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SER CRISTIANO HOY (11)


Mensaje dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
9 de mayo de 2004 - Quinto domingo de Pascua



I. LOS DIEZ MANDAMIENTOS, CAMINO A LA VIDA ETERNA


1. Un muchacho le preguntó a Jesús “¿qué obras buenas debo hacer para conseguir la vida eterna?”. Y él le respondió: “Cumple los Mandamientos”. Pero éstos eran tantos en la Ley de Moisés, que volvió a preguntarle: “¿Cuáles?”. Jesús le recordó entonces los Diez Mandamientos (Mt 19,16-19).

Que los mandamientos en la Antigua Alianza eran muchos, lo sabían los maestros judíos, los cuales habían contado 613. Lo podemos verificar en el libro del Levítico leyendo la legislación sobre lo puro y lo impuro y la ley de santidad (capítulos 11-27). Además de ser difícil de recordar, tal ley tenía la desventaja de presentar en un mismo plano cosas de muy distinto valor. Abstenerse de comer animales que tienen la pezuña partida valía lo mismo que no insultar al padre y a la madre. Se equiparaban usos culturales con la ley de la conciencia. De allí, que el apóstol Pedro tuviese que defender a los cristianos de origen pagano de la pretensión de algunos de exigirles cumplir toda la Ley de Moisés: “¿Por qué ahora ustedes tientan a Dios, pretendiendo imponer a los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros pudimos soportar?” (Hch 15,10).



II. EL MANDAMIENTO MÁS GRANDE


2. Los Diez Mandamientos del Sinaí fueron una formulación de lo esencial de la conducta moral. Sin embargo, la multitud de los mandamientos siguió pesando en el pueblo judío. De allí que algunos maestros se preguntasen por el primero o el más grande de ellos. Y, con buena o con mala intención, le presentaron la preocupación a Jesús: “Maestro, ¿cuál es el mandamiento más grande de la Ley?” Él extrajo la respuesta del mismo Antiguo Testamento, haciendo una síntesis preciosa: “Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todo tu espíritu” (Deuteronomio 6,5): éste es el más grande y el primer mandamiento. El segundo es semejante al primero: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Levítico 19,18). De estos dos mandamientos dependen toda la Ley y los Profetas” (Mt 22,36-40).

Lo mismo que Jesús, los Apóstoles, empalmaron perfectamente esta síntesis con la enseñanza de los Diez Mandamientos, sin establecer oposición entre ambos, como lamentablemente ocurrió a veces en la catequesis moderna. Lo observamos en las cartas del apóstol San Pablo: “El que ama al prójimo ya cumplió toda la Ley. Porque los mandamientos: No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás, y cualquier otro, se resumen en éste: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo. Por lo tanto, el amor es la plenitud de la Ley” (Rom 13,8-10).



III. LA LETRA MATA, EL ESPÍRITU DA VIDA


3. El hombre religioso está siempre sometido a dos tentaciones. La primera, poner la santidad en el cumplimiento de usos y tradiciones, que pueden ser buenos, pero que no son exigidos por Dios ni por la conciencia del hombre. Así hacían los escribas y fariseos que ponían la pureza en el lavado de las manos y no en la limpieza del corazón (ver Mt 15,1-20). Esto sucede también hoy en pueblo cristiano; por ejemplo, con ciertas devociones o revelaciones privadas que son propuestas como si fuesen un nuevo evangelio.

La segunda tentación es chicanear con el cumplimiento de los Mandamientos. Es decir, permitirse una conducta liviana hasta dónde no sea pecado. Este “minimalismo” moral nada tiene que ver con el ideal de santidad que propone Jesús. Él vino para dar cumplimiento a la Ley. Es decir, para desentrañar su sentido más profundo y realizarlo. Lo demás sólo sirve para el autoengaño, no para la salvación: “Les aseguro que si la justicia de ustedes no es superior a la de los escribas y fariseos, no entrarán en el Reino de los cielos” (Mt 5,20). Por ello Jesús enseñó a profundizar en la letra de los Mandamientos: “Ustedes han oído que se dijo a los antepasados: No matarás, y el que mata debe ser llevado ante el tribunal. Pero yo les digo que todo aquel que se irrita contra su hermano merece ser condenado por un tribunal. Y todo aquel que lo insulta, merece ser castigado por el Sanedrín” (Mt 5,21-22). Jesús no se contenta con que su discípulo no mate al prójimo a punta de puñal. Enseña que no debe herirlo ni siquiera con la punta de la lengua.

Bien entendió esto el Apóstol San Pablo, que se sabía investido por Dios “para ser ministro de una Nueva Alianza, que no reside en la letra, sino en el Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida” (2 Co 3,6).



IV. EL MANDAMIENTO NUEVO


4. En este caminar del Espíritu de Dios por la historia, que va llevando al hombre desde las observancias rituales más primitivas hasta la profundización de la ley moral, Jesús aporta el mandamiento culminante. Lo llamó “el Mandamiento Nuevo”. Y consiste en amar al prójimo no sólo como a sí mismo, sino como él nos amó, hasta dar la vida. Lo enunció así: “Les doy un mandamiento nuevo: ámense los unos a los otros. Así como yo los he amado, ámense también ustedes los unos a los otros. En esto todos reconocerán que ustedes son mis discípulos: en el amor que se tengan los unos a los otros”. Y, por si quedaban dudas, volvió a repetirlo: “Este es mi mandamiento: ámense los unos a los otros como yo los he amado. No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (Jn 13,34-35; 15,12-13).


5. Si cotejásemos nuestra vida y la de las comunidades cristianas con esta meta que nos propone Jesús, ¿cuál sería el resultado? Es fácil que sintiésemos que su propuesta sería una quimera imposible de realizar. Pero ¿no estaríamos equivocados si buscásemos el paradigma inspirador de toda nuestra vida y acción pastoral en nosotros mismos y no en el ejemplo y palabra de Jesús? Es una gran gracia de Dios que en la Arquidiócesis hoy nos estemos planteando que el alma de toda la labor pastoral ha de ser la santidad. Y, por tanto, el mandamiento nuevo. ¡Dios quiera que tengamos la valentía de recibirlo plenamente y que no entremos en chicanas!


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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