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SER CRISTIANO HOY (1)


Mensaje
dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
29 febrero 2004


I. “EL NENE”


1. La crónica reporta que “el Nene” Sánchez confesó haber asesinado a la pequeña Yésica Mariela Martínez, pero dijo que no la violó, en cambio reconoció que estranguló a su prima Mónica Vega, de 13 años, y que luego de muerta abusó de ella. Y no prosigo con los pormenores de esta suma de horrores.

No es imposible que, cuando aparezca esta nota, otro escándalo haya tapado el de las dos nenas. Y estaremos horrorizándonos nuevamente por lo corrupto que puede llegar a ser el hombre, la policía, la justicia, los ambientes pobres de nuestras ciudades. Y nada garantiza que no suceda un nuevo escándalo, y aún mayor, en los ambientes ricos, como en el caso de María Marta García Belsunce.

Así, de horror en horror, la sociedad se va volviendo imposible de vivir. Y todo como si fuese fruto de la fatalidad. No queremos admitir que somos nosotros mismos quienes estamos organizando la sociedad para producir este tipo de monstruosidades. ¿Qué otra cosa puede producir una escuela sin moral? ¿O la política basada en conductas mafiosas, como en el caso de las coimas del Senado Nacional? La situación de Santiago del Estero, que en estos días tanto indigna, se repite al infinito en toda la República. ¿O los medios de comunicación, con sus programas que exponen a la mujer como objeto concupiscible? ¿Piensan que no tienen ninguna responsabilidad en la enfermiza sicología colectiva que favorece la aparición de violadores seriales? ¿Y los municipios cada año más enloquecidos por fomentar el carnaval al estilo carioca? ¿Es así que piensan contar con una ciudadanía honesta y trabajadora?



II. ¿IMÁGENES SAGRADAS EN LUGARES PÚBLICOS?
¿O EL CRISTIANO, IMAGEN PÚBLICA DE CRISTO?


2. Ante tal situación, son posibles muchas reacciones. Una es resignarse a que la cosa es así y que no hay nada que hacerle, y plegarse al medio ambiente. “No seré yo el estúpido que pierda el tren”. Y así sumar iniquidad a iniquidad. Otra, horrorizarse y quedar paralizados, mientras el mal sigue cundiendo, satisfechos sólo con nuestros lamentos por la moral perdida. Otra, ilusionarse con que la sociedad se cristianiza por la simple ubicación de imágenes religiosas en lugares públicos. Y muchas actitudes más. No me propongo enumerarlas y menos analizarlas todas.


3. Viniendo a la última: no quiero entrometerme en la polémica que hace unos meses se desató en Buenos Aires por la ubicación de una imagen de la Virgen María en el Palacio de Justicia. No dudo que las imágenes públicas que han sido ubicadas legítimamente a través de la historia deben ser preservadas como precioso recuerdo de nuestras raíces. Sería necio repetir aquí el fenómeno de la Revolución Francesa que dejó un montón de estatuas degolladas en los frentes de estupendas catedrales góticas. Tampoco afirmo que no pueda ubicarse en un espacio público ninguna imagen sagrada más. Caso por caso debe ser discernida su oportunidad por la autoridad civil en unión con la legítima autoridad religiosa.


4. Quiero, sin embargo, advertir sobre una verdad cristiana fundamental: que la única imagen que es capaz de hacer más cristiana a una ciudad es la imagen de Cristo impresa en el cristiano, que se da a conocer a través de la conducta honesta de éste, incluidos sus deberes para con la sociedad.

Cuando el mundo romano estaba plagado de estatuas de dioses y de próceres, muchos de ellos grandes criminales, el apóstol san Pablo catequizó perfectamente a sus fieles sobre que cada uno ellos era la verdadera imagen de Dios y de Cristo. Así, escribiendo a los romanos: “A los que Dios conoció de antemano, los predestinó a reproducir la imagen de su Hijo” (Rom 8,29). Y también a los colosenses: “(Por el Bautismo) ustedes se despojaron del hombre viejo y de sus obras, y se revistieron del hombre nuevo, aquel que avanza hacia el conocimiento perfecto, renovándose constantemente según la imagen de su Creador” (Col 3,9-10).

En ambas cartas muestra que tener impresa la imagen de Cristo supone mucho más que la adopción de una pose exterior. Exige un verdadero cambio interior, que se refleje en la conducta cotidiana: “Hagan morir en sus miembros todo lo que es terrenal: la lujuria, la impureza, la pasión desordenada, los malos deseos y también la avaricia, que es una forma de idolatría. Acaben con la ira, el rencor, la maldad, las injurias y las conversaciones groseras. Tampoco se engañen los unos a los otros” (Col 3,5-9).



III. LA CUARESMA: VUELTA A LA AUTÉNTICA IMAGEN CRISTIANA


5.
El Miércoles pasado comenzó la Cuaresma. Es el tiempo de preparación a la Pascua. Un tiempo muy oportuno para que los cristianos cotejemos nuestra imagen con la de Cristo, si intenta reproducir la de él, si la que trasmitimos con nuestras obras es conforme con la que obtuvimos en el Bautismo.

Varias de las lecturas bíblicas de los días pasados nos exhortaban a huir de la apariencia religiosa y a abrazar la auténtica imagen cristiana, que se manifiesta en la conducta. “Desgarren su corazón y no sus vestiduras”, nos decía el Miércoles de Ceniza el profeta Joel (2,13). Y el viernes, Dios, por medio del profeta Isaías, nos amonestaba: “Denúnciale a mi pueblo su rebeldía. Ustedes, el mismo día en que ayunan, se ocupan de negocios y maltratan a su servidumbre. Ayunan para entregarse a pleitos y querellas y para golpear perversamente con el puño. Éste es el ayuno que yo amo: soltar las cadenas injustas, desatar los lazos del yugo, dejar en libertad a los oprimidos y romper todos los yugos; compartir tu pan con el hambriento y albergar de veras a los pobres sin techo; cubrir al que veas desnudo, y no despreocuparte de tu propia carne”. Y todavía ayer: “Si eliminas de ti todos los yugos, el gesto amenazador y la palabra maligna; si ofreces tu pan al hambriento y sacias al que vive en la penuria, tu luz se alzará en las tinieblas y tu oscuridad será como el mediodía” (Is 58,1.3-4.6-7.9-10).


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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