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“NUESTRO COMPROMISO CIUDADANO” (4)


Mensaje dominical de Mons. Carmelo Giaquinta, arzobispo de Resistencia
4 de julio de 2004 - Décimo cuarto domingo durante el año



I. ACUSAR AL OTRO, O LA SINRAZÓN EN LAS RELACIONES HUMANAS


1. El libro del Génesis después del encuentro de Adán y Eva, al que nos referimos el domingo pasado, trae la primera acusación que se hacen los humanos: “El Señor Dios llamó al hombre y le dijo: ¿Dónde estás? El hombre respondió: La mujer que pusiste a mi lado me dio el fruto y yo comí de él” (Gen 3,9.12). Adán acababa de extasiarse en su mujer: “¡Esta sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!” ¿Cómo es que tan pronto la acusa? No es más la compañera con quien comparte su admiración por lo creado. Es sólo la que le pone tropiezo y lo aparta de la obediencia a Dios. A primera vista Adán decía la verdad. Pero era sólo una media verdad. Como muchas que tejen la historia humana. O, con más exactitud, la embrollan. Si Adán comió del fruto prohibido, lo hizo bajo su propia responsabilidad.


2. ¿Cuál habría sido la suerte de la humanidad si Adán hubiese cargado con la culpa y disculpado a su mujer? La pregunta parece fantasiosa. Pero la misma Biblia nos autoriza a hacerla. Ella llama a Jesucristo “el último Adán” (1 Co 15,45). Éste, al ser sometido a la máxima prueba, la de la muerte en cruz, no sólo no acusa a la humanidad, sino que la disculpa: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). El apóstol San Pablo, hablando del amor del varón a la mujer, propone a Jesucristo como arquetipo del varón, pues, a pesar del pecado de la humanidad, la transforma en su esposa: “Amó a la Iglesia y se entregó por ella, para santificarla, porque quiso para sí una Iglesia resplandeciente, sin mancha ni arruga y sin ningún defecto, sino santa e inmaculada ” (Efesios 5,25-27).


3. Lanzada la primera acusación del varón a la mujer, el hombre no ha parado de acusar al otro. Es la sinrazón que se apodera de las relaciones humanas. Pretende justificarlo todo, pero no hace sino empeorar las cosas. Lo vemos en el relato bíblico de los dos primeros hermanos: Cain y Abel. El primero estaba resentido porque sus sacrificios eran rechazados por Dios, mientras los de su hermano eran aceptados. En vez de preguntarse por las razones de ese rechazo y enmendar su conducta, prefirió echar la culpa a su hermano: “A mí me va mal, porque a él le va bien”. Y procedió en consecuencia: “Vamos al campo, le dijo. Y cuando estuvieron en el campo, se abalanzó sobre su hermano, y lo mató”. La voz de la conciencia no tardó en remorderlo: “El Señor le preguntó: ¿Dónde está tu hermano? No lo sé, respondió Caín. ¿Acaso soy el guardián de mi hermano?” También a simple vista Caín tenía razón. Abel era suficientemente grande para cuidarse a sí mismo. Si algo malo le pudo haber sucedido, la razón habría que buscarla en él. Que nadie venga a incomodar a Caín. Sin embargo, éste no pudo escapar ya más de su responsabilidad, que lo perseguía como su sombra: “La sangre de tu hermano grita hacia mí desde la tierra” (Gen 4,3-10).



II. ¿HACIA DÓNDE QUEREMOS LLEVAR VA LA ARGENTINA?


4. Desde aquel primer entredicho fraterno que, cual miniguerra, terminó con un inocente sacrificado y un vencedor vencido por el remordimiento, la historia humana es la suma de acusaciones recíprocas entre pueblos y sectores sociales. Y todas basadas en “muy buenas” razones. Ejemplos de ello tenemos a montones, y en todos los niveles. Desde los más descarados, como la acusación que urdió el presidente Bush contra Irak sobre las armas de destrucción masiva. (Que quede indeleble en la memoria de la humanidad la parodia conque Collin Powell presentó por TV las supuestas pruebas. Y esto, no porque uno aprecie que Saddam Hussein sea un inocente Abel). Hasta las justificaciones banales con que muchas veces en la Argentina se explican atropellos de todo tipo.


5. Que hay problemas serios en la Argentina, ¿quién lo podría negar? Provincias que son legendariamente rehenes de familias como en las más remotas épocas feudales; el cerrojo de aparatos partidarios que tienen prisioneros a municipios y provincias como si se estuviese en la desaparecida Unión Soviética; la macrocefalia del Gran Buenos Aires que se fagocita a la República; ramales ferroviarios clausurados que han dejado el tendal de pueblos muertos; ciudades condenadas a desaparecer por el cierre de la única fuente de trabajo; bandas armadas que aterrorizan las ciudades y el campo; la droga que atrapa cada día más a nuestros jóvenes; etc. ¿Pero queremos de veras solucionar los problemas que nos afligen?



III. TERCER COMPROMISO CIUDADANO:
FOMENTAR LA CORRESPONSABILIDAD POLÍTICO-SOCIAL


6. La experiencia me dice que no es fácil que los argentinos aceptemos que todos somos corresponsables (no es lo mismo que decir “culpables”) en los problemas que nos afligen. Pero ¿no habremos de aceptar al menos que hemos de ser corresponsables en sus soluciones? Así lo hicieron los alemanes y los japoneses después de la guerra. Gracias a ello fueron capaces de enfrentar con éxito una situación terrible. E incluso son capaces hoy de aceptar que uno vaya a decirles que ellos también son corresponsables con nuestra Deuda Pública. Lo pude expresar pacíficamente el 25 de marzo en una Jornada organizada por Misereor en Berlín, sobre “La Argentina: pasos para la superación de la crisis de la Deuda”. Pero algo semejante dicho aquí pocos días después sobre la corresponsabilidad de los argentinos en nuestros problemas, en el Seminario sobre “Ética, Derechos y Humanos y Nación”, casi desata la polémica.


7. Los argentinos, o nos implicamos en nuestros problemas, tanto en la explicación de su génesis, como en los esfuerzos para solucionarlos, o los problemas nos seguirán devorándonos. De ningún modo somos “una Nación condenada al éxito”, como se dijo con frase poco feliz. El éxito argentino como Nación sólo puede venir por la voluntad seria de todos de querer ser Nación. Y de implicarnos en su construcción. Éste es el tercer compromiso ciudadano que hemos de asumir.


Mons. Carmelo Giaquinta,
arzobispo de Resistencia



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