Documentos  
 

JUAN PABLO II, EL PAPA ANCIANO

 
Mensaje
dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
16 de noviembre de
2003



1. En la reciente celebración del 25° aniversario del pontificado de Juan Pablo II el aspecto más tratado (o maltratado) por la prensa posiblemente haya sido la ancianidad del Papa y su aspecto físico deteriorado. ¿Qué puedo agregar? Nada que valga la pena. ¿A quien le puede interesar que en la última audiencia que tuve con él en septiembre de 2002 en Castel Gandolfo ya no lucía muy bien? Lo más interesante tal vez sea que el breve instante que el Padre Jorge Lestani estuvo con él cuando entró para saludarlo, le significó como un chispazo de luz. Pero mejor que lo cuente él mismo, si es que logra traducir su sentimiento. O mejor aún, preguntémosle a los millones de jóvenes que se reunieron con el Papa en Tor Vergata en agosto de 2000. ¿Qué vieron en él esos jóvenes? Pues Juan Pablo II ya era anciano y su físico estaba deteriorado. ¿Y en Toronto en 2002? ¿Fue todo efecto de un truco mediático?



I. JESÚS LE PREDICE LA ANCIANIDAD A SIMÓN PEDRO


2.
Lo que la prensa no ha reparado en estos días, y tal vez muy pocos lo hicieron dentro de la Iglesia, es que el último dialogo de Jesús con el primer Papa fue sobre su ancianidad y su muerte: “Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras. De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios” (Jn 21,18-19).

No estoy diciendo con esto que Jesús predijo que todos los Papas terminarían sus días siendo ancianos. El texto evangélico no lo dice. Y la historia muestra lo contrario. Pero entre tanta alharaca por la ancianidad de este Papa, es bueno reparar en esta predicción de Jesús a Simón “Piedra”.

3. Estamos, sin duda, asistiendo al “martirio” o supremo testimonio de Juan Pablo II. Lo mejor que podemos hacer los cristianos es orar por él más insistentemente que nunca, para que comprenda y cumpla siempre la voluntad de Dios. Lo mismo que pidió Jesús en su agonía: “Padre, si quieres, aleja de mi este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya” (Lc 22,42). Lo mismo que hizo la primitiva Iglesia por el apóstol Pedro cuando estaba en la cárcel y a punto de ser ajusticiado (Hch 12,5).



II. EL MENSAJE QUE BROTA DE LA ANCIANIDAD DEL PAPA


4. En general los viejitos molestan. No sé sabe qué hacer con ellos. Y no siempre por desamor. Las mejores familias no tienen un lugar para los abuelos. Las casas modernas no están diseñadas para hospedarlos, y tienden a ser cada vez más pequeñas para no gastar tanto en limpieza. Y para colmo la medicina alarga la vida, y no siempre la mejora. El cuidado de un anciano es costoso. ¿Dónde hallar recursos para su atención cuando la población joven escasea y la anciana es numerosa? Ni qué hablar del despojo de las jubilaciones en la Argentina. Además, en el mundo somos demasiados. ¿Por qué no racionalizar la población? Y no sólo la futura, sino la actual. A empezar entonces por los ancianos. Y organizar el mundo para ello. A inventar, entonces, nuevas profesiones: enfermeras ángeles de la muerte dedicadas a liquidar viejitos; el Doctor “Muerte” para el suicidio asistido; legisladores especializados en proyectos de leyes llamadas piadosamente de “eutanasia”, no para impedir el ensañamiento terapéutico, sino para hacer socialmente aceptable la liquidación directa del anciano; etc., etc.


5. ¿Cuál será el significado del testimonio (“martirio”) de Juan Pablo II? ¿Que la vida humana, y máxime la del anciano, es sagrada? Sin duda que el Papa de la encíclica “El Evangelio de la Vida” está dando este mensaje a toda la humanidad. Pero pienso que hay mucho más. No se detiene en el aspecto biológico de la ancianidad, sino que va a lo más profundo: que la misma ancianidad en cuanto tal es venerable, pues ella es sabiduría y cúmulo de experiencia humana. Lo que era tan claro para los pueblos antiguos, es preciso volver a decirlo en voz alta: “En los cabellos blancos está la sabiduría, y en la edad avanzada la inteligencia” (Job 12,12). Y Juan Pablo II lo está anunciando.



III. ANCIANOS QUE BENEFICIAN A LA HUMANIDAD


6.
En la Iglesia y en el mundo existieron ancianos que son joya de la humanidad. El apóstol Pablo es famoso por su testamento: “Yo ya estoy a punto de ser derramado como una libación, y el momento de mi partida se aproxima. He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo juez me dará ese día” (2 Tim 4,6-8).

El más famoso es el apóstol Juan, llamado por antonomasia “el anciano”. En la primitiva Iglesia, a raíz de una frase de Jesús, se elaboró la leyenda de que este apóstol no moriría (Jn 21,21-23). Y de hecho vivió hasta edad muy avanzada, dando testimonio que todo el Evangelio de Jesús se sintetiza en el mandamiento del amor, como atestigua Papías, que lo conoció personalmente.

Otro anciano famoso es San Policarpo, en el siglo II, también discípulo de San Juan y obispo de Esmirna. Cuando lo tomaron preso y lo exhortaron a maldecir a Cristo para salvarse de la hoguera, respondió: “Ochenta y seis años hace que le sirvo y ningún mal he recibido de él. ¿Cómo puedo maldecir de mi Rey, que me ha salvado?” Se parece mucho a aquel otro anciano del pueblo judío, Eleazar, a quien para salvarlo del suplicio lo tentaron a fingir que comía carne de cerdo, y respondió: “A nuestra edad no está bien fingir. De lo contrario, muchos jóvenes creerán que Eleazar, a los noventa años, se ha pasado a las costumbres paganas. Entonces también ellos, a causa de mi simulación y de mi apego a lo poco que me resta de vida, se desviarán por culpa mía, y yo atraeré sobre mi vejez la infamia y el deshonor” (2 M 6,24-25).

7. Juan Pablo II sigue adelante. Mientras la prensa discute sobre su decrepitud, algunos comienzan a pensar que el mundo será más humano si la ancianidad vuelve a ser venerable.


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.