Documentos  
 

SER CRISTIANO HOY (14)


Mensaje dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
30 de mayo de 2004 -
Domingo de Pentecostés



I. PENTECOSTÉS: O LA CREACIÓN DEL HOMBRE NUEVO


1. La lectura del Evangelio de Pentecostés, cuenta que “al atardecer de ese mismo día, el primero de la semana, estando cerradas las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, por temor de los judíos, llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: ¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, yo también los envío a ustedes. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,19-22). Para nosotros soplar puede ser una señal de fastidio o de aburrimiento. A los discípulos de Jesús que, aunque rudos, conocían las Escrituras, su soplo les recordó el primer soplo con el que Dios infundió vida al muñeco de barro que había plasmado: “Entonces el Señor Dios modeló al hombre con arcilla del suelo y sopló en su nariz un aliento de vida. Así el hombre se convirtió en un ser viviente” (Gen 2,7).


2. ¿Puede Dios insuflar su Espíritu en el barro de nuestro pecado y crear un hombre nuevo? Es precisamente lo que hace Jesús resucitado en la escena mencionada. Barro de pecado era el miedo de los discípulos. A puertas cerradas rumiaban el fracaso del Maestro. Y les venía a la mente toda la propia indignidad: la disputa por la primacía durante la última cena, la traición de Judas, el abandono de todos en el momento crucial, la triple negación de Pedro. ¿Más barro que éste se podría haber esperado? Y sin embargo, sobre él Jesús insufló su Espíritu.

El apóstol San Pablo les recuerda a los cristianos de Galacia el barro moral del que habían tenido que salir: “fornicación, impureza y libertinaje, idolatría y superstición, enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones y envidias, ebriedades y orgías, y todos los excesos de esta naturaleza”. Pero a la vez les recuerda la obra que Dios hizo cuando dejaron que insuflase en ellos su Espíritu. De veras son ahora una nueva creación: “Yo los exhorto a que se dejen conducir por el Espíritu de Dios. El fruto del Espíritu es: amor, alegría y paz, magnanimidad, afabilidad, bondad y confianza, mansedumbre y temperancia... Estar circuncidado o no estarlo, no tiene ninguna importancia: lo que importa es la nueva creación” (Gal 5,16.19-23; 6,15).



II. DEL BARRO ARGENTINO PUEDE SURGIR UNA NACIÓN NUEVA


3. El reciente mensaje que los Obispos publicamos al final de nuestra primera Asamblea de este año, recuerda el barro moral de la Argentina. Y lo describimos así: “crisis moral y del bien común. Crisis de valores que en su momento culminante se manifestó en disgregación, desencuentro y ruptura de vínculos, y cuyo saldo más negativo fue la polarización social que nos afecta y que se hace visible en tantos signos de pobreza y exclusión”. Pero no nos quedamos en la superficie del barro. Procuramos ir más a fondo: “Desde hace tiempo descubrimos en el trasfondo de esta situación una dimensión cultural secularista, que concibe la vida humana personal y social al margen de Dios. Olvido de Dios y de su ley que lleva a un relativismo moral que acepta la concepción de la persona y de los vínculos humanos, en primer lugar del matrimonio y de la familia, y que pone en peligro la vida humana naciente cuando se quiere hacer olvidar que el aborto es un crimen que mata al más indefenso de los seres humanos. Relativismo que afecta seriamente a la educación de nuestros niños y jóvenes al no fundarla en una escala de valores que priorice la persona, el respeto de la ley y la construcción de la sociedad basada en la justicia”.


4. Con sólo describir los males no se logra nada. Por ello los Obispos expresamos nuestra fe en la posibilidad de una Nación nueva. Y ello, a partir de un renovado compromiso ciudadano de todos los argentinos, y especialmente de los cristianos. Si bien éste no expresa toda nuestra fe, “es uno de los frutos que se derivan de la resurrección de Jesucristo y nos ha de impulsar a todos los cristianos a vivir en nuestro País de una manera totalmente nueva, desterrando de nosotros los criterios y comportamientos sociales contrarios al bien común y no acordes con el Evangelio de Jesús. Éste nos manda resistir el mal con el bien, y no ceder a la corrupción por pequeña que fuere. No podemos olvidar que nuestra crisis es fruto de innumerables claudicaciones en la conducta moral de los ciudadanos, en particular de sus dirigentes. Sólo podremos salir de ella con hombres y mujeres honestos y capaces, que amen y sirvan a la patria, que cumplan sus deberes y no se contenten únicamente con exigir sus derechos”.



III. LA DESHONESTIDAD, CAUSA DE LA RUINA DE LA ARGENTINA


5. Los gálatas eran descendientes de los celtas o galos, un pueblo extremadamente belicoso que, en el siglo III a. C., se había instalado en la meseta central de Asia Menor, actual Turquía. ¿Fue por eso que San Pablo, al escribir a los cristianos de esa comunidad, insistió en las obras de la carne que tienen que ver especialmente con la violencia: “enemistades y peleas, rivalidades y violencias, ambiciones y discordias, sectarismos, disensiones...?”

Si el apóstol San Pablo viviese hoy entre los argentinos: ¿cuáles serían las obras de la carne que él subrayaría? Que es lo mismo que preguntarnos: ¿en qué conductas negativas vería él expresadas especialmente la deshonestidad que ha precipitado a la Argentina a la ruina? Se me ocurren al instante tres: el incumplimiento de la palabra, el hurto, y la falta de respeto al prójimo. O lo que es lo mismo: ser “fallutos”, ladrones y groseros.


6. Puede parecer raro esto de poner la ruina de la Argentina en cosas que parecen tan simples. Pero las grandes ruinas no son las provocadas por un bombardeo. Cuando éste acontece, provoca con frecuencia el espíritu heroico de la reconstrucción, como sucedió en Japón y Alemania después de la segunda guerra mundial. Las ruinas más grandes son las provocadas por pequeños roedores que cavan túneles minúsculos, las lluvias que erosionan, los vientos que presionan, etc. Al principio, todo es imperceptible. ¿Qué puede hacer un ratoncito? ¿O una lluvia de verano? ¿O un poco de viento? La ruina no está tanto en las cosas que se deterioran, sino en el espíritu humano que se va acostumbrando al deterioro. Hasta que por fin la casa se vuelve ruinosa. Es lo que nos ha sucedido a los argentinos con la casa grande de la Nación. Pero podemos reconstruirla si nos dejamos insuflar un espíritu nuevo.


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2008 AICA. Todos los derechos reservados.