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SER CRISTIANO HOY (6)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
4
de abril de
2004
- Domingo de Ramos
I. LA PASIÓN DE CRISTO
1. El título de este párrafo a más de uno le evocará la
controvertida película de Mel Gibson, que está en cartelera. No la he
visto. Y mucho me cuidaría de hablar sobre ella en esta semana para no
olvidar la Pasión de Cristo según los Evangelios, cuya narración es el
centro de la celebración de hoy, Domingo de Ramos, y de toda la Semana
Santa. Con esta narración no puede competir ninguna versión
cinematográfica. Este año corresponde leer la Pasión según San Lucas.
El próximo Viernes Santo, como todos los años, leeremos la Pasión
según San Juan.
2. La Pasión de Cristo es mucho más que un hecho policial
escabroso. Para entenderla no basta acomodarse en la butaca de un cine
y disponerse a contemplar un espectáculo. Es preciso contemplarla en
clima de oración con los ojos de la fe y del amor. Vista desde
nosotros, la Pasión es la expresión suprema del mal que los hombres
somos capaces de plasmar. Es el cumplimiento de la vieja profecía:
“Despreciado, desechado por los hombres, abrumado de dolores y
habituado al sufrimiento. Como alguien ante quien se aparta el rostro,
tan despreciado que lo tuvimos por nada” (Isaías 53,3).
Hagamos
un esfuerzo para recordar el catálogo de las maldades humanas. Y
tengamos el valor de meternos dentro. Todas las mentiras,
maledicencias, difamaciones, calumnias, perjurios. Todos los egoísmos,
indiferencias, abusos, atropellos, despilfarros, lujuria. Todos los
robos, sobornos, expoliaciones, asesinatos, venganzas, traiciones,
genocidios, desapariciones, esclavitudes. Es infinito el peso de la
maldad humana, de la que no está exento nadie, ninguna persona,
generación o pueblo. San Pablo lo dijo con crudeza: “Todos están
sometidos al pecado, tanto los judíos como los que no lo son”. Y
recuerda el salmo 14: “No hay ningún justo, ni siquiera uno, no hay
nadie que comprenda, nadie que busque a Dios. Todos están extraviados,
igualmente corrompidos, nadie practica el bien, ni siquiera uno solo”
(Rom 3,10-12). Fue por el peso insoportable de la maldad de sus
hermanos, que Jesús “dirigió súplicas y plegarias, con fuertes
gritos y lágrimas, a aquel que podía salvarlo de la muerte” (Hb 5,7).
3. Vista desde Jesucristo, la Pasión es la expresión máxima del
amor que un hombre tiene por sus semejantes, incluidos sus enemigos:
“Difícilmente se encuentra alguien que dé su vida por un hombre
justo; tal vez alguno sea capaz de morir por un bienhechor. Pero la
prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando
todavía éramos pecadores” (Rom 5,7-8).
Debemos
mirar la Pasión también desde los ojos del mismo Dios. Y es entonces
expresión de su amor universal a todos los hombres. Dios no quiere la
muerte del malvado, sino que se convierta de su mala conducta y viva (Ez
33,11). Por ello nos quiere redimir de nuestros pecados aun a costa de
la pasión y muerte de su Hijo. El apóstol San Pablo quedaba anonadado
ante la desmesura del amor de Dios manifestado en la Pasión de Cristo:
“Si Dios está con nosotros, ¿quién estará contra nosotros? El que
no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,
¿no nos concederá con él toda clase de favores? (Rom 8,31-32). Lo
mismo el apóstol San Juan: “Así Dios nos manifestó su amor: envió a
su Hijo único al mundo, para que tuviéramos Vida por medio de él. Y
este amor no consiste en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en
que él nos amó primero, y envió a su Hijo como víctima propiciatoria
por nuestros pecados” (1 Jn 4,9-10).
II. EL PERDÓN DADO POR JESÚS, INFINITAMENTE INOCENTE
4. Si bien la Pasión de Cristo según San Lucas es parecida a la
de los otros evangelistas, tiene un rasgo muy propio: el perdón que
Jesús derrama sobre todos los hombres: “¡Padre, perdónalos, porque
no saben lo que hacen!” (Lc 23,34). Esta frase pronunciada por
Jesús mientras está clavado en la cruz, es de una sublimidad sin
igual. Propia de la narración de San Lucas, nos da la clave de
interpretación con la cual el evangelista quiso componerla. Y nos da,
también, una de las claves fundamentales para entender el papel del
cristiano en el mundo. Éste que, como todos los hombres es un ser
perdonado por Dios, está en el mundo para dar testimonio de ese perdón
y conceder él también el perdón a sus hermanos.
5. La calidad del perdón que Cristo implora por todos los
hombres resalta sobremanera porque él es un inocente condenado
injustamente. Así lo reconoce Pilato: “Yo no encontré ningún motivo
de condena en los cargos de los que lo acusan; ni tampoco Herodes, ya
que él lo ha devuelto a este tribunal. Como ven, este hombre no ha
hecho nada que merezca la pena de muerte” (Lc 23,14-15). Así
también lo confiesa uno de los ladrones crucificados junto a Jesús
(Lc 23,40-41) .
III. UNA ARGENTINA NECESITADA DE PERDÓN
6. Entre el 20 y 27 de marzo hice un viaje relámpago a Berlín,
vía Roma, a donde fui invitado a una Jornada para exponer sobre
“Criterios éticos para enfrentar la Deuda argentina”. A los alemanes
les dije que también ellos, como los demás pueblos del primer mundo,
son corresponsables de nuestra deuda. Y que, por tanto, deben asumir
una parte de los sacrificios que su cancelación comporta. Nadie me
silbó. Incluso el representante del gobierno alemán ante el Club de
Paris agradeció mi participación en la Jornada.
Vuelto al País, hojeo los diarios, y constato que nos hemos enfrascado
en la tristísima década del 70, de la cual nadie admite ser
corresponsable. Todo lo acontecido entonces es culpa de los otros,
hijos de madres tal vez marcianas pero no argentinas. ¿Incapacidad de
combinar la justicia con la misericordia? ¿Necesidad morbosa de volver
al pasado por incapacidad de enfrentar el presente?
Por
lo demás ¿pensamos en serio que los demás pueblos aceptarán ser
corresponsables de nuestras deudas si los argentinos no aceptamos que
lo somos de nuestros desencuentros?
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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