|
JUAN
PABLO II, HOMBRE DE LA PAZ (2)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo
de Resistencia,
26
de octubre de
2003
I. CON
EL PAPA EN LOS DÍAS DE LA GUERRA DEL GOLFO (1991)
1.
En enero de 1991 estaba en Roma, junto con otros 21 Obispos argentinos,
para la Visita ad limina, que solemos hacer cada cinco años para venerar
la tumba de los dos grandes apóstoles Pedro y Pablo, y también para
conversar con el Papa y con sus colaboradores. Eran los días previos a la
guerra del Golfo. La prensa era un hervidero de noticias y comentarios.
Incluso que el Papa iría a Irak y que desde allí exhortaría a las partes
opuestas a desechar la guerra como camino para arreglar los diferendos
internacionales. El Papa no fue a Irak, pero dio una serie de pasos para
expresar su voluntad de paz, y exhortar a recurrir siempre a las
negociaciones diplomáticas y nunca más a la opción de la guerra.
2.
El 12 de enero tuvo el encuentro anual con el cuerpo diplomático en el
que, además de intercambiar los saludos navideños, pronuncia un discurso
clave en el que pasa revista a todas las situaciones conflictivas del
mundo. Esa vez se refirió a situaciones de Europa (Albania y Lituania), de
América Latina (Guatemala y El Salvador), de Asia con sus situaciones de
intolerancia religiosa (Camboya. Vietnam, Sri Lanka, China), de África
(Etiopía, Sudán, Mozambique, Angola, África del Sur, Ruanda y Burundi,
Somalia, Liberia), y desembocó finalmente a las situaciones más álgidas:
el Pueblo Palestino, el Líbano, Jerusalén, y la Zona del Golfo. Me
impresionó la claridad de la doctrina sobre la paz y la guerra que allí
expuso.
Dos días
después, el lunes 14, me concedió la audiencia privada. El tiempo era
limitado, y sin duda no toqué el tema de la guerra. Pero me pidió el
machete que llevaba escrito, en el que le comunicaba mi opinión sobre una
serie de aspectos de la Evangelización, especialmente en la diócesis de
Posadas, y también en la Argentina, en América Latina y en el mundo.
El 15 de
enero dirigió sendos mensajes a Sadam Hussein y a George Bush,
exhortándolos a encontrar caminos de paz mediante las negociaciones
diplomáticas.
El
miércoles 16, once de los Obispos almorzamos junto con él, en el que me
permití ser el primero en tomar la palabra para ponderarle su discurso al
Cuerpo diplomático: “Santo Padre, según su discurso, la teoría de la
guerra justa habría quedado obsoleta, pues los medios bélicos que hoy se
emplean son siempre tan colosales que toda defensa, por justa que fuere,
sería siempre desproporcionada, y por tanto injusta”. Hizo como si no
hubiese escuchado. Y desvió la conversación hacia otro tema. “¿Han leído
L´Osservatore Romano de hoy?” (el diario del Vaticano), nos preguntó.
Ninguno lo había leído todavía. Allí se daba amplia información sobre la
restauración de la Jerarquía católica en Ucrania. Y aprovechó unos minutos
para subrayar la importancia de ese paso. Después, al descubrir que entre
nosotros estaba Mons. Charbel Merhi, eparca de los maronitas en la
Argentina, dijo: “¡Ah! Hablemos del Líbano y de los Palestinos, porque
ellos no tienen petróleo”. Toda una definición de cuál era según él la
cuestión medular de la guerra por estallar.
Y
después nos preguntó por la situación social argentina. Era clara su
percepción de que había dos visiones de la Argentina: una, reinante en los
ambientes oficiales ingenuamente optimista, y otra más crítica que le
dábamos la mayoría de los Obispos.
El
viernes 17, en su capilla privada, a las 7,30 hs, concelebramos con él la
Santa Misa. A la madrugada de ese día habían estallado las hostilidades.
Ciertamente que estaba informado. Pero no aludió a ellas. Nos saludó
brevemente e hizo referencia a nuestra labor de ser los primeros
catequistas de la comunidad cristiana. Más que hablar de la guerra, al
Papa le importaba aprovechar todo momento para construir la Paz. ¿Y qué
mejor para ello que una buena catequesis en la que se educa a los hombres
a trabajar por la paz?
El
sábado 18 fue la audiencia con todos los Obispos argentinos y el discurso
de circunstancia, en el que aludió a la necesidad de la reconstrucción
moral de la Argentina.
Por lo
que se puede apreciar, mi contacto con el Papa fue muy breve, pero
suficiente para poder testimoniar hoy que Juan Pablo es un hombre que
trabaja por la paz.
II. UNA GUERRA JUSTA ES HOY CASI IMPOSIBLE
3. Vale la pena recordar hoy la enseñanza de aquel discurso al
Cuerpo diplomático: “Por una parte, se asiste a la invasión armada de
un país (Kuwait) y a una violación brutal de la ley internacional, tal
como la definen las Naciones Unidas, y la ley moral. Estos son hechos
inaceptables. Por otra parte, aunque la concentración masiva de hombres y
de armas que se está llevando a cabo tiene la intención de acabar con lo
que es necesario calificar como una agresión, no cabe duda de que, si ella
debe desembocar en una acción militar incluso limitada, las operaciones
producirán víctimas, para no hablar de las consecuencias económicas,
políticas y estratégicas, cuya gravedad y alcance no podemos medir aún en
su totalidad. Por último, dejando intactas las causas profundas de la
violencia en esta parte del mundo, la paz conseguida mediante las armas
sólo podrá preparar nuevas violencias... El recurso a la fuerza por una
causa justa sólo sería admisible si fuera proporcional al resultado que se
ha querido conseguir y si se ponderaran las consecuencias que tendrían las
acciones militares, cada vez más devastadoras por causa de la tecnología
moderna, para la supervivencia de la población y del planeta”.
III. LA PAZ SOCIAL ARGENTINA FRUTO DE LA MORAL SOCIAL
4. El discurso a los Obispos argentinos pronunciado entonces
resultó profético: nuestra crisis como Nación no es económica o política.
Es de orden moral: “Se ha dicho muchas veces - y lo reconocen quienes
procuran hacer un diagnóstico objetivo y sincero de los graves problemas
políticos, económicos y sociales - que la crisis (argentina) es de
naturaleza moral. La estabilidad de un orden en la convivencia social, la
vigencia de relaciones de justicia y equidad, el respeto de los derechos y
la observancia de los deberes que impone la ley, la solidaridad, sin la
cual una comunidad no puede asegurar su auténtico bien, son valores que en
definitiva, se deben plasmar en el espíritu y en el corazón de los
hombres”. Desde entonces han pasado casi trece años. ¿Qué esperamos
los argentinos para asumir nuestro mal en toda su gravedad y disponernos a
una terapia en serio?
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
|