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SER CRISTIANO HOY (3)


Mensaje
dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
14 de marzo de 2004



I. CRISTIANO NO SE NACE, SE RENACE


1. Desde que el hombre es religioso, sufre la tentación de pensar que es tal gracias a su nacimiento, o a algún ascendiente religioso famoso. “Tenemos por padre a Abraham”, decían muchos judíos en tiempo de Juan Bautista. Y éste les respondía que eso no les servía de nada, “porque yo les digo que de estas piedras Dios puede hacer surgir hijos de Abraham” (Lc 3,8). En la misma comunidad cristiana primitiva había cristianos de origen judío que se pavoneaban de ello: “Nosotros somos judíos de nacimiento y no pecadores venidos del paganismo” (Ga 2,15). Y había que ponerlos en guardia contra ese tipo de prejuicios, porque por allí podían perder la verdadera identidad cristiana.

No es de extrañar, entonces, que a un judío ilustre como Nicodemo, Jesús le respondiese que debía nacer de nuevo, con un nacimiento no carnal volviendo al seno materno, sino con un renacimiento espiritual: “Te aseguro que el que no nace del agua y del Espíritu no puede entrar el Reino de Dios. Lo que nace de la carne es carne, lo que nace del Espíritu es espíritu. No te extrañes de que te haya dicho: Ustedes tienen que renacer de lo alto” (Jn 3,5-7).


2. Con esto no se niega la conveniencia de una buena educación religiosa en familia. Ésta es ponderada en el Antiguo y en el Nuevo Testamento. Pero si es tal, debe preparar al hijo a la opción religiosa fundamental. No puede contentarse con una simple instrucción religiosa. El infierno está lleno de gente instruida en religión. Como escribía el apóstol Santiago: “¿Tú crees que hay un solo Dios? Haces bien. Los demonios también creen, y sin embargo tiemblan” (2,19).



II. LA OPCIÓN RELIGIOSA FUNDAMENTAL


3. Al hablar de opción religiosa fundamental: no consideramos aquí el caso, hoy frecuente, del hijo de padres que profesen confesiones cristianas, e incluso religiones distintas. Y que, por tanto, un día se halle en el drama de tener que optar por la religión del padre o la de la madre, u otra. La situación merece respeto, comprensión, y tacto pastoral, pues no se trata sólo de elegir entre dos religiones como si fuesen dos cuadros de fútbol.

La opción religiosa de la que hablamos aquí es mucho más profunda. La religión cristiana supone siempre una opción fundamental, que hay que renovar permanentemente: entre ser de veras discípulo de Cristo o mantener una apariencia cristiana.

Esta opción está expresada con frecuencia y de muchas maneras en los Evangelios. Por ejemplo: “El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue su cruz cada día y me siga” (Lc 9,23). “El que pone la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9,62). “No se puede servir a Dios y al dinero” (Lc 16,13). El pasaje evangélico en el que esta opción se muestra quizá con mayor dramatismo es la escena en la que Jesús, después del sermón sobre el Pan de Vida, invita a los Doce Apóstoles a dejarlo o a seguirlo: “Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: ¿También ustedes quieren irse?”. La opción de los Doce fue clara: “Señor, a quién iremos? Tú tienes palabra de Vida eterna. Nosotros hemos creído que eres el Santo de Dios” (Jn 6,66-69). Se parece bastante a aquella otra escena del Antiguo Testamento cuando Josué invitó a los israelitas a optar entre el Dios del Sinaí y los otros dioses: “Teman al Señor y sírvanlo con integridad y lealtad. Y si no están dispuestos a servir al Señor, elijan a quien servir, si a los dioses a quienes sirvieron sus antepasados, o a los dioses de los amorreos, en cuyo país ustedes ahora habitan. Yo y mi familia serviremos al Señor” (Jos 24,14-15).



III. LA OPCIÓN CRISTIANA FUNDAMENTAL:

ALMA DE LA CUARESMA Y DE LA ACCIÓN PASTORAL DE LA IGLESIA


4. El camino de la Cuaresma, que hemos comenzado el Miércoles de Ceniza, se concluye en la Noche de la Vigilia Pascual, cuando el sacerdote celebrante pone al pueblo ante la opción fundamental. Por una parte, renunciar (o no renunciar) a toda forma de Mal: “¿Renuncian ustedes al pecado para vivir en la libertad de los hijos de Dios?” Y ello, por tres veces. Y luego, también por tres veces, adherir (o rechazar) a Dios sumo bien: “Creen ustedes en Dios Padre todopoderoso...”.

Convendría que todos los cristianos, y en especial los pastores y los catequistas, nos preguntemos si concentramos nuestras energías apostólicas en hacer que cada uno de los fieles encomendados a nuestro cuidado pastoral se formule con seriedad esta opción.

Valdría la pena que se hiciesen la pregunta nuestras Parroquias: si todo el dinamismo apostólico que despliegan interpela a sus miembros a seguir a Jesucristo. Una de las cosas que me causa más tristeza es cuando, hablando con pastores de otras Iglesias que antes fueron católicos, me dicen: “Desde que yo me convertí...”. O sea que, según ellos, antes, en nuestras Parroquias no se encontraron con Cristo. ¿Lo dicen de mala fe? A veces me dan la impresión de estar enamorados de Jesucristo con un amor que no tuvieron siendo católicos. Para pensarlo. ¿Y la catequesis que impartimos lleva a los catecúmenos a formularse la opción cristiana fundamental? ¿Y los Colegios católicos? En mi reciente viaje a Alemania, al conversar con los directivos de los Colegios, me llamó la atención la claridad de pensamiento sobre la finalidad del mismo: o éste acompaña a los alumnos en el proceso de formulación de la opción cristiana fundamental, o no tiene sentido que exista. ¿Y las Asociaciones de apostolado y los Movimientos de espiritualidad? Surgidos ciertamente de un ansia de seguimiento más radical a Jesucristo, ¿mantienen fresco el amor con el cual surgieron? ¿o se instalan a veces en una especie de falso equilibrio de querer servir a Dios y al mundo?

Para todos en la Iglesia vale la amonestación de Jesucristo en el Apocalipsis: “Debo reprocharte que hayas dejado enfriar el amor que tenías al comienzo” (Ap 2,4).


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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