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EL ESCÁNDALO DE LA POBREZA
Y LA EXCLUSIÓN SOCIAL


Mensaje
dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia,
28 de setiembre de
2003



I. A CUARENTA AÑOS DE LA ENCÍCLICA “PACEM IN TERRIS”


1
. Algunos de mis lectores recuerdan que hace poco más de cuarenta años, el 3 de junio de 1943, moría el Papa Juan XXIII, llamado por la gente “Juan el Bueno”. Y que, junto con el dolor de su muerte, nos dejaba el tesoro de una de las grandes encíclicas sociales publicada pocos días antes, “Pacem in terris”, sobre la Paz entre los pueblos, que fue alabada incluso por el premier soviético Nikita Kruschev.

La encíclica si bien dedica dos partes a las relaciones entre los Estados (nn.80-129) y al establecimiento de una comunidad mundial (nn. 130-145), propone primero los fundamentos de la paz basada en la convivencia humana regida por la verdad, la justicia, el amor y la solidaridad, en la que los hombres tienen derechos y deberes (nn.8-45), y a la vez en las sabias relaciones entre los poderes públicos y el ciudadano (nn. 46-79). La paz entre los pueblos aparece así como fruto de una maravillosa relojería universal, en la que juegan todas las piezas: las personas, instituciones y naciones, y también el orden moral y el político. De allí que la encíclica comience con estas palabras: “La paz en la tierra, suprema aspiración de toda la humanidad a través de la historia, es indudable que no puede establecerse ni consolidarse si no se respeta fielmente el orden establecido por Dios” (n.1).


2. Con este orden maravilloso y la posibilidad real del hombre de vivir en paz, contrasta el desorden de la realidad cotidiana y la constatación de una especie de guerra permanente, sea dentro de la sociedad civil, sea entre naciones y bloques de naciones. El caos argentino, del cual pareciera que comenzamos a emerger, y la guerra de Irak que se empantana cada día más a pesar de la declaración oficial de su cese, muestran que la paz en los pueblos y entre ellos es más una aspiración que una realidad. Sin embargo, los cristianos no podemos darnos por vencidos, pues sólo tiene sentido la vida humana vivida en permanente aspiración hacia la paz, la cual como plenitud del ser humano será siempre una meta a alcanzar, por la que vale la pena trabajar e incluso morir. Por ello Jesús declaró “bienaventurados a los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios”



II. POBREZA ESCANDALOSA


3. Una expresión de la guerra interior que reina dentro de cada pueblo y entre ellos siempre ha sido la pobreza. En el reciente documento del episcopado, “Navega mar adentro”, al hablar de los desafíos que ha de enfrentar la Iglesia para evangelizar, se propone en segundo lugar “el escándalo de la pobreza y la exclusión social” (nn. 34-39). Por si a alguno le pareciere rara esta relación entre la constatación de la pobreza y la evangelización, ha de saber que no se trata de una constatación puramente sociológica o económica, sino de verificar a la luz de la fe una situación que atenta contra la dignidad del hombre, y por tanto reñida con el Evangelio de Jesús. Por ello ya en las primeras Líneas pastorales para la Nueva Evangelización los Obispos dijimos que el Evangelio de Jesús tiene que ser presentado de manera que el mensaje cristiano sea captado como “un potencial que sana, afianza y promueve la dignidad del hombre” (n° 16).


4. Para hablar de la pobreza hoy usamos palabras superlativas: “el escándalo de la pobreza”. ¿Es sólo un recurso retórico? Responde, sin duda, a una mayor sensibilidad sobre la dignidad de cada ser humano y los problemas de orden social. Pero también porque hasta el más ignorante conoce que para enfrentar los problemas de la pobreza en el mundo hoy se cuenta con un cúmulo incalculable de riquezas como nunca antes lo hubo.



III. DIFERENTES FORMAS DE POBREZA


5. La pobreza tiene diferentes causas y reviste variadas formas. Hay una pobreza natural, que proviene de una enfermedad o desgracia imprevista: una madre que muere dejando al marido con cinco hijos; el incendio de una vivienda. La solidaridad del pueblo es capaz de enfrentar esas situaciones. Hay otra forma de pobreza cuyo causante es la injusticia de un sistema económico. A la vez que crea la riqueza para unos pocos, acrecienta la pobreza de la mayoría. Y aquí es preciso reformar el sistema político y económico. Pero hay también diferentes formas de pobreza moral, de la que poco se habla, como si todavía no hubiese sido descubierta. Y no hemos de olvidar “la marginación religiosa del pobre”, de la que se habla en la Líneas Pastorales (n. 32).


6. Si el problema de la pobreza en el mundo no se resuelve, ello no se debe a problemas técnicos: cómo transferir los bienes, cómo educar a la población pobre a recibirlos con dignidad, de modo que la recepción contribuya a su desarrollo. Se debe en gran parte a la pobreza moral antes mencionada. Muchos dirigentes de las naciones especulan incluso con la pobreza para acumular aún más riquezas. Y sea que se trate de dirigentes de pueblos ricos que de pueblos pobres. Es frecuente que unos y otros se nieguen a dar y a recibir conforme a la justicia. Unos porque imponen condiciones injustas y contra la dignidad humana. Otros porque prefieren mantener a sus pueblos en la miseria para que sean eternamente dependientes de su dádiva.


7. Convendrá analizar si éste último no es el caso de la Argentina, donde muchos dirigentes políticos y sociales se han ensañado en envilecer a nuestro pueblo. La guerra frecuente de pobres contra pobres, como sucede en tantos cortes de calles, rutas y puentes, así lo indicaría. Pueblo honrado y trabajador, se decía ayer, que muchas veces hoy parece la sombra de lo que fue. Cuando a un pueblo le roban la honradez, ¿dónde se va a amparar? ¿con qué arma se va a defender? ¿cómo podrá imponer respeto?


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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