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“NUESTRO COMPROMISO CIUDADANO” (1)
Mensaje
dominical
de
Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo
de Resistencia
13
de junio de
2004
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Solemnidad del Corpus Christi
I. EL X° CONGRESO EUCARÍSTICO NACIONAL
1. Hoy es la solemnidad del Corpus Christi. Ésta nos orienta
casi espontáneamente a mirar hacia la celebración del X° Congreso
Eucarístico Nacional que se celebrará en Corrientes del 01 al 05 de
septiembre, y a preguntarnos sobre su significado y objetivos.
2. Recordemos que en 1934 se celebró en Buenos Aires el 32°
Congreso Eucarístico Internacional. Según el testimonio de sus
protagonistas, éste significó un renacer del catolicismo argentino. Yo
tenía apenas cuatro años. Y sólo recuerdo estar a babucha de mi padre
contemplando una enorme multitud. Después supe que había sido en
Palermo, en el Monumento a los Españoles, donde presidía una Misa el
legado papal, el Cardenal Eugenio Pacelli, que luego fue el Papa Pío
XII. Posteriormente escuché testimonios muy positivos de parte de
sacerdotes ilustres; por ejemplo, de Mons. Gustavo J. Franceschi y de
Mons. Miguel De Andrea. En especial, sobre la célebre Noche de los
Hombres.
3. Si bien antes y después del Congreso Eucarístico
Internacional se han celebrado Congresos Nacionales, desde 1944 éstos
se celebran en lo posible en fechas coincidentes con el aniversario
del Internacional. De allí, el de este año.
No
siempre este tipo de iniciativas ha sido pacíficamente recibido en la
Iglesia a nivel de círculos pensantes. Recuerdo en 1974, estando en
alguna parte dictando un curso de pastoral, de pronto se encendió la
discusión sobre la participación diocesana en el Congreso Eucarístico
que debía celebrarse en Salta. Mientras unos lo veían como una
profesión pública de fe católica, otros lo tenían como una expresión
de triunfalismo eclesiástico reñido con el Evangelio.
Hoy la
situación es serena. Ello se debe a que se ha orientado a darle a este
tipo de eventos un carácter más participativo y misionero. Más
participativo: porque el congresista se ve involucrado no sólo en
actos cultuales masivos, sino también en reuniones de estudio de
cuestiones de su interés a la luz de la fe cristiana. Por ejemplo: fe
y cultura, familia, trabajo, educación, política, economía, etc. Más
misionero: y esto, a partir de un enfoque más completo, no sólo viendo
lo que el cristiano puede hacer por la sociedad, como si él fuera su
salvador, sino considerando cómo su fe lo ha de impulsar a vivir en
ella de una manera totalmente nueva. Porque no es sólo la sociedad la
que falla, y entonces el cristiano viene en su ayuda. También el
cristiano falla en la sociedad, y mucho, porque no vive en ella
conforme a la fe. Si todos mienten, él también. Si todos roban, él
también. Y así contribuye a que la sociedad se vaya a pique. Ya no se
trata de “ganar la calle”, para romper el encierro en que el católico
había sido acorralado por el liberalismo y la masonería, sino de vivir
la fe con libertad expresándola no sólo en actos de culto público,
sino en la vida ordinaria por el cumplimiento de sus deberes
ciudadanos.
II. “HOMBRES Y MUJERES, HONESTOS Y CAPACES”
4. Este enfoque del Congreso ha quedado plasmado primeramente
en el mensaje con que los Obispos convocamos el Congreso: “Creemos
necesario que Jesucristo ocupe su lugar en la vida ciudadana de los
cristianos” (31 mayo 2003). Y también en la oración preparatoria.
En ella pedimos a Dios “que el décimo Congreso Eucarístico
Nacional, a celebrarse en Corrientes, sea el acontecimiento de gracia
que nos devuelva a Jesús como autor de nuestra fe y de nuestro
compromiso ciudadano”.
La fe
cristiana abarca mucho más que este compromiso. Es tan amplia como
todo el misterio de la vida, muerte y resurrección de Jesucristo. Pero
este compromiso es un fruto necesario. Vivir la fe como si ella no
tuviere nada que ver con nuestra vida cotidiana en la ciudad terrena
sería una especie de apostasía.
Ello
acontece, con harta frecuencia y de muchas maneras, con gente que se
profesa cristiana. Desde el juramento por los Santos Evangelios hecho
por autoridades electas cuya conducta posterior deja mucho que desear;
siguiendo por las coimas en el Senado para votar leyes, los
sobresueldos secretos de altas jerarquías del Estado, los registros de
entrada al trabajo en la Cámara de Diputados con relojes truchos;
etc., etc., etc. Y descendiendo por los estratos sociales medios y
hasta los más humildes, a través de malas costumbres inveteradas, como
el robo “hormiga”, la falsificación de facturas incluso por parte de
los responsables del Comedor de alguna Capilla de barrio, o la
presentación dibujada de la familia de manera que cada uno de sus
miembros pueda recibir un “Plan Trabajar” y así vivir entre todos
discretamente bien sin hacer nada; etc., etc., etc. Serían muchos los
“et cetera” a mencionar. Es muy oportuno tomar conciencia de ellos,
ponerle nombre, y comenzar a extirparlos.
5. De allí que la oración del Congreso insista: “Que tu Hijo
y Salvador nuestro genere hombres y mujeres honestos y capaces”.
La gama de la corrupción o deshonestidad es infinita. Como una
gangrena está infectando incluso sectores del pueblo humilde. Esto es
lo peor que nos podría suceder. Mucho peor que el problemón de la
deuda pública, y que el terror de Estado con sus consecuencias. Porque
cualesquiera sean los problemas (corrupción en la dirigencia, agobio
de la deuda, rencores por el pasado, etc.), una nación suele tener
siempre un recurso precioso desde el cual resurgir: la honestidad y
laboriosidad del pueblo humilde. Mientras estas cualidades se
mantengan íntegras, esa nación tendrá futuro. De lo contrario,
correría serio peligro.
6. Para que se generen hombres y mujeres honestos, con ocasión
Congreso Eucarístico se deben nutrir dos actitudes en la conciencia
colectiva: a) abrir los ojos a toda forma de deshonestidad o
corrupción, por pequeña que fuere; b) no pactar con ella bajo ningún
pretexto. Tampoco “para hacer el bien”. (“Falseo la factura del pan y
con el sobrante compro otra cosa para los chicos”). ¡El bien hay que
hacerlo bien!
Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de
Resistencia
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