer y De Gasperi organizaron partidos
democráticos, con ellos suscitaron la adhesión de sus pueblos, y los
llevaron a la construcción de dos de las democracias y economías más
fuertes del mundo.
6. Sin despreciar los signos positivos de recuperación que pudieren
atisbarse, los argentinos habremos de permanecer vigilantes por mucho
tiempo, y deberemos verificar paciente y concienzudamente que, dirigentes
y ciudadanos, individuos y sectores sociales, cultivamos en forma habitual
las cualidades morales que exige la construcción de una conciencia
ciudadana y la organización de una convivencia auténticamente democrática.
II. EL GRAN DESAFÍO: LOGRAR LA IDENTIDAD NACIONAL
7. Puesto a meditar sobre los Desafíos argentinos, éstos se me
vienen a la imaginación como pájaros en bandada. Primero, todos los
desafíos reflexionados en la Mesa del Diálogo Argentino. Y ésta en las dos
versiones: 1ª) la Mesa oficial, convocada por el Gobierno nacional el 14
de enero de 2002, y que concluyó el 9 de julio del año pasado; 2ª) la Mesa
ampliada, que está en marcha. Después, se me vienen encima todos aquellos
desafíos que hablan directamente de la crisis moral de la Argentina.
Pero ¿no
habrá algún desafío de fondo, del cual los demás sean como su
manifestación, y que de algún modo los unifique a todos?
8. En el fondo-fondo de la cuestión, existe una fundamental: los
argentinos hemos tenido una falsa autocomprensión de nosotros mismos, que
no se correspondía con la realidad. De allí, muchos comportamientos
equivocados cuando nos encontrábamos con gente de otros pueblos,
especialmente con latinoamericanos. Hasta no hace mucho, no tolerábamos
ser considerados como tales. Cuando salía el tema, siempre teníamos una
apostilla que agregar: “pero nosotros no somos latinoamericanos como
los otros, como los mejicanos, los brasileños, o los caribeños”. Nos
creíamos una versión sudamericana de Europa, pero sin percibir que no
existe el europeo a secas, como tampoco el latinoamericano a secas. Cuán
saludable hubiese sido percibirnos como parte del concierto de naciones
latinoamericanas, con valores comunes, sin negar las diferencias, pero sin
acentuarlas de manera tan áspera como lo hacíamos. Hubo una adivinanza
amarga que circuló en América Latina que muestra la reacción de los
latinoamericanos ante la actitud engreída de los argentinos: “¿Sabes
cuál es el negocio más rentable? Comprar a un argentino por lo que vale y
venderlo por lo que cree que vale”.
9. El autoengaño sobre el argentino nos llevó también a engañarnos
sobre la Argentina. El hecho de que nuestro territorio fuese extenso nos
indujo a pensar que por ello mismo la Argentina era grande. La variedad de
climas y de tierras la interpretamos como riqueza real en vez de
calcularla sólo como riqueza potencial a la espera del trabajo humano.
Supusimos que la mayor presencia de sangre europea era un certificado de
superioridad racial del argentino, y por tanto de preeminencia en todos
los campos (económico, político, científico, cultural, deportivo), aún al
margen de todo esfuerzo. Actitudes del todo infantiles, que nos han
llevado a construir una Argentina vistosa pero frágil, como un castillo de
arena en la playa.
10. Varias veces, en conferencias y ensayos, he recordado mis
experiencias sobre el autoengaño en que hemos vivido los argentinos. La
última lo hice en un artículo reciente con ocasión de los 75 años de la
revista Criterio: “En un mundo a oscuras, ¿la Argentina, un faro que se
apaga?” (Criterio, abril 2003, pp. 144-149). Y poco antes, en febrero de
este año, en un panel organizado por el Consejo Superior de Educación
Católica (Consudec), sobre la “Crisis de identidad en la cultura
argentina”, (cf. C. J. G., “Rescatar y renovar la identidad argentina a
partir de la Escuela”, en Consudec, n° 951, abril, 2003, Cuaderno n° 22).
Por ello, hoy más que recordar experiencias que muestren lo equivocados
que hemos estado sobre nosotros y sobre la Argentina, conviene que nos
preguntemos sobre las causas de tal equivocación.
Ésta
tiene raíces mucho más profundas que las que propuse en el panel de
Consudec, donde partí del surgimiento del estatismo argentino con la
Revolución de 1930. No se trata ahora de investigar las causas
retrotrayéndonos hasta Adán y el pecado original. Pero es bueno hacernos
la pregunta: ¿de dónde partir para comprender nuestra falsa
autocomprensión como argentinos?
La generación del 80: identidad inconclusa
11.
Para algunos la crisis argentina se origina en el abandono de los ideales
de la generación del ochenta. Para los chaqueños, 1880 es una fecha muy
significativa porque nos habla de la llegada de los inmigrantes del Friuli.
Y simultáneamente nos lleva a fechas inmediatas anteriores en las cuales
el territorio del Chaco se integró al territorio nacional.
La
generación del 80 significó mucho para la Argentina: inmigración europea,
ferrocarriles, establecimiento de industrias para la elaboración de la
materia prima, escuela pública gratuita y obligatoria, integración al
mundo.
No
pretendo hacer aquí una valoración de todo lo positivo que aportó esa
generación, a la que se debe sin duda el momento de esplendor que conoció
la Argentina a comienzos del siglo XX. Pero como toda obra humana, fue
también una obra imperfecta. Ahora, más que canonizarla o condenarla lisa
y llanamente, como solemos hacer, deberíamos perfeccionarla. Pues la
crisis de identidad argentina posiblemente se origine en el abandono de
algunos elementos fundamentales de lo que hizo esa generación, y también
en sus omisiones y desaciertos.
Confusión sobre nuestros orígenes
12.
Uno de los principales desaciertos del 80 posiblemente haya sido el
iluminismo de creer que la Argentina no tenía pasado. Que todo comenzaba
entonces, o a lo sumo en 1810.
A pesar
de todos los méritos de mi escuela primaria, en ella se nos inculcó el
desprecio por “la Colonia”; es decir, por nuestros orígenes criollos; y,
por tanto, hispanos e indígenas. Nos decían que habíamos nacido con la
Revolución de Mayo, sin distinguir entre nación y estado independiente.
Los tres siglos anteriores desde que los españoles habían ingresado con
sus naves en el Río de la Plata en 1515, prácticamente no contaban. Un
período de tiempo mucho más largo que los 193 años vividos desde entonces,
y que ciertamente dejaron su impronta profunda en nosotros, eran borrados
de un plumazo. Mucho menos contaban los siglos anteriores a los españoles:
siglos de indígenas afincados en los Andes y relacionados con los incas
del Perú; siglos de indígenas cazadores y recolectores en las selvas y
llanuras, relacionados con los aborígenes de la Amazonia. Y por lo mismo,
no contaba la población criolla e indígena. Recuerdo haberme ofendido
siendo estudiante en Roma cuando me preguntaron sobre el porcentaje de
población indígena que tenía la Argentina.
13. Hay una ley en el ser humano: quien no conoce o desconoce a su
madre, pena durante toda su vida buscándola. ¿No ha sucedido esto con el
argentino que desconoce su herencia telúrica y “colonial”? Hubo que
esperar al coronel Perón y a Evita en 1945 para que los “cabecitas negras,
“flor de ceibo”, “grasitas”, volviesen a tener un lugar en la Nación. Pero
¿no eran acaso ellos los habitantes más antiguos de estas tierras? ¿No
fueron ellos los que engrosaron los ejércitos de Belgrano y de San Martín,
y lucharon por nuestra independencia de España?
14. La respuesta al desafío del desconocimiento de nuestros
orígenes necesita de una escuela realista, amante de la verdad, por encima
de todo maniqueísmo, que reconozca la profunda unidad del género humano y
aprecie el valor del intercambio cultural entre los pueblos. Igualmente,
que adopte estas mismas actitudes frente a la realidad argentina y
chaqueña. Y, por cierto, que trasmita valores morales, y no sólo
conocimientos accesibles hoy de muchas otras maneras.
La
Iglesia también tiene una gran tarea a cumplir en este campo. Su dogma
fundamental, el de la encarnación del Hijo de Dios, la capacita muy
especialmente para ello.
Enfrentando la globalización: dolorosa metamorfosis del argentino
15.
Al reflexionar sobre los desafíos argentinos, no podemos omitir el
fenómeno inmigratorio vivido desde 1870 a 1930, con su colofón entre 1945
y 1960. Fenómeno colosal, como lo han vivido pocas naciones del mundo. En
esos años la Argentina se europeizó, y Europa se mestizó en la Argentina.
El italiano se casaba con la irlandesa. La gallega con el vasco-francés. Y
el friulano con la paraguaya. En mi escuela primaria sólo el papá de un
compañero, Carlitos, era argentino. Hoy los mayores nos asombramos que
nuestras actuales madres y abuelas no sean más españolas o italianas, y
que ya no es posible cantarle a “la oma, que era una linda alemana”. Y
advertimos con cierto temor que estamos dejando de ser blancos para
volvernos mestizos, igual que los demás pueblos latinoamericanos, pues
nuestras madres y abuelas son ahora de tierra adentro, y paraguayas,
bolivianas o chilenas del sur. En las escuelas del Gran Buenos Aires es
difícil encontrar un solo apellido gringo en la lista de los alumnos, pues
todos son hispanos y de la época colonial. Lo mismo que si estuviésemos en
una escuela de Colombia.
16. ¿Los argentinos estamos perdiendo la identidad? ¿O la estamos
readquiriendo? Pero esto no podrá darse volviendo simplemente a la
Argentina de “la Colonia”, pues no en vano han pasado 193 años desde 1810.
Ni tampoco ha sucedido en vano el proceso inmigratorio.
17. ¿Pero qué significa el fenómeno moderno a la inversa, o el
retorno de los argentinos a la tierra de sus abuelos? ¿Responde sólo al
ansia de progresar, como la tuvieron los abuelos al embarcarse para la
Argentina? ¿Es una respuesta transitoria al estímulo que se da desde
Europa por medio de la doble nacionalidad para enfrentar los problemas que
causan la baja natalidad del viejo continente? ¿O tal vez hay causas
internas que hacen que muchos argentinos se sientan incómodos en la tierra
que los vio nacer y los empujan a emigrar?
18. En la Argentina se precisa una política poblacional. Mi
ignorancia en esta materia es grande. Sin embargo, me permito decir que no
advierto ninguna política al respecto. Excepto el voluntarista proyecto
del ex presidente Alfonsín de llevar la capital de la República a
Viedma-Carmen de Patagones, - que me encantó -, ni se piensa en poblar la
Patagonia. Nos pareciera lo más normal que ésta debe seguir siendo un
espacio vacío. Y nos ponemos nerviosos y sacamos a relucir el cuco del
Plan Andinia, según el cual los israelíes proyectarían fundar allí un
estado judío, en vez de pensar que la tierra que poseemos pertenece
primeramente a toda La humanidad, y que la soberanía argentina sobre esos
territorios no es un valor absoluto, sino el derecho y el deber que nos
han confiado Dios y la historia de administrarlos “para todos los hombres
del mundo que quieran habitar el suelo argentino” (Constitución nacional,
Preámbulo). A pesar de nuestra larga tradición inmigratoria, hoy no
estamos en condiciones de prestar ayuda a los millones de refugiados que
hay en el mundo. Es penoso el trato que hemos dispensado a los laosianos
que vinieron a la Argentina. Incluso, con un País despoblado, no sabemos
cómo acoger a los pueblos vecinos que quieren venir a trabajar.
19. El problema muestra toda su gravedad cuando observamos la
política poblacional interna. ¿Con qué criterios se sigue impulsando el
crecimiento del Gran Buenos Aires? ¿Qué significa el fondo de reparación
histórica del que se beneficia el primer Estado argentino? ¿Por qué no se
piensa más bien en reparar a las Provincias marginales cuya riqueza y
población es succionada desde Buenos Aires? ¿Cuáles son las políticas que
se trazan en las Provincias para que la gente florezca en su propia tierra
y no se sienta empujada a irse a las capitales? ¿A qué criterios responden
los planes de vivienda que se construyen en las periferias de las ciudades
del interior?
20. En la misma Iglesia, no entendemos el desafío que la emigración
interna plantea a la pastoral. Son muchos los adolescentes que emigran sin
escuela completa y sin catequesis de iniciación cristiana. Pero ello nos
preocupa poco. La emigración no es un simple cambio de domicilio. Es un
drama humano y pastoral. Insertarse en una nueva comunidad cristiana puede
demandar años. De modo que emigrar sin catequesis puede implicar la
pérdida de la fe y el agravamiento del drama de la emigración. ¿Nos lo
planteamos los pastores? A veces hacemos interminables discusiones sobre
la edad para la catequesis de comunión y de confirmación, pero
permanecemos totalmente ajenos al drama real de la gente que se siente
constreñida a buscar el pan material en otra tierra. ¿Lo podrá encontrar
si se marcha desprovista del pan espiritual que brinda la catequesis?
Necesidad de equilibrar la macrocefalia bonaerense
21.
El gigantismo de Buenos Aires nos marcó fuertemente a los argentinos.
Desde los libros de textos de mi escuela primaria se nos metió la idea de
que éramos grandes porque Buenos Aires lo era. Recuerdo el cuadro
comparativo de las grandes ciudades del mundo. Buenos Aires venía casi
enseguida después de Nueva York, Tokio y Londres. Y si mal no recuerdo,
antes de París y Berlín. Roma, en cuanto a extensión y población, era casi
una aldea en comparación con Buenos Aires. Y no figuraba ninguna ciudad
latinoamericana: ni México, ni San Pablo.
Pero en
1980, cuando fui a Río Negro como Obispo auxiliar de Viedma, hice un
descubrimiento doloroso. Residía en el Alto Valle, y me impresionaba su
pujanza a pesar de la crisis. A los tres meses tuve que hacer un viaje.
Buenos Aires, mi ciudad natal, lucía hermosa desde el avión. Sin embargo,
al verla brotó en mí un sentimiento de profunda tristeza. ¿Qué comparación
podía sostener ese gigante de cemento frente a la personalidad de las
pequeñas ciudades del Alto Valle? “¡Qué lástima!, me dije. Somos una
Nación con una megápolis de diez millones de habitantes, y no una con cien
ciudades de cien mil”. Un País con una cabeza desproporcionadamente grande
y un cuerpo largo, raquítico y despoblado.
La
macrocefalia del Gran Buenos Aires hace a la idiosincrasia argentina y la
deforma profundamente. Lo que no acontece en Buenos Aires es como si no
aconteciese. Lo que no se dice allí es como si nunca hubiese sido dicho.
Prácticamente todos los aviones de Aerolíneas Argentinas parten de Buenos
Aires y duermen allí. El dicho “Dios está en todas partes, pero atiende en
Buenos Aires” es más que una ironía.
22. Lo peor es que el fenómeno porteño tiende a repetirse en casi
todas las provincias: gran capital y territorio provincial despoblado.
Mientras las inundaciones de 1998 no le tocaron la cola a Resistencia,
éstas no eran noticia. Hoy que la sequía azota al Chaco y se está muriendo
el ganado, ésta no ha merecido aún el titular de los diarios. Se dice que
el porteño (y el granbonaerense también lo es) no mira más allá de la
avenida General Paz. Y es verdad. Yo suelo decir que los resistencianos
hacen lo mismo que los porteños, y se ofenden. Pero también es la pura
verdad.
23. El “porteño”, tan denostado con la boca, se ha generalizado en
la Argentina. ¿Hay algún argentino que no se haya “aporteñado”?. ¿O que no
aspire a serlo? Por “porteño” o “aporteñado” entiendo a todo aquel que
vive de espaldas al campo y a costillas de él. Es “aporteñado” no sólo el
estanciero que vive en la ciudad y goza del campo sin sudar. Lo es el
diputado nacional que en Buenos Aires se olvida de su provincia. El
profesional que no entiende que la educación universitaria recibida fue
gratuita en buena medida gracias al trabajo de los niños que abandonan la
escuela primaria. El empleado estatal que se comporta como si fuese el
único trabajador cuyas exigencias deben ser satisfechas. El productor
mediano que tiende a imitar las patrañas del hombre de ciudad. Hoy me
pregunto si hice bien en 1998 en intervenir ante el presidente Menem para
que se concretasen los 50 millones para créditos de honor prometidos por
Felipe Solá. ¿La mayor parte de ese crédito fue invertido en el campo
devastado por las inundaciones? ¿O se desviaron hacia los vicios de la
ciudad?
Que la
ciudad (o sociedad) argentina se ha construido a espaldas y a costillas
del campo es una conclusión que he sacado de años de andar por las
colonias de Misiones, y con ella coincide mi actual experiencia chaqueña.
24. La macrocefalia de las ciudades exige el crecimiento
desproporcionado del Estado y del empleo público. Y es normal que así se
haga. Pues ¿de qué va a vivir la gente si la amontonamos en una ciudad sin
industrias? No hay más remedio que inventar empleo público, así sea
ficticio, o condenarla a vivir de la basura, o del robo a mano armada. ¿Es
éste el ideal de ciudad y sociedad elaborado por nuestros partidos
políticos, y que quieren impulsar nuestros dirigentes? ¿Pero no es ello
una locura?
25. Que el “aporteñamiento” argentino estaría en auge, lo
demostraría el creciente entusiasmo por el Tango. Lo he visto bailar y muy
bien en Colonia Baranda, un pequeño pueblito del Sur chaqueño, alejado del
asfalto. ¿Es verdad que nuestros chicos de campo expresan algo muy hondo
cuando bailan al ritmo del dos por cuatro? No lo puedo creer. Pero creer o
reventar, dice el refrán. Así pareciera ser. Y yo que soy porteño, y
expreso mis dudas sobre la capacidad del tango para expresar no sólo al
porteño del Abasto, sino al argentino, soy mirado como un extraterrestre.
26. El fenómeno del “aporteñamiento” tiene sus repercusiones
también en la Iglesia. A veces los curas mayores miramos con aprensión
cómo un muchacho que bajó de los cerros para ingresar al Seminario siente
dificultad en acompañar al Obispo a lomo de mula en las visitas
pastorales, y aspira más bien al automóvil financiado por los católicos
alemanes para andar por la ciudad. Formados en Seminarios que funcionan en
ciudades, a los clérigos muchas veces nos cuesta convencernos que hemos de
hacer una pastoral para el hombre de campo. Alegamos que éste se está
despoblando. Pero muchas veces no intentamos siquiera dar una mirada a la
realidad rural. Ni pensamos que sea preciso adecuar a ella las normas
pastorales pensadas desde la ciudad.
El estatismo argentino
27.
El gigantismo de Buenos Aires alentó en parte el gigantismo del Estado
argentino. Lo cual vale también de casi todas las capitales de Provincia.
Pues, como se dijo arriba, ¿de qué se puede vivir en una ciudad no
preparada para recibir un aflujo desmesurado de inmigrantes rurales y sin
las fuentes de trabajo necesarias para atender los requerimientos
laborales de los mismos? La forma menos deshonesta pareciera ser alentar
el crecimiento del Estado. Lo cual no deja de ser una perversión. Porque
la finalidad del Estado no es crear puestos de trabajo, sino administrar
justicia y promover el bien común. Para lo cual ha de contar con
estructuras adecuadas. Y contra lo cual conspira la creación
indiscriminada del empleo estatal. La cual, a su vez, origina muchos otros
males económicos y morales.
28. Con esto no olvido que anteriormente el Estado argentino se
restringió muchas veces a cumplir la función de policía a favor de los
poderosos, realizando incluso matanzas de aborígenes y de trabajadores.
Hechos lamentables que convendrá recordar.
Pero lo
cierto es que el Estado argentino se desmadró. Y no sólo en cuanto al
número de empleados, sino en cuanto a su misión en la sociedad. A partir
de 1930, y sobre todo bajo el peronismo y el radicalismo, durante sesenta
años el Estado llegó a ser omnipotente y omnipresente. Incluso durante la
ola neoliberal de 1990 del ex presidente Menem, y a pesar del desguace de
las empresas del Estado, éste no dejó de crecer.
En la
conciencia colectiva el Estado es considerado todavía como un dios, que
existe desde siempre, que todo lo puede, a quien nada malo nunca le podría
suceder. Hasta las deudas de los particulares fueron asumidas por el
Estado. Y ello se hizo sin la menor conciencia de que las deudas de
terceros que el Estado asumía las pagaba proporcionalmente el resto de los
ciudadanos, que no eran consultados al respecto. Una verdadera concepción
mágica.
