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SER CRISTIANO HOY (12)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
16
de mayo de
2004
- Sexto domingo de Pascua
I. “OBRAS SON AMORES”
1. Por bello que sea el mandamiento nuevo del amor dado por
Jesús, quedaría en el plano de los enunciados si no se tradujese en
obras. De allí, que él insista en que su discípulo concrete su
doctrina en obras: “El que recibe mis mandamientos y los cumple,
ése es el que me ama. El que me ama será fiel a mi palabra. El que no
me ama no es fiel a mis palabras” (Jn 14,21.23-24). Esta enseñanza
de Jesús brota del sentido común. Si bien puede ser grato escuchar
palabras de amor, éste se demuestra con las obras. El pueblo lo
expresa en el refrán “obras son amores, y no bellas razones”.
2. Jesús no nos enseñó nada sólo para que lo conozcamos con la
mente. Todo lo que nos dijo es para que lo acojamos en nuestro corazón
y lo pongamos en práctica. Por ejemplo, si nos enseña que Dios es
nuestro Padre, no es sólo para que sepamos que somos sus hijos, sino
para que nos comportemos como tales: “Así serán hijos del Padre que
está en cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos, y
hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,45). Cuando se
le acercaba alguien con ganas de discutir sobre religión, Jesús
orientaba la discusión hacia “vivir la religión”. Es lo que a él le
importa. Así, cuando se le acercó un doctor de la Ley a preguntarle
sobre el prójimo, le respondió con la conocida parábola del Buen
Samaritano, y la remató con la exhortación: “Vete y haz otro tanto”
(Lc 10,25-37). Un ejemplo claro de cómo Jesús une el conocimiento
de la doctrina con su práctica lo encontramos en el Sermón del Monte:
“El que escucha las palabras que acabo de decir y las pone en
práctica, puede compararse a un hombre sensato que edificó su casa
sobre roca” (Mt 7,24). Siempre Jesús apunta a que su discípulo
escuche su doctrina y obre en consecuencia.
II. SAN LUIS ORIONE, APÓSTOL DE LA CARIDAD
3. Hoy, en Roma, el Papa Juan Pablo II canoniza a Don Orione, y
lo propone al pueblo cristiano como modelo de caridad. Esta práctica
de la Iglesia católica de declarar santo a una persona se inspira en
la enseñanza apostólica de que un cristiano puede ser modelo para
otro, aproximando a los hombres al arquetipo de toda santidad que es
el mismo Cristo. Como decía el apóstol San Pablo a sus fieles de
Corinto: “sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1 Co
11,1).
Don
Orione, que visitó el Chaco en la década del 30, y que, con la
aprobación de Mons. De Carlo, dispuso establecer aquí la familia
religiosa que había fundado, conjugó magníficamente la enseñanza del
amor al prójimo con su práctica, pues se destacó de una manera
extraordinaria en la caridad con los más desheredados. Son admirables
sus “Cottolengos”, donde se hospeda a los que muchas veces la sociedad
desecha. Juan Pablo II lo calificó como “una maravillosa y genial
expresión de la caridad cristiana, y para todos ejemplo luminoso y
consuelo de fe”. La Iglesia chaqueña, que cuenta con la familia
orionita en ambas diócesis, se alegra con esta canonización como si
fuese la de un hijo suyo muy querido. Y, a la vez que da gracias a
Dios, le pide, por intercesión de este santo, que florezca en estas
tierras la caridad en grado eximio, en especial para con los
minusválidos.
III. IRAK, BUSH Y LOS ABISMOS DEL
ODIO
4. Mientras nos
alegramos con esta canonización, también nos dolemos profundamente
con las
torturas en Irak y los asesinatos en todo Oriente. Son la expresión de
un odio diabólico. Todo lo contrario del amor cristiano.
Lejos de
mí comparar la sangre de Nick Berg, el muchacho americano recién
degollado en Irak, con la sangre de tantos iraquíes y palestinos, y
tampoco con la de israelíes y soldados de la coalición que cada día
ensagrentan los noticiarios. La sangre humana tiene un solo color, y
merece una misma congoja y lágrima. ¡Pobre la sociedad a quien la
sangre humana le arrancase una sonrisa de satisfacción! Eso pasó en la
Argentina de los fines del 60 y en la década del 70, y fue terrible.
5. No puedo, sin embargo, callar hoy frente a las torturas
aplicadas en Irak. Se conocían las denuncias hechas por La Cruz Roja
Internacional, pero no nos emocionábamos por ello, pues, como dice el
refrán, “lejos de los ojos, lejos del corazón”. Ahora que las fotos
han dado la vuelta al mundo, y posiblemente otras más sigan editándose
en los próximos días, estamos perplejos ante el abismo de odio que
esas torturas significan. De mis años de Seminario, cuando
escuchábamos la lectura que se hacía en el comedor durante las
comidas, recuerdo la figura de una mujer torturadora del régimen
comunista de Hungría, que se ensañaba contra un sacerdote, a quien lo
hacía girar desnudo en una pieza cerrada mientras le pinchaba los
testículos. A pesar de lo brutal, uno se consolaba pensando que eso
era consonante con un gobierno ateo. Pero nunca hubiese imaginado que
las mujeres del ejército norteamericano descendiesen tan bajo, como lo
muestra la foto en que aparece la soldado Lynndie England, arrastrando
a un prisionero iraquí desnudo atado por el cuello con una cuerda peor
que si fuese un perro. Es para llorar por el abismo de odio al que se
ha descendido. Y con las mujeres, todo el ejército americano ha
perdido la honorabilidad, y sobre todo su presidente.
6. ¡Señor Bush! El 11 de septiembre llamé a mi pueblo a la
catedral a orar por las víctimas del horrible atentado. Y lo exhorté a
repudiar el atentado sin ningún atenuante. Confío ser fiel a la gracia
de Dios y hacerlo así siempre que sea necesario. Pero nunca imaginé
que la guerra nueva contra el terrorismo de la que entonces Usted
habló fuera esta locura que ha desatado contra Irak y contra todo el
mundo. Por amor de Dios, no lo mencione más. Y sobre todo, dé marcha
atrás en su desmesurada demencia. Que si no lo hace, tendrá asegurado
su lugar en la historia junto a las macabras figuras de Stalim y
Hitler. No lo dude.
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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