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SER CRISTIANO HOY (13)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
23
de mayo de
2004
- La ascensión del Señor
I.
TESTIGOS DE CRISTO
1. En este domingo de la Ascensión, Jesús nos recuerda por dos
veces que sus discípulos estamos en el mundo para ser sus testigos.
Así, en la lectura de los Hechos de los Apóstoles: “Recibirán la
fuerza del Espíritu Santo que descenderá sobre ustedes, y serán mis
testigos” (Hch 1,8). Y lo mismo, en la del Evangelio según San
Lucas (Lc 24,48).
2. Para que alguien sea testigo ha de llenar varias
condiciones. Primera, que tenga relación directa con la persona o la
situación sobre la cual da testimonio. No se es testigo por haber
escuchado que alguien dijo que le dijeron. Sólo la experiencia directa
constituye a alguien en testigo y muestra que es veraz. Segunda,
cuenta también la importancia de lo que se testimonia. Un chisme no
merece testigos. No se expiden testimonios sobre gestos banales. Hay
actos que cambian fundamentalmente la vida del hombre o la situación
de las cosas. Por ello merecen un testimonio para que a todos conste.
Por ejemplo, el matrimonio, la compra o venta de una propiedad, la
creación de una entidad. La práctica del testimonio se da en casi
todas las culturas. Hoy nos resultan risueñas ciertas prácticas
testimoniales que trae el libro del Génesis, pero muestran un alto
grado de desarrollo cultural. Sólo los pueblos que permanecen en un
estadio infantil prescinden de los testimonios y se contradicen sin
ruborizarse.
3. En el caso del cristiano se trata de ser testigo de
Jesucristo, expresión máxima del amor de Dios que vino al encuentro de
los hombres y, a la vez, el mejor representante de la humanidad que va
al encuentro de Dios. El apóstol San Juan, que penetró muy
profundamente en el misterio del Cristo, dijo esto de manera sublime:
“Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos
visto con nuestros ojos, lo que hemos contemplado y lo que hemos
tocado con nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, es lo que
anunciamos. Porque la Vida se hizo visible, y nosotros la vimos y
somos testigos” (1 Jn 1,1-2).
Que
la persona de Jesús, de la cual hemos de ser testigos, es super
importante no cabe la menor duda. Pero ¿tenemos experiencia inmediata
de él?
II. JESÚS, EL TESTIGO FIEL
4. Para entendernos cabalmente como testigos, los cristianos
hemos de contemplar a Jesús. Porque él es el prototipo de todo
testigo. Así se definió a si mismo: “Para esto he nacido y he
venido al mundo: para dar testimonio de la verdad” (Jn 18,37).
Así lo presenta el Apocalipsis: “El que es el Amén, el Testigo fiel
y verídico, el Principio de las obras de Dios, afirma...” (3,14; cf.
1,5).
Jesús es testigo por dos capítulos. Del Padre ante los hombres, porque
nadie conoce su intimidad como la conoce él y nos la dio a conocer.
También él es testigo de los hombres ante Dios, porque nadie conoce
más profundamente al hombre que el mismo Jesús.
Por
ser tan plenamente testigo, Jesús es un testigo inquietante, y se lo
quiere suprimir: “El mundo me odia, porque atestiguo contra él que
sus obras son malas” (Jn 7,7). Pero lo que fue una amenaza, Jesús,
el testigo fiel, lo asumió libremente. Y lo que es fruto del odio, él
lo convirtió en fuente de amor. Por ello su muerte, más que un
silencio definitivo, es su testimonio más elocuente y gracias a su
resurrección permanece hasta el fin de los siglos. Como le escribió
San Pablo a Timoteo: “Hay un solo Dios y un solo mediador entre
Dios y los hombres, Jesucristo, hombre él también, que se entregó a sí
mismo para rescatar a todos. Este es el testimonio que él dio a su
debido tiempo” (1 Tm 2,5-6).
III. DIFERENCIA ENTRE MÁRTIR Y MÁRTIR
5. De allí que ya desde el Nuevo Testamento, “testigo” (en la
lengua original griega se dice “mártir”) sea sinónimo del que da la
vida por Cristo y a imagen de Cristo, perdonando a los enemigos, como
lo hizo Esteban, el primer mártir cristiano. Es testigo porque su
sangre, como la Abel asesinado por su hermano, “sigue hablando aun
después de su muerte” (Hb 11,4).
Es
una pena que los cristianos olvidemos el significado de la palabra
“mártir”, y que, a fuerza de escuchar lo que dice la prensa, la
identifiquemos con la actitud del terrorista desesperado que se
autoinmola para morir matando. Sin minimizar la tragedia palestina
(¡ojalá que los dirigentes internacionales la entiendan y le busquen
una solución justa y urgente!), el mártir cristiano y el terrorista se
parecen sólo en algunos elementos impresionantes: el convencimiento de
la causa, la esperanza de la vida definitiva, la muerte sangrienta,
pero son totalmente distintos. El mártir cristiano muere aceptando la
muerte que le infligen y perdonando a los que lo matan. Su muerte
reconcilia, no profundiza las divisiones.
IV. EL CUMPLIMIENTO DE LA PALABRA DADA
6. El testimonio es sobre la verdad de una cosa. La antítesis
es la mentira y el falso testimonio. La historia humana está llena de
grandes mentiras. La última, la más descarada de todas, es la
producción de armas de destrucción masiva por parte de Irak, esgrimida
impúdicamente por Estados Unidos para apoderarse del mar de petróleo
sobre el que esa nación está asentada. Grandes mentiras son también
los juramentos de muchos de nuestros gobernantes. La cadena de
mentiras es infinita. Los cristianos no estamos exentos de ser
atrapados en ella. En nuestras oraciones decimos permanentemente
“Amén”, “Así sea”. Pero nuestra vida cotidiana no siempre se condice.
Rompemos permanentemente nuestros compromisos asumidos en el Bautismo
de renunciar al Maligno y adherir a Dios. Con no rara frecuencia se
rompe la alianza matrimonial por medio del adulterio, y ni se sueña en
hacer penitencia por ello. Con dolor hay que decir que no es
infrecuente que los religiosos rompan sus votos formulados un día con
tanta alegría, lo mismo que los ministros del altar. Imposible de esta
manera ser testigos felices de Jesucristo.
7. No es de extrañar entonces que en la Argentina vivamos en un
clima llamado popularmente “fallutería”, que se manifiesta en el
desprecio por la palabra empeñada. Lo cual no sólo nos incapacita para
ser testigos del Evangelio, sino hasta para cultivar la más elemental
amistad social. Hoy la cultura del “descartable” es una amenaza
global, pues hasta la palabra se tira. Los cristianos llamados a ser
testigos ¿no hemos de volver a valorarla? “Al principio existía la
Palabra...” (Jn 1,1).
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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