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DIGNIDAD EXCELSA DEL HOMBRE
Y ABISMO DE SU INDIGNIDAD
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo
de Resistencia
28
de diciembre de
2003
REFLEXIONES DE UN RECIENTE VIAJE A ALEMANIA
1. Hace tres semanas pasé unos días entre Erfurt y Weimar. Erfurt,
la ciudad donde Lutero enseñó Teología cuando era fraile agustino. Weimar,
la ciudad donde se proclamó la república alemana al finalizar la primera
guerra mundial.
El
viernes 5, mientras iba hacia Weimar, el canónigo Hübenthal me dice: “en
esa dirección, hacia la izquierda, queda Buchenwald, un campo de
concentración de los nazis”. Me hubiese gustado ir a visitarlo, - si se
puede hablar de gustar, porque al sólo escuchar “campo de concentración”
se me hizo un nudo en la barriga. Dado el ritmo de actividades que traía
desde el 20 de noviembre, y en vista de las que me esperaban todavía en
los últimos días de mi estadía alemana, resistí la tentación de pedir ir a
verlo.
2. Al llegar a Weimar, me llevaron al castillo Belvedere, que está
en las afueras, donde todavía se siente el espíritu del compositor Franz
Liszt, en el que hoy funciona un Instituto estatal de enseñanza media
dedicado a la Música. Allí se preparan chicos de toda Alemania y de muchas
partes del mundo para dominar el arte de la música. Mi misión era
compartir un momento con los chicos de las clases 10 y 11. ¿Sobre qué?
Sobre la Argentina. Sus maestros los habían interesado sobre ese remoto
país sudamericano. Y también sobre religión. Porque - de no creer - en las
escuelas estatales de Alemania se enseña religión, a elección: católica o
evangélica; o bien el alumno participa de clases de ética.
3. Yo me dije en mis adentros: “indignidad del hombre, capaz de
organizar campos de concentración. Y, a la vez, infinita dignidad del
mismo, capaz de dedicar la vida entera a cultivar la belleza de la música,
de interesarse por pueblos lejanos, que no se avergüenza de confesar que
necesita del acervo cultural de la religión cristiana para vivir los
valores morales fundamentales”.
4. Al anochecer fui a visitar a las monjas carmelitas, y a rezar
las vísperas con ellas. En la conversación salió el nombre de la santa
carmelita Edith Stein sacrificada por los nazis por su condición de judía.
Al finalizar las vísperas, les dirigí una breves palabras a ellas y al
grupo de gente que las acompañaba en la oración: “Siento que éste es el
momento cumbre de mi visita a Alemania. Porque hace cincuenta años,
estando en Roma y viniendo a Alemania durante las vacaciones para aprender
el idioma, nunca pude pasar a la entonces Alemania comunista. Esa
separación me dolía muchísimo. ¡Cuánto les habrá dolido a Ustedes! Pero
este momento de oración ha suturado finalmente aquel desgarro”.
En la
sacristía se me acercaron dos argentinos, uno de Rosario, y otro de San
Isidro, ávidos de poder suturar de algún modo el desgarro que sienten por
estar lejos de la Patria. Y vinieron a buscarme para la última actividad
prevista para ese viernes.
- Lo
esperamos a cenar con nuestro grupo. Nos llamamos “Mundo unido”. La que me
invitaba era la dueña de la casa donde sería la cena.
- ¡Qué
bien que hablas español y qué bien lo pronuncias! Nadie diría que nos eres
española. ¿Estuviste en España?
- No. Lo
aprendí en la Universidad de Berlín. En la Alemania Democrática vivíamos
encerrados. No podíamos salir.
Al final
de la cena, me hicieron un regalo impensado: una cruz hecha con la cortina
de hierro.
- Esto
es un pedacito de una de las cortinas. Había varias, una después de otra.
Si pasabas una, tenías que pasar otra y otra. Y además había armas
instaladas que te disparaban automáticamente. Y eso a lo largo de cientos
de kilómetros.
5. De nuevo me dije: “abismo de la indignidad del hombre y
excelsitud de su dignidad”. Abismo de la cámara de gas, de la cortina de
hierro. Excelsitud de la monja mártir, de las carmelitas de Weimar, de los
argentinos que añoran su Patria, del grupo Mundo Unido, de Manuela – así
se llama la dueña de casa –, capaz de aprender perfectamente el español a
pesar del encierro comunista. ¿Qué son estas fuerzas misteriosas que
levantan a un pueblo hacia lo más excelso, y en un momento dado lo arrojan
hacia el abismo más abyecto?
6. El pensamiento se me vino después hacia la Argentina. Excelsitud
de la dignidad argentina. Fuimos faro del mundo que, a fines del siglo 19
y comienzo del 20, atrajo a seis millones de europeos que vinieron
esperanzados a buscar el pan en nuestra tierra. E incluso salimos a
compartir la abundancia de nuestras cosechas con los pueblos hambrientos
por la primera guerra mundial. “Calle de los Argentinos”, se llama una
calle en Viena. Y abajo está la siguiente explicación: “Esta calle se
llamaba en otro tiempo Alleegase. En agradecimiento por la magnífica ayuda
de la Argentina a la Viena hambrienta después de la primera guerra
mundial, desde 1921 se llama Calle de los argentinos”.
Abismo
de nuestra indignidad. Me veía en figurillas para explicarles a los
alemanes cómo hoy, con la cosecha más grande de la historia, trescientos
millones de toneladas de cereales, hay niños en la Argentina que se mueren
de hambre. Y muchas indignidades más, de las que prefería callar. Los
sobornos del Senado nacional. Las mafias en la policía bonaerense. Sólo
por recordar las indignidades más lejanas, porque citar las más cercanas
duele mucho.
7. Pero estamos en tiempo de Navidad. Y la Navidad nos enseña a los
cristianos que hemos de ser obstinados en nuestra fe en que es posible
restaurar al hombre en su infinita dignidad. Que es posible organizar una
vida social más digna que la presente. Para eso nació Jesucristo, el Hijo
de Dios. Por ello la Iglesia no duda en orar así: “Oh Dios, que de modo
admirable has creado al hombre a tu imagen y semejanza, y de un modo más
admirable todavía restableciste su dignidad por Jesucristo, concédenos
compartir la vida divina de aquél que hoy se dignado compartir con el
hombre la condición humana”.
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
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