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SER CRISTIANO HOY (2)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
7
de marzo de
2004
I. Jesús nos propone el ideal del cristiano
1. Ponerse a escribir sobre el cristiano hoy, podría hacerse
cuesta arriba si uno se obsesionase con la situación del mundo en el
que nos toca vivir. No hay más remedio que prestar alguna atención a
esto, porque se deben conocer los obstáculos a sortear. Lo hacen los
mismos Evangelios. Pero sin privilegiar su mirada, pues podría
sucedernos como a la liebre que se encandiló por los faros del camión
y fue aplastada. En este mundo existe la maldad, en forma creciente y
explosiva. El mismo Jesús nos lo advirtió: “Es inevitable que haya
escándalos” (Lc 17,1). Pero nos enseñó que nunca la maldad humana
será más poderosa que la infinita bondad de Dios. Y, por tanto, que
siempre será posible que el hombre se revista de la bondad divina. Por
ello Jesús propone como ideal no el de un discípulo quejoso por el
mundo que le toca vivir, sino el de uno esperanzado que aspira a ser
bueno con un corazón como el del mismo Dios: “Fijando la mirada en
sus discípulos, dijo: Sean misericordiosos, como el Padre de ustedes
es misericordioso” (Lc 6,20.36).
2. Buena parte del capítulo 6 del Evangelio de San Lucas es la
presentación que Jesús hace de su ideal del discípulo: “Yo les digo
a ustedes: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian.
Bendigan a los que los maldicen, rueguen por los que los difaman. Al
que te pegue en una mejilla, preséntale también la otra; al que te
quite el manto, no le niegues la túnica. Dale a todo el que te pida, y
al que tome lo tuyo no se lo reclames. Hagan por los demás lo que
quieren que los hombres hagan por ustedes. Si aman a aquellos que los
aman, ¿qué méritos tienen? Porque hasta los pecadores aman a aquellos
que los aman. Si hacen el bien a aquellos que se lo hacen a ustedes,
¿qué mérito tienen? Eso lo hacen también los pecadores. Y si prestan a
aquellos de quienes esperan recibir, ¿qué mérito tienen? También los
pecadores prestan a los pecadores, para recibir de ellos lo mismo.
Amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada en
cambio. Entonces la recompensa de ustedes será grande y serán hijos
del Altísimo, porque él es bueno con los desagradecidos y los malos”
(6,27-35).
El mismo
ideal encontramos en el Sermón del Monte. Y a lo largo de los cuatro
Evangelios. Una y otra vez deberemos volver a él.
3. Valga la pena escuchar ya ahora una resonancia del ideal de
cristiano propuesto por Jesús en la pluma del apóstol San Pablo que
les escribe a los romanos: “Bendigan a los que los persiguen,
bendigan y no maldigan nunca. No devuelvan a nadie mal por mal.
Procuren hacer el bien ante todos los hombres. En cuanto dependa de
ustedes, traten de vivir en paz con todos. Queridos míos, no hagan
justicia por sus propias manos, antes bien, den lugar a la ira de
Dios. Si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de
beber. Haciendo esto, amontonarás carbones encendidos sobre su cabeza.
No te dejes vencer por el mal. Por el contrario, vence al mal haciendo
el bien” (Rom 12,14-21).
II. Proponer el ideal de santidad en el Tercer Milenio
4. Ser cristiano y ser santo son sinónimos en el Nuevo
Testamento. Sin embargo hemos de confesar que, incluso a los pastores
modernos, nos cuesta hablar de la santidad, y mucho más proponerla
como ideal de vida concreta. A esta palabra la hemos cargado con
tantos sentidos equívocos que ya no sabemos pronunciarla. No obstante
tenemos que enfrentar el entuerto. Juan Pablo II lo hizo con claridad
al concluir el Gran Jubileo, en la carta apostólica “Al comienzo del
nuevo milenio” (2001). Después de exhortarnos a los Obispos a
proseguir la obra evangelizadora formulando orientaciones pastorales
adecuadas a las condiciones de cada comunidad, indica cuál es el cauce
fundamental que ha de guiar todos los esfuerzos apostólicos: “En
primer lugar, no dudo en decir que la perspectiva en la que debe
situarse el camino pastoral es el de la santidad” (n. 30).
Y
sintiendo él mismo la dificultad que hoy puede suscitar esta palabra,
da dos pasos. Primero, recuerda la alegría que sintió la Iglesia
cuando el Concilio Vaticano II recordó que la santidad es una vocación
universal o llamado dirigido a todos los cristianos: “Todos en la
Iglesia, ya pertenezcan a la jerarquía, ya sean dirigidos por ella,
son llamados a la santidad según aquello del Apóstol: Porque esta es
la voluntad de Dios, vuestra santificación” (Lumen Gentium 39).
En
segundo lugar, sale al cruce de uno de los principales equívocos:
“Este ideal de perfección no ha de ser malentendido, como si implicase
una especie de vida extraordinaria, practicable sólo por algunos
genios de la santidad. Los caminos de la santidad son múltiples y
adecuados a la vocación de cada uno. Es el momento de proponer de
nuevo a todos con convicción este alto grado de vida cristiana
ordinaria. La vida entera de la comunidad eclesial y de las familias
cristianas debe ir en esta dirección” (n. 31).
III. Planificación pastoral y Santidad
5.
El Papa sale al paso todavía de una posible objeción: poner la
santidad como fundamento de la programación pastoral sería algo poco
práctico. “¿Acaso se puede programar la santidad? ¿Qué puede
significar esta palabra en la lógica de un Plan pastoral?”. Y
responde: “Poner la programación pastoral bajo el signo de la
santidad es una opción llena de consecuencias. Significa expresar la
convicción de que, si el Bautismo es una verdadera entrada en la
santidad de Dios por medio de la inserción en Cristo y la inhabitación
de su Espíritu, sería un contrasentido contentarse con una vida
mediocre, vivida según una ética minimalista y una religiosidad
superficial” (n. 31).
Es
evidente que una programación pastoral no tiene sentido en sí misma.
Vale porque es un instrumento al servicio de la finalidad principal de
la Iglesia: que los hombres y la humanidad toda “sean santos como
Dios es santo” (1 Pe 1,16). Un buen tema para reflexionar en esta
Cuaresma.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia |