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SER CRISTIANO HOY (8)


Mensaje
dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
18 de abril de 2004 - Segundo domingo de Pascua



I. PUEBLO ARGENTINO Y PUEBLO DE DIOS


1.
“Pueblo argentino” y “Pueblo de Dios” como dije el domingo pasado son dos realidades que se tocan y relacionan íntimamente, pero no coinciden, ni son sinónimos. Si subrayo la distinción es porque, después de una promisoria Teología sobre la Religiosidad del Pueblo iniciada en la Argentina a fines de los 60, pronto se cayó en el uso indiscriminado del concepto “pueblo”. Ello dificulta advertir con objetividad los males del pueblo argentino, y enfocar bien el papel evangelizador que el pueblo de Dios ha de cumplir en el primero en su calidad de sal de la tierra.

Para superar esta confusión conviene releer la rica doctrina del Concilio sobre el Pueblo de Dios, que se encuentra en la constitución dogmática Lumen Gentium sobre la Iglesia, en especial en el capítulo II (9-17). Igualmente, cuanto enseña la constitución pastoral Gaudium et Spes, sobre la Iglesia en el Mundo actual, especialmente en el capítulo cuarto de la primera parte: Misión de la Iglesia en el mundo contemporáneo (40-45). El tiempo de Pascua es una buena ocasión para esta lectura.



II. ¿MISA? ¿O CELEBRACIÓN DE LA PALABRA DE DIOS?


2. De la confusión de los dos conceptos de “pueblo” brota la convicción de algunos, bien intencionada pero equivocada, de que se evangeliza la vida civil organizando Misas en los diversos ambientes. Ésta es el acto religioso máximo del pueblo de Dios. Su ambiente natural es el templo. O un lugar público especialmente elegido y preparado. De allí, mi negativa a autorizar la celebración de la Santa Misa en las instituciones civiles y demás lugares de trabajo.

Otra cosa muy distinta es que los miembros de una determinada institución civil quieran realizar una Celebración de la Palabra en el lugar del trabajo. Y ello, en alguna circunstancia extraordinaria: para agradecer a Dios en un aniversario especial; para iluminar con la Palabra divina la labor que realizan en favor de la sociedad; para buscar un camino de solución a una situación difícil. Si la autoridad competente está de acuerdo, yo no me opongo.

No estoy negando con esto el derecho de la instituciones civiles a participar de la celebración de la Santa Misa en diferentes circunstancias, sea en la Iglesia Catedral, sea en el templo de la Parroquia en que se encuentren. Lo mismo vale de los diferentes grupos sociales. Pues todo lo humano puede ser objeto de la oración a Dios.


3. Hay, sin embargo, condiciones a respetar siempre en los actos religiosos relacionados con el mundo civil. A saber: un acto religioso es siempre tal. Por lo mismo, nunca puede ser manipulado como arma contra otro grupo. Ello estaría en contra de la naturaleza del acto religioso y de la Iglesia “católica”, que debe acoger incluso a sus perseguidores. Igualmente, una celebración religiosa es siempre un homenaje a Dios, Padre de todos los hombres. Las Misas en los aniversarios de personajes ilustres son primeramente para pedir a Dios que los purifique de todo pecado y los revista de su gloria, y para agradecerle por los beneficios que hubiésemos recibido a través de ellos.



III. EL CRISTIANO: MIEMBRO DE LA IGLESIA Y DE LA SOCIEDAD


4. Conviene recordar que en el cristiano se conjugan siempre dos papeles: ser miembro de la Iglesia y miembro de la sociedad civil. Éstos no deben ser confundidos. Ambos deben ser cumplidos con responsabilidad. En los dos ámbitos el cristiano está llamado a vivir su fe, respetando la naturaleza de cada uno.

En la Iglesia: se esmerará en la participación gozosa de la liturgia, y tal vez también en la realización de algún apostolado. Por ejemplo, la catequesis de los niños, la caridad con los enfermos y los pobres, la participación en algún equipo parroquial, etc; pero siempre sin descuidar los propios deberes temporales, que llenan la mayor parte de su vida cotidiana.

En la sociedad: se esforzará en la práctica de estos deberes. Por ejemplo: el cuidado de la propia familia, la realización responsable y honesta de su trabajo o profesión, la solidaridad con el vecindario, el respeto de lo público como propiedad de todos, el pago de los impuestos, la exigencia de que la autoridad rinda cuenta de su administración. Y, en general, el cumplimiento de todos los deberes, pequeños o grandes, que como ciudadano tiene con la sociedad, incluido la lucha contra toda forma de corrupción.


5. Recuerdo un pasaje del apóstol San Pablo que he citado muchas veces, pues en él se describen de manera luminosa los dos papeles que el cristiano tiene en la Iglesia y en la sociedad. Se trata de los capítulos 12 y 13 de la carta a los romanos. Están introducidos por la siguiente exhortación: “Ofrézcanse a ustedes mismos como una víctima viva, santa, agradable a Dios: éste es el sacrificio espiritual que deben ofrecer” (Rom 12,1). Según el apóstol, el cristiano honra a Dios no ya con ofrendas de animales, sino con la propia existencia vivida en la justicia y rectitud, y no sólo en la Iglesia, sino también en la sociedad.



IV. “SOY CIUDADANO CRISTIANO”


6. Con este título, el P. Martín Weichs, cura de la Parroquia Verbo Divino de Resistencia, acaba de publicar una especie de “Catecismo Social”, con 27 catequesis relativas a los deberes del cristiano en la sociedad. Viene a llenar una laguna, no sólo en el campo editorial, sino sobre todo en el campo catequético. Los mismos Obispos, en la reunión extraordinaria de enero de 2002, reconocimos que esta laguna existe: “En un país que se profesa mayoritariamente cristiano no es fácil explicar la presente crisis sin una grave falla en la coherencia entre la fe y la vida, y en la catequesis y predicación de la moral social”. El libro del P. Martín es un aporte importante para superarla. Lo recomiendo, en especial a los equipos parroquiales de Pastoral Social.


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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