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JUAN
PABLO II, HOMBRE DE LA PAZ
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo
de Resistencia,
19
de octubre de
2003
I. LA PAZ CON
CHILE:
ETERNA GRATITUD DE
LA ARGENTINA A JUAN PABLO II
1. Hace casi veinticinco años, la Noche Buena de 1978 estuvo a
punto de ser una Noche Mala, muy mala, cuyas consecuencias habrían pesado
hasta hoy. Dos regímenes militares, el argentino y el chileno, se habían
empantanado en una cuestión de límites. Necesitados de justificarse ante
sus pueblos, y viendo que la fibra patriótica los hacía vibrar, habían
decidido ir a una guerra que habría resultado atroz. Con la maquinaria
bélica prácticamente en marcha, se le informó al Papa de la situación. Y
éste, habiendo auscultado rápidamente la intención de los dos presidentes,
y viendo en ellos una brizna de buena voluntad, se decidió mediar entre
ambos gobiernos. Y así nos salvó del horror. Fue éste el primero de los
gestos proféticos de este Papa recientemente electo, dispuesto a voltear
muros entre los pueblos, no con armas mortíferas, sino con voluntad de
paz.
2. Muchos argentinos, embriagados todavía con la victoria del
Mundial de Football, no tuvieron cabal conciencia de lo que estaba a punto
de ocurrir. Ni tampoco tenían idea de lo que significaría una guerra con
Chile. Desde entonces ha pasado mucha agua bajo el puente de la historia.
Han desaparecido viejas generaciones. Nuevas han aparecido. A veinticinco
años de aquella situación, ésta es para muchos sólo una extraña anécdota
de algo que nunca ocurrió. Pero los que entonces fuimos protagonistas y
sobrevivimos a la suma de tantos errores y horrores (la guerrilla
revolucionaria, la represión de la dictadura, el Mundial, la casi guerra
con Chile, la guerra del Atlántico Sur), tenemos la obligación moral de
manifestar nuestra gratitud a Juan Pablo II en voz bien alta, para que los
jóvenes sepan que él nos salvó de la guerra con un país hermano. Y que
gracias a él esa locura no grabó en nuestro espíritu las secuelas que
estaba a punto de esculpir. De este modo Juan Pablo II ha obtenido un
lugar preeminente en la historia del pueblo argentino. Y es necesario que
todos, cualquiera sea su religión, lo recuerden.
II. JUAN PABLO II Y LA GUERRA DEL ATLÁNTICO SUR
3. Cuando los argentinos nos disponemos a hacernos los locos, no
hay quien nos gane. Poco más de tres años después, cuando aun no habíamos
zanjado nuestros diferendos con Chile, nos envolvimos en una guerra con
Gran Bretaña. Primero se trató de darles una lección a los británicos
antes de cumplirse los 150 años de la usurpación de nuestras Islas
Malvinas, para luego retirarnos pero obligándolos a negociar. Pero después
nos pareció bueno no negociar nada. Y así se armó una guerra tristísima,
que en Buenos Aires era vivida como un partido de fútbol, en la que nos
engañamos hasta el final creyendo que llevábamos todas las de ganar, pero
de la que sólo obtuvimos muchos muertos, y una retirada vergonzante.
El Papa, que había sido
baleado el año anterior (13 mayo 1981) en un extraño atentado de intrigas
internacionales, con un viaje en puerta a Portugal desde el 12 al 15 de
mayo, y otro a Gran Bretaña desde el 28 de mayo al 2 de junio, decidió
intervenir una vez más, no ya mediando pues la suerte de la guerra estaba
echada, pero sí fortaleciendo la voluntad de paz de ambos pueblos. A tal
efecto, dio una serie de pasos. Primero, apuró una audiencia a las
delegaciones de Argentina y Chile que trabajaban en la obra de la
mediación papal en el diferendo sobre la zona austral (23-04), para que
ambos pueblos reafirmasen su voluntad de paz. Imposible ir a Gran Bretaña
a hablar de paz con la Argentina, sin dar una vuelta de tuerca a su
gestión mediadora en curso: “La estipulación de ese Tratado de Paz y
amistad perennes deberá ser el coronamiento de vuestras conversaciones,
constituirá la conclusión irreformable de una divergencia enojosa,
excluyendo también la hipótesis de reivindicaciones futuras, y sellará el
comienzo de una colaboración de veras más estrecha entre dos pueblos
hermanos”. El 21 y 22 de mayo reunió en Roma a los cardenales de la
Argentina y Gran Bretaña, celebró con ellos la Santa Misa en la basílica
de San Pedro y pronunció una homilía memorable, en tres partes: la Paz es
un deber, la Paz es posible, la obra pacificadora de Cristo y de su
Iglesia. Y puso sendos telegramas casi con un mismo texto al general
Galtieri y a Margaret Thatcher, “para que interponga su válida acción a
fin de que pueda obtenerse un cese inmediato de las hostilidades que abra
caminos a soluciones pacíficas de la contienda”. No satisfecho, el 25 de
mayo nos envió un mensaje a los argentinos en el que nos explicaba las
razones pastorales de su viaje pastoral a Gran Bretaña, las dificultades
que acarrearía postergarlo, casi nos pedía disculpas por hacerlo y nos
prometía visitarnos apenas pudiese: “En vista de las dolorosas
circunstancias actuales, debo daros esta aclaración... Desearía dirigirme
incluso directamente desde Inglaterra a la Argentina y allí, entre
vosotros y con vosotros, queridos hermanos y hermanas, elevar la misma
plegaria por la victoria de la justa paz sobre la guerra”. Documento
memorable que merecería ser incluido en los libros de texto de nuestras
escuelas. Por fin, el 11 de junio el Papa aterrizó en Buenos Aires, con un
mensaje muy claro sobre la paz: “En este momento la humanidad ha de
interrogarse, una vez más, sobre el absurdo y siempre injusto fenómeno de
la guerra, en cuyo escenario de muerte y dolor sólo queda en pie la mesa
de la negociación que podía y debía evitarla. Quiera Dios que este
conflicto que lamentamos, los existentes entre Irán e Irak y en el Líbano,
además de esos más o menos encubiertos que azotan otras zonas del mundo,
sean los últimos ejemplos funestos, la lección válida en la que el mundo
aprenda a poner por encima de todo, siempre y en toda circunstancia, el
respeto a la sacralidad de la vida; a relegar al olvido el recurso de la
guerra, al terrorismo o métodos de violencia; y a seguir decididamente
senderos de entendimiento, de concordia y de paz”.
4. La guerra con Chile que no fue, y la guerra del Atlántico Sur
que fue: dos mojones de la historia argentina en los que Juan Pablo II
escribió renglones decisivos. Los argentinos no lo hemos de olvidar.
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
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