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SER CRISTIANO HOY (15)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
6 de junio de
2004
- Fiesta de la Santísima Trinidad
I.
¿POLÉMICA O EXAMEN DE CONCIENCIA?
1.
Mi
mensaje de Pentecostés (30 de mayo) armó una batahola enorme. Las
radios no dejaron de aturdir al personal de la Curia durante todo el
lunes 31, y buena parte del martes 1 de junio, mientras yo comenzaba
una semana de ejercicios espirituales con el clero. ¿Por qué? ¿Porque
comparé el barro moral argentino con el barro del muñeco con el cual
Dios hizo a Adán? ¿O con el barro moral de los Apóstoles con el cual
Jesús hizo a la naciente Iglesia? ¿O con el barro moral de los Gálatas
con el cual el apóstol San Pablo plasmó a esa Iglesia? ¿Nos irrita,
tal vez, escuchar que tenemos bastante barro moral? ¿O estamos tan
conformes con él que nos irrita la posibilidad de perder esa
condición?
2. La batahola se armó por varias razones. Primero, porque mi
habitual mensaje dominical fue captado por los medios de Buenos Aires,
y desde allí rebotó a todo el País. Que si no, habría pasado
inadvertido como muchos otros, incluso más graves que son leídos en el
Chaco pacíficamente. Segundo, porque vino a los pocos días de la
homilía del Cardenal Bergoglio en el Te Deum del 25 de mayo. Tercero,
porque comentaba la declaración de la última Asamblea Episcopal.
Cuarto, y sobre todo, porque uso palabras familiares para expresar
conceptos que de ordinario sentimos que no nos atañen. Usé
“deshonestidad” para decir “corrupción” y “crisis moral”; “ser falluto”
para decir “no cumplir la palabra”; “ser ladrón” para decir “hurtar”.
Y, sin duda, el detonante fue el título con que el diario La Nación se
hizo eco de mi mensaje en primera página: “Los argentinos son
fallutos y ladrones”.
3. Esta frase entre comillas no figura en mi escrito. Si La
Nación interpretó que yo descalificaba a todos los argentinos
individualmente (entre los cuales me cuento, pues soy hijo de esta
tierra), se equivocó. En caso de haberlo querido decir habría escrito
en primera persona: “Los argentinos somos...”. Por lo demás nadie
niega que en la Argentina haya mucha gente honesta. Acertó, en cambio,
si con el título quiso dar a entender que el incumplimiento de la
palabra, el hurto y el maltrato del prójimo están tan difundidos en la
Argentina que se han vuelto vicios enquistados en nuestra cultura. Sin
embargo, esto no da derecho a atribuir a otro palabras que éste no
dijo. Y menos La Nación. Para que no quede ninguna duda, y nadie
piense que ahora digo que no dije lo que dije, afirmo categóricamente
que la deshonestidad es la causa de la ruina de la Argentina, y que
ésta se expresa especialmente en las tres actitudes señaladas. Y hay
otras más. Y que si no se los erradica, continuará la decadencia,
aunque se arreglase el problemón de la deuda pública. A las causas de
la decadencia se las enfrenta desnudándolas, no maquillándolas. Como
dijo Jesús: “Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a
ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que
obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de
manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios” (Jn 3,20-21).
II. UN CAMINO ARDUO A RECORRER
4. En el reciente mensaje los Obispos reunidos en San Miguel
dijimos: “Revertir este proceso (de crisis moral y del bien común)
demandará mucho tiempo y heroicos esfuerzos”. Y más adelante:
“Nuestra visión exitista nos puede hacer ilusionar una vez más que
nuestra salvación consiste en el incipiente repunte económico por el
que atravesamos. Si las causas son tan hondas, el camino a recorrer
será arduo y no exento de sacrificios”. ¿Nos asustan los esfuerzos
y sacrificios a realizar? Son palabras que ya casi no se escuchan.
Pero es el único camino. Para superar una decadencia moral, que
repercute en todos los demás campos (económico, político, cultural),
el remedio ha de ser moral. Y éste comporta esfuerzos y sacrificios.
5. Con esto no afirmo que no se deba atacar la decadencia
argentina simultáneamente desde otros frentes; en primer lugar, desde
el económico y el político. ¡Cuánto puede aportar a la honestidad
pública un enfoque económico acertado, que privilegie el esfuerzo del
trabajador y la justa distribución de los frutos producidos! Pero para
ello también las iniciativas económicas y políticas deben construirse
a partir de principios morales sólidos. De lo contrario sus soluciones
serían nuevos pasos en falso hacia una ruina aun más profunda que la
del 20 de diciembre.
6. De allí la importancia y urgencia de la reforma política a
partir de principios sólidos: bien común, verdad, justicia, equidad,
solidaridad. ¿Qué reforma política podría haber si los partidos
políticos se obstinasen en no revisar su ideario y las prácticas que
tanto daño han hecho? ¿O si olvidasen su condición de tales y se
pensasen como el todo de la ciudadanía? ¿Cuál reforma podría haber si
los dirigentes sociales se viesen a sí mismos como sátrapas con todos
los derechos al margen del deber de fomentar la equidad con los demás
ciudadanos? ¿Es posible pedir esfuerzos y sacrificios a los maestros
que han de educar al nuevo ciudadano con una retribución de doscientos
veinte pesos, mientras justificamos sobresueldos secretos, o
argumentamos a voz en cuello que ningún ministro puede vivir con menos
de tres mil pesos? Nadie niega que estos deban ser retribuidos
justamente. Pero la justicia de la retribución debe ser medida no por
la fantasía de cada sector social, o comparando con países que nadan
en la abundancia, sino por la equidad que debe reinar entre todos los
sectores sociales de un país arruinado. Salvo que optemos por ser como
un emirato del Golfo Pérsico, no es viable un país con la diferencia
de sueldos que hoy se estila en la Argentina. Si los maestros han de
sacrificarse hasta poner de su bolsillo las tizas y las biromes para
los chicos: también han de sacrificarse los ministros, senadores,
diputados, jueces, asesores, etc. Que si no les pagan como en Estados
Unidos se irán a las empresas privadas: pues que se vayan. La
República no necesita de dirigentes incapaces de adoptar como bandera
la equidad. La competencia profesional es importante. Pero mucho más
el espíritu con el que se asume la función pública.
7. En el arduo camino para rescatar la moral social, en la que
la reine la justicia y la equidad, tienen una gran responsabilidad la
educación impartida por la familia y la escuela. Si es así, la
política y la economía han de apoyarlas fuertemente. ¿Las leyes que se
discuten en nuestros parlamentos nacionales y provinciales las apoyan
o las combaten? ¿Las medidas económicas las favorecen?
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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