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SER CRISTIANO HOY (5)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
28
de marzo de
2004
I. SEGUIR A JESUCRISTO SIN CONDICIONES
1. Buena parte del Evangelio de San Lucas, que leemos durante
los domingos de este año, está compuesto como un camino que Jesús
recorre desde Galilea hasta Jerusalén, donde ha de padecer en la cruz
y ser glorificado. A lo largo del camino se van sumando sus
discípulos: “Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación
al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén. Mientras
iban caminando, alguien le dijo a Jesús: Te seguiré adonde vayas” (Lc
9,51.57). El seguimiento del que se habla no es un simple sumarse
a una caravana, sino un adhesión interior al Maestro, que lleva al
discípulo a adoptar sus criterios de vida y a asumir su suerte. Vale
la pena leer todo el párrafo recién citado. Allí apreciamos la
respuesta de Jesús a ese discípulo: “Los zorros tienen sus cuevas y
las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde
reclinar su cabeza”. Y aparecen otras dos situaciones más: “Y
dijo a otro: Sígueme. Él respondió: Permíteme que vaya primero a
enterrar a mi padre. Pero Jesús le respondió: Deja que los muertos
entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios. Otro le
dijo: Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos.
Jesús le respondió: El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia
atrás, no sirve para el Reino de Dios” (Lc 9,58-61).
2. Sería absurdo entender que Jesús dice en sentido literal lo
de no enterrar al propio padre, cuando en el mismo Evangelio enseña
que el cumplimiento del mandamiento de honrar al padre y a la madre es
indispensable para heredar la vida eterna (cf. Lc 18,20). En éste y en
los otros dos casos mencionados, es evidente que Jesús, usando el
lenguaje propio de los orientales, invita al discípulo a seguirlo sin
condiciones. Porque en el seguimiento de Jesús son admisibles las
deficiencias, de las cuales el discípulo puede arrepentirse, pero no
es posible ponerle condiciones, porque éstas paralizan al discípulo y
le impiden el seguimiento.
3. La misma incondicionalidad en su seguimiento la pide Jesús a
todos sus discípulos en otras escenas. Una, antes de emprender el
camino a Jerusalén: “Dijo a todos: El que quiera venir detrás de
mi, que renuncie a sí mismo, que cargue con su cruz cada día y me
siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá y el que pierda
su vida por mí, la salvará. ¿De qué le servirá al hombre ganar el
mundo entero, si pierde y arruina su vida? Porque si alguien se
avergüenza de mí y de mis palabras, el Hijo del hombre se avergonzará
de él cuando venga en su gloria” (Lc 9,23-{26). Es evidente que
Jesús aquí dirige sus exigencias no sólo al reducido grupo de los Doce
Apóstoles, sino a todos los que quieran ser sus discípulos.
Otra
escena tiene lugar durante el camino a Jerusalén: “Junto con Jesús
iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: Cualquiera que
venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a
sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no
puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no
puede ser mi discípulo (Lc 14,25-27). San Lucas propone a
continuación dos parábolas: la del constructor que, antes de edificar
una torre, hace los cálculos para ver si tiene recursos para
terminarla. Y la del rey que, antes de ir a la guerra, cuenta sus
tropas y calcula las del adversario para ver si podrá vencerlo. Ambos
han de decidirse en serio, o será mejor no emprender ninguna de las
dos empresas (cf. 14,28-32). Y concluye: “De la misma manera,
cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede
ser mis discípulo” (v.33).
Se lo
sigue a Jesús, o no se lo sigue. No son posibles las medias tintas. El
tema del seguimiento incondicional coincide con el de la opción
cristiana fundamental, expuesto aquí el domingo antepasado.
II. SEGUIR A JESÚS DE LEJOS
4. San Lucas, lo mismo que los otros dos Evangelios sinópticos,
trae una escena significativa. Después que Jesús fue arrestado en el
huerto de los Olivos y lo condujeron a la casa del Sumo Sacerdote,
“Pedro lo seguía de lejos” (Lc 22,54). ¿Le interesa al evangelista
medir los metros que separan al apóstol Pedro de Jesús arrestado? Por
la narración que sigue, se nota que le preocupa otra distancia, la
espiritual, que hay entre el Maestro y el discípulo. Cuando Pedro en
la casa del Sumo Sacerdote se vio deschavado por uno de los que
estaban junto al fuego: “¿No eres tú también uno de sus
discípulos?” (Jn 18,25), lo negó rotundamente. ¡Era mucha
la distancia espiritual que separaba a Pedro de Jesús! Lo seguía de
lejos. Por ello que después de su Resurrección, Jesús misericordioso
quiso acortar esa distancia. El evangelista San Juan cuenta que, Jesús
le preguntó por tres veces a Pedro si lo amaba, hasta hacerlo llorar,
y después le volvió a decir como el primer día: “Sígueme” (Jn
21,19). Y como éste pretendiese todavía seguir a Jesús de lejos,
preocupándose más de curiosear en la suerte de otro discípulo, mereció
escuchar del Maestro una reprimenda: “Si yo quiero que él quede
hasta mi venida, ¿qué te importa? Tú sígueme” (Jn 21,22).
III. LA DECLAMACIÓN DE SER CATÓLICOS DE LOS ARGENTINOS
5.
Si el seguimiento del apóstol Pedro era tan de lejos, ¿cuán cercano es
el de los católicos argentinos? La pregunta vale para todos: para mí
que la formulo, y para todos los fieles y pastores, en especial para
los de la Arquidiócesis de Resistencia. ¿Somos de veras discípulos de
Cristo que procuramos seguirlo de cerca? ¿O acontece que nuestro
catolicismo es, como decía Pablo VI, un barniz exterior? ¿O como decía
el profeta Jeremías, nuestra religión es una pura declamación? A los
israelitas que se pensaban salvados de la ruina porque tenían el
Templo, los reconvenía así: “Enmienden su conducta y sus acciones,
y yo haré que ustedes habiten en este lugar. No se fíen de estas
palabras ilusorias: “¡Aquí está el Templo del Señor, el Templo del
Señor, el Templo del Señor!” (Jer 7,3-4).
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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