No
pienso que tal concepción del Estado haya sido superada. Para muchos el
fracaso del neoliberalismo de los 90 probaría lo buena y justa que habría
sido la concepción estatista anterior, y que el futuro argentino
consistiría en volver a ella.
29. Pero más que el daño económico, el peor efecto del estatismo ha
sido la degradación espiritual y psicológica que provocó en muchos
sectores del pueblo: pérdida de la confianza en sí mismo para enfrentar
los problemas personales y familiares; descenso en la calificación
profesional; esperanza falaz de que el Estado soluciona todo; actitud
pedigüeña y protestona.
III. SIETE VICIOS CAPITALES ARGENTINOS
30. He señalado algunos de los desafíos que hemos de enfrentar para
crear una conciencia ciudadana que nos permita ser una Nación moderna y
democrática. A saber: 1°) retomar el espíritu emprendedor de la generación
del 80, y superar sus limitaciones; 2°) aclarar la confusión sobre
nuestros orígenes, y reconocer la existencia y el protagonismo de la
población criolla y aborigen; 3°) analizar la dolorosa metamorfosis del
argentino, y trazar una política poblacional; 4°) comprender la incidencia
del gigantismo de Buenos Aires y de las capitales de Provincia en la
configuración de la República, y corregir las distorsiones; 5°) comprender
el dinamismo de la concepción estatista de la vida en la plasmación de un
tipo humano pasivo, y reaccionar creativamente. Todo esto configura el
gran desafío a enfrentar y que hemos llamado “búsqueda de la identidad
nacional”.
La
superación de estos desafíos no puede hacerse con declamaciones. Exige una
escuela y una catequesis nueva. Y además el debate sincero de estos
problemas en la sociedad (en la prensa, en los partidos políticos, en el
parlamento), y la adopción de políticas de Estado.
31. Para que el debate sea provechoso, conviene señalar todavía
algunas características que son como vicios capitales del argentino, con
los cuales tenemos que ser impiadosos y criticarlos con severidad, porque
son verdaderas excrecencias surgidas junto con los desafíos mencionados,
los cuales nos incapacitan para la convivencia ciudadana y democrática.
Por
cierto que la propiedad de tales vicios no es exclusiva nuestra. Por
ejemplo, George W. Bush, a pesar de su pinta de cowbay simpático, en Irak
se ha mostrado prepotente y mentiroso. Pero ello no es argumento para que
los argentinos persistamos por ese camino. “Mal de muchos, consuelo de
tontos”, dice el refrán.
Desconocimiento de lo público (1°)
32.
El argentino desconoce lo público. Desde la señora elegantísima que ocupa
con su auto la salida de mi garage y me impide ir a cumplir mis tareas
pastorales, hasta el vecino humilde que tira la basura en una calle de
tierra. En ambos extremos de la escala social y a lo largo de toda ella,
hay muchísima gente en la Argentina que no tiene sentido de lo “público”.
En vez de pensar que es lo que pertenece a todos, piensa que lo público no
es de nadie. Y que, por tanto, con ello se puede hacer lo que a uno se le
antoje. Si lo público es de nadie, ¿qué noción se puede llegar a tener de
la República?
Falta de respeto a la ley (2°)
33.
La falta de respeto a la ley es otra característica del argentino. Basta
observar la cantidad de motociclistas que pasan con el semáforo en rojo.
La ley no es respetada en ninguna de sus instancias. Ni cuando es dictada
(llama la atención la chatura conceptual de los fundamentos de muchos
proyectos de ley). Ni cuando ha de ser cumplida por los ciudadanos. Y
tampoco es castigado su incumplimiento.
Dije
muchas veces que en la Iglesia deberíamos revisar el mal que habría hecho
la vieja teoría moral ampliamente difundida por muchos moralistas
católicos de que “la ley civil es meramente penal, y que no obliga en
conciencia”. Se lo afirmaba irresponsablemente sin distinguir entre ley
justa e injusta, ni entre ley positiva inicua y ley natural.
Prepotencia y matonismo (3°)
34.
Otro rasgo que nos avergüenza, incluso ante los pueblos vecinos, es la
prepotencia o matonismo. Ésta es la prevalencia de la fuerza sobre la
razón. Con frecuencia tal fuerza tampoco existe, y entonces es el colmo
del papelón. La TV muestra muchos ejemplos de matones, a quienes con
frecuencia se los ensalza: deportistas, políticos, sindicalistas. ¿No
hemos visto a un senador argentino que en Brasil se negó a pagar una multa
porque era senador?
Falta de palabra (4°)
35.
Nuestros abuelos, que no sabían firmar, se valían de “la palabra de
honor”. Y la cumplían aún con gran sacrificio. Nada más vergonzoso que
faltar a la palabra dada. Pero tristemente la palabra como valor social ha
ido desapareciendo. “Uomini senza parola”, le escuché una vez decir en
Italia a un anciano que recordaba con amargura sus años vividos en la
Argentina. Hace décadas se introdujo la praxis del “cheque volador” sin
fondos. Prácticas como ésa han roto la amistad social entre los
argentinos. Incluso hemos salido a engañar a los ancianos japoneses, para
que invirtiesen en los papeles argentinos sus ahorros para pasar su vejez.
Sólo Dios sabe cuánto nos costará recobrar el honor ante los pueblos del
primer mundo, a cuyos ancianos hemos engañado. Lo más triste es que los
argentinos no sentimos vergüenza porque casi nadie tiene conciencia de las
fechorías que hemos cometido como nación a nivel internacional. Nuestros
gobernantes persisten en mantenernos engañados sobre la gravedad moral de
la deuda. Los intereses a pagar y capitales a devolver no son todos de
capitales buitres. Ni todos pertenecen a préstamos de entes
internacionales. Hay cientos de miles de pequeños ahorristas que creyeron
en la palabra de la Argentina.
Espíritu tramposo (5°)
36.
De la mano de la falta de palabra va el espíritu tramposo, o arte de
engañar al otro. “Apiolarse”, “avivarse”, “ser ventajita”. Hemos debido
inventar todo un diccionario para designar las diferentes formas de hacer
trampa, desde la más pequeña hasta la estafa gorda, sin olvidar los
famosos “ñoquis”.
La ley del menor esfuerzo (6°)
37.
“De padres trabajadores, hijos cansados”, decía un refrán que ya corría en
mi infancia, para señalar una característica del argentino que comenzaba a
esbozarse con claridad. Y también corría este otro dicho: “El vivo vive
del zonzo, y el zonzo de su trabajo”. Y no era difícil que cuando un amigo
encontraba a otro, le dijese: “Me encontré un trabajo piola: no hago
nada”. Con la degradación del concepto del trabajo, se ha degradado al
trabajador y al pueblo argentino. Este es a mi entender el daño más grande
que se le ha hecho a la Nación en los últimos setenta años. Mucho peor que
la deuda externa, y que las heridas a los derechos humanos de la dictadura
militar. Mientras el nazismo no logró destruir la voluntad de trabajo del
alemán, ni el fascismo tampoco la del pueblo italiano, aquí se logró herir
de muerte la voluntad de trabajo del argentino. Y ello por una mezcla de
complejo de los papás inmigrantes que aspiraban a que sus hijos no
sufriesen lo que ellos, y a un sindicalismo que muchas veces no entendió
que la mejor defensa del trabajador consiste en capacitarlo en el plano
profesional y en el moral. Se llegó así a la adopción de formas de
protesta social que son verdaderas vergüenzas del pueblo argentino, pues
en ellas el pobre se ensaña contra el pobre.
Huída del presente y vuelta morbosa al pasado (7°)
38.
En la escuela primaria jugábamos a los unitarios y federales, y casi nos
matábamos. ¿Era una profecía de cómo queremos vivir los argentinos,
siempre mirando al pasado para nunca enfrentar el presente?
Es
notable cómo los argentinos somos capaces de vivir ausentes en el
presente. Pero, lo paradojal es que, cuando pareciera que estamos a punto
de alcanzar el futuro, entonces volvemos nuestra mirada hacia atrás, y
comenzamos a vivir el pasado como si fuese nuestro más atroz presente.
¿Tenemos alergia al presente y al futuro?
A fines
de los 60 y comienzos de los 70, en aquel presente de la guerrilla
revolucionaria, vivíamos ausentes. No queríamos ver lo que estaba
sucediendo. En alguna sacristía llegó a ser de mal gusto mostrar dolor por
el asesinato de Aramburu. “No te preocupes tanto. Es un coletazo del
exilio forzado de Perón, pero nada más”. Y las acciones más atroces de la
guerrilla tenían una explicación muy simple: “la violencia de arriba
engendra la violencia de abajo”. Con ello bastaba. No pasaba nada grave.
Además, se había encontrado la fórmula salvadora: “Cámpora al gobierno,
Perón al poder”.
Después,
a mediados de los 70, vino el presente de la cacería de las Fuerzas
Armadas a cuanto joven entusiasta y pensante hubiese, y entonces los
argentinos también estuvimos ausentes. Cuando desaparecía un muchacho del
barrio, se escuchaba el consabido: “Y bueno... A mi casa no han venido y
fueron a la de él. Por algo será.”.
Lo que
los argentinos no nos animamos a aceptar todavía es que como pueblo fuimos
consecutivamente guerrilleros y represores. Con nuestro silencio. Con
nuestra falta de crítica. Muchas veces con nuestra complicidad. No hemos
tenido la valentía que tuvieron los alemanes de aceptar su
corresponsabilidad con el nazismo, aun cuando en muchos casos no hubiesen
sido cómplices activos. Sin la corresponsabilidad de la sociedad
argentina, la guerrilla no habría alcanzado nunca la virulencia que logró.
Sin su corresponsabilidad tampoco las Fuerzas Armadas habrían podido
encender el infierno que lograron atizar. Y cuando hablo de
corresponsabilidad de la sociedad, no excluyo a ningún sector: la prensa,
la universidad, los partidos políticos, los sindicatos, muchos sectores de
la misma Iglesia.
SEGUNDA PARTE:
POR
UNA CONCIENCIA CIUDADANA RESPONSABLE
NB: Esta parte está prácticamente calcada de la conferencia dictada en
el Foro “Desafío Empresario”, en Buenos Aires, el pasado 22 de agosto.
39. Como dije en la Introducción, en la Argentina somos treinta y
siete millones de habitantes, pero no treinta y siete millones de
ciudadanos. La diferencia entre habitante y ciudadano es abismal. El
primero está en ella usufructuándola. El segundo, construyéndola.
Si bien
es importante hacer el bien al prójimo, tanto individual como comunitario,
esto no basta. Es tal la complejidad de la sociedad moderna, que si los
cristianos nos dedicásemos exclusivamente a hacer el bien en situaciones
de pobreza e injusticia, no daríamos abasto, pero sería como pretender
llenar un barril sin fondo. Para enfrentar la situación con inteligencia,
es preciso que el cristiano viva en la sociedad de manera nueva, y enseñe
a vivir de la misma manera, siendo probo, amante de la verdad y de la
justicia. Es decir con conciencia de ciudadano, corresponsable del bien
común de todos.
Para
ello me parece útil proponer a los cristianos y a todo hombre de buena
voluntad algunas ideas o tareas con las que podamos contribuir
positivamente a la construcción de una conciencia ciudadana responsable.
Son apenas esbozos, muchos de los cuales merecerían ser reflexionados y
desarrollados con más detenimiento.
Volver a la Teología de la creación
(1ª)
40.
Una primera tarea de la Iglesia para la formación del cristiano como
ciudadano es volver a enseñar la primera página del libro del Génesis: que
Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, y lo puso en el Jardín de
Edén para que lo cuidara y cultivara. Y para eso lo dotó de inteligencia,
voluntad, dos brazos, amor a su mujer e hijos, y tierra bajo sus pies. Es
decir, Dios creó al hombre con todos los recursos para enfrentar los
problemas de la vida y resolverlos. De hecho, éste es el primer artículo
de nuestra fe: “Creo en Dios, Padre todopoderoso, creador del cielo y
de la tierra”.
No
desconozco la situación crítica del trabajo en el mundo contemporáneo. Se
habla de la desaparición del mismo en el futuro próximo tal como lo hemos
conocido hasta hoy. Pero en la Argentina, más grave que la falta de
trabajo cualquiera sea su causa, es la actitud en que han caído muchos
argentinos de no creer más en sí mismos, de pensar que todo problema
personal debe ser resuelto por los otros, en especial por el Estado o por
Caritas. Mal podremos los cristianos decir que creemos en Dios Creador si
no creemos en nosotros como seres creados por Él. Esto acontece siempre
que no valoramos los talentos y recursos con que Dios nos ha dotado para
enfrentar la vida.
Volver a la Teología del Trabajo (2ª)
41.
En la Argentina hoy abunda el trabajo chapucero, mal hecho, a desgano,
casi con bronca. No siempre es fácil encontrar un trabajador competente y
honesto. Hemos de recuperar la Teología del Trabajo, gracias a la cual
entendemos que el Trabajo nos asemeja a Dios creador, el cual se alegra
con su obra: "Y vio Dios que era bueno" (Gen 1,10).
Iluminar la misión de los Gremios y Sindicatos (3ª)
42.
Los gremios y sindicatos están para la defensa del trabajador. La
principal defensa es la mejor capacitación profesional y moral del mismo.
Un trabajador así dignificado impone respeto al patrón. Y es frecuente que
éste entienda que el trabajador es el capital más importante de su
empresa, y lo quiera retener y promover. Lamentablemente, muchos gremios y
sindicatos se han olvidado de esta tarea capital y se han reducido a la
lucha por el aumento permanente del sueldo, que es pensada muchas veces
sólo desde los intereses de los jefes sindicales y gremiales, los cuales
instrumentan los reclamos para mantener actual su liderazgo.
Más
triste aún es la desmoralización activa del trabajador que promueven
muchos gremios. En vez de enseñar a trabajar bien, enseñan a hacerlo mal.
Por ejemplo, en vez de enseñar a trabajar para recolectar la basura,
enseñan a trabajar para desparramarla.
Descubrir la sociedad como estructura interfamiliar (4ª)
43.
Es preciso rescatar la visión de los orígenes de la sociedad. Ésta es
básicamente una sociedad interfamiliar, que impulsa a cultivar entre las
familias vínculos de amistad, servicio y ayuda mutua. De este modo las
familias y cada uno de sus miembros pueden alcanzar más fácilmente su
propia perfección.
Descubrir y amar a la sociedad como prójimo colectivo (5ª)
44.
Nuestra catequesis ha puesto el énfasis en el prójimo, y especialmente en
el pobre, según enseña Jesús (Mt 25,31-46). Hoy es preciso descubrir
también a la sociedad como prójimo colectivo digno de amor. Y esto, desde
sus concreciones más pequeñas (el vecino, los vecinos, la cuadra, el
vecindario, el barrio), hasta las más grandes (el pueblo, el municipio, la
provincia, la región interprovincial, la nación), y también las
internacionales (Mercosur, UE, etc.).
Descubrir lo público como lo que es de todos (o propiedad comunitaria)
(6ª)
45.
Paradójicamente, en la Argentina, “público” no significa que algo es de
todos, sino que es de nadie. Por eso actuamos de manera tan incivil.
Porque la calle es pública, es de nadie, y por ello tiro en ella papeles y
botellas descartables. El aire es público, y por tanto de nadie, y por
ello atrueno con los parlantes no importa la hora. Las paredes externas de
las casas son públicas, y por tanto de nadie, y por ello las pintarrajeo.
Los transportes son públicos, y por tanto de nadie, y por ello tajeo los
asientos. Los dineros son públicos, y por tanto de nadie, y por ello me
apodero de ellos. De allí no hay sino un paso a entender que la república,
no es ya más la “res publica” (la cosa pública), sino lo que es de nadie,
y por eso cada uno hace de ella lo que se le ocurre. ¡Cuánta educación nos
hace falta a los argentinos en este renglón de lo “público”.
Descubrir la comunidad política como sociedad necesaria (7ª)
46.
No basta cualquier tipo de asociación interfamiliar. Por ello nuestra
catequesis ha de subrayar la necesidad de la comunidad política, con sus
autoridades y diversos poderes, y también con los ciudadanos con sus
deberes y derechos.
Descubrir la dignidad de la vocación política (8ª)
47.
La vocación política es la más noble de las vocaciones terrenales, pues su
misión es construir la "pólis" o ciudad terrena, en justicia, verdad,
libertad y solidaridad, y hace posible así las demás vocaciones humanas,
incluso la contemplativa y religiosa.
Descubrir el valor de la micropolítica (9ª)
48.
Por micropolítica entiendo la educación del ciudadano, que se imparte en
la familia, en la escuela y en la catequesis, con la palabra y el ejemplo.
Junto a esta trilogía desearía incluir a los medios de comunicación, por
el gran poder que podrían ejercer para formar la conciencia del ciudadano
responsable. Pero dada la complejidad de la cosa, prefiero considerarlos
fuera de la micropolítica. Sin esta educación “micropolítica” impartida
por la familia, la escuela y la catequesis, la comunidad política y la
vocación política no tienen sustento.
Descubrir al Estado como creación de los ciudadanos (10ª)
49.
El Estado es una construcción de los ciudadanos para que los defienda y
ayude a conseguir el bien común. Éstos lo construyen con el pago de los
impuestos, la exigencia de su buena administración, el cumplimiento de las
leyes, la crítica sincera. El Estado no debe ser ni grande ni chico. Debe
ser fuerte, justo, y contar con estructuras adecuadas a la consecución del
bien común.
Descubrir al ciudadano como sujeto de deberes (11ª)
50.
Todo derecho tiene su correspondiente deber. Una educación que sólo
enfatizase los derechos estaría equivocada. No basta concebir al ciudadano
como sujeto de derechos. Éste tiene deberes a cumplir. Y éstos no se
agotan en votar cada cuatro años, sino que abarca una amplia gama, que
incluye:
*
deberes menores, que consisten en servir constantemente al prójimo
colectivo a través de pequeños gestos (p. e. cuidar la limpieza de los
espacios públicos, evitar ruidos molestos, ser buen vecino, hacer bien el
propio trabajo);
*
deberes mayores (p. e. abonar a tiempo los impuestos y servicios);
*
deberes máximos (p. e. votar al presidente de la Nación, hacerle juicio
político).
Descubrir al cristiano como ciudadano del mundo (12ª)
51.
Una auténtica espiritualidad mira al cristiano tanto como miembro de la
Iglesia, cuanto de la sociedad civil, según lo enseña el apóstol San Pablo
(Rom 12-13). Éste, si bien es peregrino del cielo, no es fugitivo de la
tierra.
Profundizar la visión del pobre (13ª)
52.
Hasta fines de los años 60, en la pastoral de la Iglesia dominaba la
figura del trabajador. A partir de entonces, y en especial desde Medellín,
se ha hecho más presente la figura del “pobre”. No son figuras que se
contrapongan, sino que se complementan. Sería bueno hacer el intento de la
complementación, pues si se insistiese unilateralmente en la figura del
pobre, podría cederse a la tentación de considerarlo sólo como un
oprimido, sin capacidad de enfrentar sus problemas y de volverse dueño de
su destino.
Apoyar la revisión de los partidos políticos y sindicatos (14ª)
53.
Los partidos políticos y los sindicatos son dos formas de representación
(política y social) necesarias, pero que muchas veces se han corrompido
profundamente, adoptando incluso estilos mafiosos de proceder. Necesitan
una autocrítica a fondo. Y la ciudadanía toda ha de ayudarlos a hacerla.
Revisar el ejercicio del derecho a la protesta (15ª)
54.
La Iglesia reconoce el derecho al reclamo, incluso mediante formas
legítimas de protesta (huelga), que sean conducentes al fin y no hieran el
bien común. En la Argentina se han venido difundiendo formas de protesta
que indican un estado de desesperación, pues no reparan en herir los
derechos de terceros. ¿Cómo reclamar hoy según justicia? Los hindúes
supieron reclamar y obtuvieron su independencia de Gran Bretaña sin
disparar un solo tiro. ¿Y los argentinos que nos decimos mayoritariamente
cristianos y católicos?
55. Quedan sin duda muchos otros pasos a dar. Pero estos ya son
suficientes para comenzar a caminar en la construcción de la conciencia
ciudadana de los argentinos todos, y de los chaqueños en particular.
Resistencia, 24 de septiembre de 2003, fiesta de Nuestra Señora de la
Merced.
Mons. Carmelo Juan Giaquinta, arzobispo de Resistencia
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