|
SER CRISTIANO HOY (4)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
21
de marzo de
2004
I. “ARREPENTIRSE”
1. La primera palabra que el evangelista San Marcos pone en
labios de Jesús es: “¡Arrepiéntanse!” (1,14). Lo mismo hace San
Mateo (Mt 4,17). Es la palabra que Jesús emplea para explicar el por
qué de su venida: “Yo no he venido a llamar a los justos al
arrepentimiento, sino a los pecadores” (Lc 5,32). Y es también la
palabra que utiliza en el último mensaje a sus apóstoles para explicar
la finalidad de la misión que les encomienda: “Comenzando por
Jerusalén, en su Nombre debe predicarse a todas las naciones el
arrepentimiento para el perdón de los pecados” (Lc 24,47).
Igualmente, es la palabra que usa el apóstol Pedro el día de
Pentecostés cuando responde a los que le preguntan qué tienen que
hacer: “Arrepiéntanse y háganse bautizar en el Nombre de
Jesucristo” (Hch 2,38). Y es también la que usó el apóstol Pablo
predicando en el areópago de Atenas: “Ha llegado el momento en que
Dios manda a todos los hombres, en todas partes, que se arrepientan” (Hch
17,30). Es, por fin, una de las palabras que más se repite en el
Apocalipsis que corona el Nuevo Testamento: “Fíjate bien desde
donde has caído, - le manda decir Jesucristo a la Iglesia de Éfeso
-, arrepiéntete y observa tu conducta anterior. Si no te
arrepientes, vendré hacia ti y sacaré tu candelabro de su lugar
preeminente” (Ap 2,5). Como afirma la Carta a los Hebreos, “la
enseñanza elemental sobre Cristo”, incluye “el arrepentimiento
por las obras que llevan a la muerte” (6,1).
2. “Arrepentimiento” es la palabra española que mejor traduce
la palabra griega “metánoia” que utilizan los evangelistas, y que
significa “cambio de manera de pensar”. Y aparece con más frecuencia
que otra similar: “epistréfein”, que significa volver sobre los
propios pasos, o convertirse. Las traducciones actuales del Nuevo
Testamento suelen traducir ambas palabras por “conversión”.
Ésta
última tiene hoy un uso exclusivamente religioso. No se la usa en el
lenguaje común. La primera, en cambio, más usada en la Iglesia por el
auge del sacramento de la Penitencia (al cual acuden los penitentes o
arrepentidos), hoy se la usa también en el derecho civil. Hace algunos
años para desbaratar a las mafias se inventó en Italia la figura del
“pentito” o “arrepentido”. En estos días la palabra se ha vuelto
famosa en la Argentina a causa del “arrepentido” Pontacuarto.
3. Pero hemos de admitir que “arrepentirse” es, en general, una
palabra difícil de digerir. Quizá por su antiguo uso religioso. Hoy la
suelen usar los periodistas para hurgar en la conducta de alguien que
hizo una fechoría: “¿Usted se arrepiente de...?”. La respuesta suele
ser automática: “Yo no me arrepiento de nada”. Porque en la conciencia
colectiva “arrepentirse” significa “achicarse”, “fruncirse”,
“rebajarse”, “degradarse”. Y no ya más lo que la palabra significaba
originalmente: aceptar haber hecho el mal y querer repararlo. Y así
convertir el mal en ocasión para el bien. Imposible que los japoneses
se arrepientan de Pearl Harbour. O que los norteamericanos lo hagan
por Hiroshima. Gigantes en su poderío militar, no tienen la suficiente
estatura moral para un acto de arrepentimiento. Es inútil pedirle a
Bush que se arrepienta de las mentiras con que invadió a Irak. Y no
digamos nada de las fuerzas políticas y sociales que han hundido a la
Argentina. Salvo las Fuerzas Armadas, hasta ahora ninguna se
arrepintió de nada.
II. EL ARREPENTIMIENTO BROTA DE LA FE EN DIOS
4. En cambio, es notable cómo el arrepentimiento estaba en la
conciencia del hombre antiguo como una posibilidad de empezar a
existir de nuevo. Era fruto de la fe en Dios, que es justo y bondadoso
a la vez, según se reveló a Moisés en el Sinaí: “El Señor es un
Dios compasivo y bondadoso, lento para enojarse y pródigo en amor y
fidelidad. El mantiene su amor a lo largo de mil generaciones y
perdona la culpa, la rebeldía y el pecado; sin embargo no los deja
impunes” (Ex 34,6-7). Y como dijo por medio del profeta Ezequiel:
“Yo no me complazco en la muerte del malvado, sino en que el
malvado se convierta de su mala conducta y viva” (33,11).
Ante este
Dios, justo y bondadoso, el hombre no teme encontrarse desnudo con
toda su realidad de pecado. El que lo creó una vez, lo puede volver a
recrear, y hacer que de malvado se vuelva justo. Algunos salmos
expresan maravillosamente esta convicción: “¡Ten piedad de mí,
Señor, por tu bondad, por tu gran compasión borra mis faltas! ¡Lávame
totalmente de mi culpa y purifícame de mi pecado! Porque yo reconozco
mis faltas y mi pecado está siempre ante mí. Contra ti, contra ti solo
pequé e hice lo que es malo a tus ojos. Tú amas la sinceridad del
corazón y me enseñas la sabiduría en mi interior. Aparta tu vista de
mis pecados y borra todas mis culpas. Crea en mí, Dios mío, un corazón
puro, y renueva la fuerza de mi espíritu” (Sal 51,3-12).
III. ARREPENTIRSE DE LA MEDIOCRIDAD
5. El Apocalipsis, antes citado, muestra que cada uno de los
cristianos y la comunidad entera deben estar en proceso permanente de
arrepentimiento o conversión. Así, las Iglesias de Éfeso, Pérgamo,
Tiatira, Sardes, Laodicea (Ap 2,16.21-22; 3,3.19). Un rasgo negativo,
que se le echa en cara a algunas Iglesias y que debe ser objeto de
arrepentimiento, es la mediocridad o tibieza. A la de Éfeso le dice:
“Tengo contra ti que has perdido tu amor de antes. Arrepiéntete” (Ap
2,4-5). Y a la de Laodicea: “Puesto que eres tibio, y no frío
ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. Sé, pues, ferviente y
arrepiéntete” (Ap 3,16.19).
¿No es la
mediocridad acaso un rasgo de la Iglesia contemporánea? Y al decir
“Iglesia”, cada uno de sus miembros y sectores que la componemos
debemos escuchar la exhortación de Jesucristo a arrepentirnos: los
tres órdenes del clero, las congregaciones religiosas, las parroquias,
los colegios, las asociaciones laicales y movimientos.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia |