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JUAN PABLO II, MAESTRO DE LA FE

 
Mensaje
dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
9 de noviembre de
2003



I. JESÚS ORÓ POR LA FE DE PEDRO


1.
Muchas fueron las demostraciones de preferencia de Jesús para con su apóstol Simón “Piedra”. Algunas compartidas con otros dos discípulos: Santiago y Juan; y otras, exclusivas. Sin duda Jesús preparó muy especialmente a los tres apóstoles que habrían de cumplir una misión peculiar. A Santiago, que sería el primero de los Doce en dar testimonio de Cristo con su sangre. A Juan, que viviría más largo tiempo y habría de ser el testigo privilegiado entre la generación que conoció directamente a Jesús y la nueva que no lo conoció. Y a Simón Bar Jona, que habría de ser la Roca visible de la Iglesia. Así, los llevó a los tres a la casa de Jairo, cuando resucitó a su hijita. Al monte Tabor, donde se transfiguró. Al huerto de Getsemaní, donde agonizó y fue entregado.


2. Sin embargo, Jesús le dio a Simón Bar Jona algunas muestras de singular preferencia. Por ejemplo, cuando tomó como propia la casa de Simón en Cafarnaúm; cuando pagó el impuesto por los dos; cuando lo invitó a ir hacia él caminando sobre el agua. Pero todas esas muestras son todavía pequeñas en comparación con la oración que Jesús hizo por su fe: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido poder para zarandearlos como el trigo, pero yo he rogado por ti, para que no te falte la fe. Y tú, después que hayas vuelto, confirma a tus hermanos” (Lc 22,31-32).

¿Acaso Jesús no oró también por los otros discípulos? Por cierto que oró por todos sus apóstoles y por los discípulos de todos los tiempos: “Padre, yo ruego por ellos... Y no solamente por ellos, sino también por los que, gracias a su palabra, creerán en mí” (Jn 17,9.20). Y hoy continúa orando al Padre por nosotros, “ya que vive eternamente para interceder por ellos” (Hb 7,25).

Sin embargo, el creyente, escuchando con docilidad la Palabra de Dios, comprende el designio divino que obra la salvación a partir de nuestro pecado. Así como Cristo asumió la debilidad de Simón, que por sí mismo se hundía como un cascote en el mar, y lo transformó en señal de su fortaleza y lo hizo Roca visible de su Iglesia, así también ahora asume su triple negación y con la fuerza de su oración lo vuelve capaz de confirmar la fe de los hermanos: “Yo te aseguro, Pedro, que hoy, antes que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces” (Lc 22,34). “Pero yo he rogado por ti” (v.32).



II. ¿QUÉ SIGNIFICA QUE EL PAPA ES INFALIBLE?


3.
¿Se puede equivocar el Papa? ¿En qué sentido la Iglesia católica enseña que el Papa es infalible?

El Nuevo Testamento afirma que el apóstol Pedro se equivocó varias veces, incluso después de Pentecostés. Por ejemplo, cuando se trataba de ir a los pueblos paganos a llevarles el Evangelio. El libro de los Hechos de los Apóstoles, en el capítulo 10, muestra cuánta ignorancia tenía el apóstol en este tema, pues seguía pensándolo con la mente estrecha de los judíos de la Palestina. Los de la diáspora tenían una mentalidad mucho más amplia, pues habían aprendido a convivir con los paganos. E incluso a aceptar en la comunidad israelítica a los gentiles que se decidían a vivir según el Decálogo de Moisés. Tan estrecha era en este punto la mente de Simón Pedro que el apóstol Pablo tuvo que enfrentarlo en público, como documenta ampliamente la carta a los Gálatas (2,11-14).


4. Entonces, ¿por qué la Iglesia enseña que el Papa, sucesor de Pedro, no se puede equivocar? Este apóstol, si bien se equivocó en cómo ir a los paganos, no se pudo equivocar cuando predicó la muerte salvadora de Jesucristo y su gloriosa resurrección: “Todo el pueblo de Israel debe reconocer que a ese Jesús que ustedes crucificaron, Dios lo ha hecho Señor y Mesías... No existe bajo el cielo otro Nombre dado a los hombres por el cual podamos alcanzar la salvación” (Hch 2,36; 4,12). Tampoco se pudo equivocar cuando escribió que, por malvado que sea el mundo, es posible con la gracia de Dios vivir en la santidad: “Así como aquel que los llamó es santo, ustedes sean santos en toda su conducta” (1 Pe 1,15). Y todo ello en virtud de la oración de Jesús por la fe de Simón. Salvo que despreciemos esta oración, no es admisible para un cristiano que en el momento decisivo del anuncio de la fe, el apóstol Simón Pedro estuviese mintiendo o trasmitiendo una fantasía personal. Lo mismo vale de sus sucesores en el oficio de Roca, que son los Obispos de Roma.


5. En este sentido la Iglesia nos enseña la infalibilidad del Papa. Al respecto el Catecismo de la Iglesia Católica dice: “El Romano Pontífice, Cabeza del Colegio Episcopal, goza de esta infalibilidad en virtud de su ministerio, cuando, como Pastor y Maestro supremo de todos los fieles que confirma en la fe a sus hermanos, proclama por un acto definitivo la doctrina en cuestiones de fe y moral” (891).

Este acto solemne del magisterio del sucesor del apóstol Pedro nunca ha de ser considerado como un atributo desgajado del conjunto, sino en íntima unión con la infalibilidad de Cristo. Y en relación también con la infalibilidad de la Iglesia y del Colegio episcopal. Recomiendo leer íntegros los pasajes del Catecismo relacionados con el tema (888-892):

* “Los Obispos con los Presbíteros, sus colaboradores, tienen como primer deber el anunciar a todos el Evangelio de Dios, según la orden del Señor. Son los predicadores del Evangelio que llevan nuevos discípulos a Cristo. Son también los maestros auténticos, por estar dotados de la autoridad de Cristo (888).

* “Para mantener a la Iglesia en la pureza de la fe transmitida por los apóstoles, Cristo, quiso conferir a su Iglesia una participación en su propia infalibilidad” (889).

* “La misión del Magisterio está ligada al carácter definitivo de la Alianza instaurada por Dios en Cristo con su Pueblo; debe protegerlo de las desviaciones y de los fallos, y garantizarle la posibilidad de profesar sin error la fe auténtica. El oficio pastoral del Magisterio está dirigido, así, a velar para que el Pueblo de Dios permanezca en la verdad que libera. Para cumplir este servicio, Cristo ha dotado a los pastores con el carisma de la infalibilidad en materia de fe y de costumbre” (890).


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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