Documentos  
 

“NUESTRO COMPROMISO CIUDADANO” (2)


Mensaje dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
20 de junio de 2004 - Décimo segundo domingo durante el año



I. ¿RITUALISMO O COMPROMISO?



1. Hasta que en septiembre se celebre el X° Congreso Eucarístico Nacional, los católicos habremos repetido cientos de miles de veces (o tal vez millones) la frase de la oración preparatoria: “que sea el acontecimiento de gracia que nos devuelva a Jesús como autor de nuestra fe y de nuestro compromiso ciudadano”. Bien puede ser que, a fuerza de repetirla, se nos abra la mente y el corazón a un aspecto un tanto olvidado de nuestra fe: “nuestro compromiso ciudadano”. También podría acontecer lo contrario: que todo quede en vano palabrerío. Y que el Congreso Eucarístico pase sin incidir en la transformación de la conciencia católica y en la vida de la Nación.


2. Pero ¿qué es lo que esperamos del Congreso Eucarístico? No sería de extrañar que éste pase como tantos otros acontecimientos. De hecho, ¿cuánto incidió la predicación de Juan Bautista en la transformación de su generación? ¿Y la del mismo Jesús? Ambos terminaron mal. Uno, degollado; el otro, crucificado. ¿Por qué habremos de pensar entonces que un Congreso transforme la conciencia de los cristianos y la vida de la Nación?

Sin embargo, Jesús y su Evangelio, aun después de dos mil años, siguen siendo una semilla fecunda que continúa germinando para la transformación del mundo. El Congreso Eucarístico también puede ser una semilla que germine calladamente y vaya transformando la conciencia de los católicos y de la Nación entera. No esperemos mucho más. Pero esto no sería poca cosa. ¡Dios quiera que todo el trabajo que demanda la celebración del Congreso sirva para sembrar esa semilla transformadora!



II. PRIMER COMPROMISO CIUDADANO: TRABAJAR BIEN


3. Según cuenta el libro del Génesis, el primer compromiso que Dios le pidió a Adán fue cuidar el mundo y cultivarlo: “El Señor Dios tomó al hombre y lo puso en el jardín de Edén, para que lo cultivara y lo cuidara” (Gen 2,15). La narración de la creación del hombre que trae el Génesis en el capítulo segundo es de una belleza poética insuperable. Allí Adán aparece como cuidador y cultivador del jardín de Edén, incluso antes de que exista Eva. Porque el varón trabaja, y así se asemeja a Dios creador del mundo, entonces puede aparecer la mujer para admirarlo y a su vez deslumbrarlo con su belleza y con su amor, y formar familia con él, y ser los dos una sola carne (ver Gen 2,18-25).

¿No es el trabajo la manera más normal que tiene un chico de enamorar a una joven? Al menos así era antes. “Es un chico trabajador y honrado”: era la mejor presentación que una chica podía hacer de su novio a sus padres. Y ese era el prisma con que los futuros suegros examinaban al candidato. Por otra parte, ¿qué es lo que una mujer más quiere para su hijo sino un padre que le asegure el pan con honradez? Todavía hoy un chico que se va a casar pero que no tiene trabajo: se lo considera viviendo un drama que podría acabar mal.



III. CRISIS Y RECUPERACIÓN DEL TRABAJO


4. Pocas veces consideramos la visión positiva del trabajo que trae el segundo capítulo del Génesis. Casi siempre recurrimos al tercero, donde el trabajo aparece marcado por los efectos del pecado: “Maldito sea el suelo por tu culpa. Con fatiga sacarás de él tu alimento todos los días de tu vida. Él te producirá cardos y espinas. Ganarás el pan con el sudor de tu frente” (Gen 3,17-19). Si sólo tuviésemos esta visión del trabajo, no habría manera de apreciarlo. Imposible así sentir que uno participa de la obra creadora de Dios. Ni que por el trabajo uno cumple un servicio de amor al prójimo, que le da derecho a comer el propio pan. Y menos asumirlo como el primer compromiso ciudadano.

De allí entonces las diversas ideologías (liberalismo, comunismo, estatismo), verdaderas crisis del trabajo, que convirtieron al trabajador en un simple engranaje de la producción, o en un cliente a quien hay que mantener sumiso con pan y circo. Y los muchos subterfugios ideados para ello, presentados a veces como defensa del trabajador, pero que en realidad lo degradan y hieren a la sociedad: el trabajo mal hecho, a desgano, el acomodo, el puesto de trabajo sin trabajo real, el “ñoqui”, formas irracionales de protesta que desconocen el sentido de la equidad que merecen todos los sectores sociales, e incluso protestas violentas hasta destrozar los instrumentos de trabajo, etc.


5. La crisis del trabajo hoy es muy profunda. Se habla que va a desaparecer así como lo conocemos. En mi reciente estadía en Italia escuché a gente desconcertada “porque las fábricas están emigrando a China y podríamos quedarnos sin trabajo”. La encíclica sobre el Trabajo de Juan Pablo II, Laborem exercens (1981), muestra que el mundo está interrelacionado a la velocidad de la luz por los modernos medios, y por ello una decisión económica o política tomada en un centro de poder relativa a la producción tiene repercusión inmediata en el más remoto lugar del globo.


6. Sin despreciar la importancia de decisiones políticas bien tomadas en el campo de la macroeconomía que favorezcan el trabajo para todos, el cristiano confía en la fuerza de una actitud humana básica, anterior a toda política y economía organizada: querer trabajar, y trabajar bien. Ello es parte integrante de nuestra fe y de vida cristiana. De lo contrario, en vano diríamos en nuestros rezos: “Creo en Dios, Creador del cielo y de la tierra”. Si nuestra fe en Dios Creador es verdadera, creemos también en que Él nos ha dotado con sus dones para colaborar en la obra de su creación por medio del Trabajo. Para ello nos ha dado inteligencia, voluntad, dos brazos, espíritu solidario y tierra abundante bajo nuestros pies. Ninguna medida de la política y de la economía es más eficaz que esta iniciativa divina. De lo contrario creeríamos en que Dios creó al hombre como un ser inútil. Pero ello más que fe, sería una especie de blasfemia.


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



Agencia Informativa Católica Argentina
Bolívar 218, 3er. piso, 1066 Buenos Aires,
Tel. (011) 4343-4397 (líneas rotativas) - Fax: (011) 4334-4202
E-mail: info@aica.org - Sitio en Internet: www.aica.org

Copyright © 1996 / 2006 AICA. Todos los derechos reservados.